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domingo, 7 de junio de 2026

La Contraloría como motosierra sin votos

La Contraloría como motosierra sin votosOPINIÓNArchivo (AgenciaUno)


Álvaro Ramis Olivos
Por : Álvaro Ramis OlivosTeólogo, doctor en filosofía, Presidente Centro de Estudios Territorio y Comunidad.
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Para los dictámenes que afecten diseño de política pública debería establecerse alguna forma de consulta pública obligatoria: las decisiones con efectos equivalentes a normas no pueden ser patrimonio exclusivo de un organismo que nadie eligió.


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Kast llegó a La Moneda prometiendo la motosierra. Recortes, menos Estado, menos burocracia, menos gasto. Lo que nadie anticipaba del todo es que una parte importante de ese trabajo ya lo estaba haciendo alguien más, desde antes, sin campaña electoral, sin debate parlamentario y con el sello de legalidad que da un dictamen de Contraloría. Esa alguien es Dorothy Pérez. Y la paradoja es que la nombró Boric.

Pérez fue nominada por el gobierno anterior, ratificada con 46 votos en el Senado, celebrada como símbolo de meritocracia y modernización institucional. Menos de dos años después, la CUT la acusa de precarizar el empleo público, el gobierno anterior discutía en privado sus dictámenes sobre el Fondo de Educación Superior y una publicación la describía tomando decisiones coherentes con el pensamiento de José Antonio Kast. Hoy, con Kast en La Moneda, la pregunta ya no es incómoda para la izquierda solamente. Es incómoda para cualquiera que se pregunte quién controla realmente al controlador.


La respuesta más honesta no es que Pérez haya traicionado al gobierno que la designó. Es que la Contraloría tiene una lógica propia que tiende estructuralmente hacia la restricción del Estado, con independencia de quién la conduzca. No es una persona. Es una institución con cultura, con jurisprudencia acumulada, con un modo de ver el mundo formado en décadas de control cautelar. Pérez no la torció. La siguió. Y en el Chile de junio de 2026, con un gobierno que ya tiene su propia motosierra ideológica, esa lógica institucional y esa agenda política se están reforzando mutuamente sin que nadie lo haya votado explícitamente.

El primer dictamen de peso lo ilustra con claridad. A días de asumir, Pérez modificó el criterio sobre la confianza legítima de los funcionarios a contrata. Donde antes la Contraloría intervenía para proteger la estabilidad de quienes llevaban más de dos años renovados, ahora se abstuvo y los derivó a litigar caso a caso ante los tribunales. El efecto inmediato fue dejar a 270.000 trabajadores del Estado expuestos a la discrecionalidad de cada jefatura. El acto tenía forma técnica. La consecuencia era política. Y hoy, con un gobierno que recortó 413 mil millones en Salud, 200 mil millones en Vivienda y 198 mil millones en Educación, esa desprotección del empleo público ya no es solo una jurisprudencia abstracta. Es el piso legal sobre el que se ejecutan los recortes.

El segundo hito es más sofisticado. En octubre de 2025 la Contraloría dictaminó que los recursos del Fondo de Educación Superior debían registrarse como gasto fiscal y no como activo financiero, golpeando las metas de balance estructural del gobierno de Boric. Una controversia contable bloqueó funcionalmente la política social más ambiciosa de ese gobierno. No se discutió si el Estado debía o no expandir el acceso a la educación superior. Esa pregunta quedó sepultada bajo una discusión sobre clasificación presupuestaria. Con Kast en el poder ese episodio ya es historia, pero el mecanismo sigue activo y disponible para bloquear cualquier política que un futuro gobierno quisiera impulsar.

Ese es el mecanismo central. No se argumenta abiertamente que el Estado debe encogerse. Se construye un marco donde cualquier expansión estatal aparece como sospechosa, ineficiente o ilegal. El debate sobre derechos sociales queda subordinado a una discusión técnica. Y la discusión técnica la gana siempre quien controla el lenguaje técnico.

A fines de enero de 2026, pocas semanas antes de que Kast asumiera, Pérez extendió la toma de razón previa a nuevos organismos: el Servicio de Evaluación Ambiental, la Dirección General de Aguas, el Consejo de Monumentos Nacionales, las seremis de Salud, Educación y Vivienda. Sin reforma constitucional. Sin debate parlamentario. Por resolución. El timing no pasó inadvertido. Un gobierno entrante con agenda desreguladora recibía, como herencia institucional, una Contraloría con competencias ampliadas sobre los organismos que más inciden en la regulación ambiental, territorial y social. Nadie votó por ese paquete. Llegó igual.

El resultado es un patrón que hoy, en pleno ejercicio del gobierno de Kast, ya no puede leerse como coincidencia: desprotección del empleo público, restricción del espacio fiscal para la política social, narrativa pro-desregulación construida ante audiencias empresariales y extensión silenciosa del control preventivo sobre el Estado regulatorio. La motosierra que Kast prometió en campaña tiene ahora una segunda hoja, más discreta, con membrete institucional y respaldo jurídico.

El problema de fondo no es Dorothy Pérez. Es el diseño de la institución. Un organismo que concentra en un mismo ente el control de legalidad, la potestad dictaminante vinculante y la fiscalización de recursos públicos, sin mecanismos efectivos de contrapeso y sin definición legislativa precisa de sus límites, es estructuralmente proclive al activismo. Que ese activismo tienda hacia la restricción del Estado no es inevitable: es el resultado de una cultura organizacional que se puede cambiar. Pero requiere un diagnóstico que hoy brilla por su ausencia en el debate público, sepultado bajo la urgencia de los recortes presupuestarios y las cifras de desempleo.

Tres cosas concretas podrían hacerse, no para debilitar el control sino para democratizarlo. El Congreso debería aprobar una ley que defina con precisión los límites de la potestad dictaminante, incluyendo una prohibición expresa de pronunciamiento sobre proyectos en tramitación parlamentaria. Se necesita un mecanismo expedito de revisión judicial de los dictámenes de alto impacto, porque una jurisprudencia administrativa vinculante para toda la administración sin contrapeso jurisdiccional efectivo no es Estado de derecho, es hegemonía técnica.

Y para los dictámenes que afecten diseño de política pública debería establecerse alguna forma de consulta pública obligatoria: las decisiones con efectos equivalentes a normas no pueden ser patrimonio exclusivo de un organismo que nadie eligió.

Kast tiene su motosierra. La Contraloría tiene la suya. La diferencia es que una llegó con votos. La otra nunca los necesitó.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Campillai y organizaciones de derechos humanos denuncian restricciones a marcha contra indultos y acusan avance de la impunidad

CHILE AL DÍA


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La senadora Fabiola Campillai y organizaciones de derechos humanos criticaron las decisiones adoptadas por las autoridades respecto de la marcha convocada para este sábado en Santiago contra los indultos a violadores de derechos humanos y en demanda de verdad y justicia para las víctimas de la dictadura y del estallido social.

La movilización, convocada para las 9:30 horas en Plaza Baquedano por agrupaciones de derechos humanos, tenía contemplado avanzar por la Alameda hasta el Paseo Bulnes. Sin embargo, según denunciaron los organizadores, la Delegación Presidencial Metropolitana modificó el recorrido e impidió el paso frente al Palacio de La Moneda.

La senadora independiente Fabiola Campillai afirmó que la convocatoria responde a lo que calificó como una ofensiva destinada a favorecer la impunidad.

“Estamos ante una arremetida a favor de la impunidad. Porque este gobierno, además de querer indultar a violadores de derechos humanos de la dictadura, también lo quiere hacer con los del estallido. Quieren que creamos que con eso habrá paz social, pero están muy equivocados”, señaló la parlamentaria.


Campillai sostuvo que la reconciliación no puede construirse sobre la base de beneficios para quienes cometieron graves violaciones a los derechos humanos.

“La paz social no se logra dándole un perdonazo a quienes en su momento asesinaron, torturaron, violaron y desaparecieron a compatriotas, a nuestros hermanos, madres, padres e hijos. Así no se construye la paz”, afirmó.

Las críticas también fueron respaldadas por la presidenta de la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos (AFEP), Alicia Lira Matus, quien cuestionó la decisión de impedir que la marcha pasara frente a La Moneda.

“Nunca ningún gobierno, los dos de Sebastián Piñera, nos negó el derecho que tenemos los familiares, las víctimas, la sociedad, a hacer actos reparatorios”, declaró la dirigenta.

Lira expresó además preocupación por eventuales acciones policiales durante la movilización, recordando los incidentes ocurridos en la reciente marcha convocada por la Confech.

“Esperemos que no tengan los perros y nos gaseen como hicieron con los estudiantes el 3”, manifestó.

La dirigenta indicó que las organizaciones respetarán el recorrido autorizado, pero anunció que denunciarán la situación ante organismos nacionales e internacionales.

“Vamos a respetar el recorrido, pero vamos a denunciarlo firmemente ante la comunidad internacional y la comunidad nacional”, señaló.

Junto con ello, Lira denunció que el Memorial del Detenido Desaparecido y Ejecutado Político, ubicado en el Cementerio General, aún no ha sido reabierto pese a que las obras de remodelación ya habrían concluido.

“Es el único lugar que nace de la lucha de las agrupaciones, donde pueden ir, sentarse, conversar con ellos, saber que está su nombre ahí. Hay una falta de humanidad total”, afirmó, responsabilizando al Ministerio de Justicia por la demora.

Las organizaciones convocantes sostienen que la movilización busca rechazar los anuncios de eventuales beneficios para condenados por violaciones a los derechos humanos y exigir el avance de las causas pendientes de verdad, justicia y reparación para las víctimas de la dictadura y del estallido social.

Fuente: Declaraciones de la senadora Fabiola Campillai y entrevista a Alicia Lira Matus publicada por Radio Nuevo Mundo.

Observatorio por el Derecho a la Comunicación denuncia agresiones de Carabineros contra periodistas en manifestación en Santiago

 

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El Observatorio por el Derecho a la Comunicación (ODC) denunció una serie de agresiones sufridas por periodistas y estudiantes de comunicaciones durante la cobertura de una manifestación realizada este miércoles en Santiago.

Según informó la organización, al menos nueve reporteras y reporteros fueron agredidos por funcionarios de Carabineros mientras realizaban labores de registro y cobertura de los hechos. Dos de ellos fueron detenidos, aunque posteriormente los tribunales declararon ilegales dichas detenciones.

A través de una declaración pública, el ODC expresó su preocupación por estos hechos y advirtió que las agresiones contra quienes ejercen la labor de informar “no pueden ser normalizadas”. Asimismo, recordó que es responsabilidad del Estado garantizar condiciones seguras para el ejercicio del periodismo y de las comunicaciones.

La organización subrayó que detrás de cada una de estas situaciones hay trabajadores de prensa y estudiantes que contribuyen al derecho de la ciudadanía a recibir información. “Cuando se obstaculiza o reprime esta labor, también se ve afectada la libertad de expresión y el acceso a la información”, señaló.

El Observatorio anunció que continuará monitoreando y documentando posibles vulneraciones a la libertad de expresión e hizo un llamado a periodistas, comunicadores y estudiantes que hayan sido víctimas o testigos de agresiones a reportar los hechos para su seguimiento.

“Defender a quienes informan es también defender y fortalecer nuestra democracia”, concluye la declaración.

Fuente: Observatorio por el Derecho a la Comunicación (ODC).

El dinero del crimen y el silencio de la derecha

 

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Mientras la Fiscalía revela una red que sacó US$85 millones del país a través de cuentas bancarias, empresas de papel y criptomonedas, la derecha vuelve a bloquear herramientas para seguir la ruta del dinero. El discurso de la seguridad parece encontrar un límite cuando la investigación se acerca al sistema financiero.

Durante años la derecha chilena ha construido buena parte de su discurso político sobre la inseguridad. Narcotráfico, crimen organizado, migración irregular, violencia urbana. En cada campaña electoral, en cada encuesta, en cada debate televisivo, la promesa ha sido la misma: mano dura.

Pero esta semana apareció una fisura difícil de ocultar.

Mientras la Fiscalía Sur revelaba una operación de lavado de activos vinculada al Tren de Aragua por cerca de 85 millones de dólares, parte importante de la derecha volvía a rechazar modificaciones al secreto bancario, una de las principales herramientas para seguir la ruta financiera de las organizaciones criminales.

La contradicción es evidente.

Si el crimen organizado es la principal amenaza para Chile, ¿por qué se rechazan mecanismos destinados precisamente a rastrear el dinero que lo sostiene?

Porque el narcotráfico moderno no funciona principalmente con armas. Funciona con cuentas corrientes, sociedades comerciales, transferencias internacionales, criptomonedas y estructuras financieras cada vez más sofisticadas. Los jefes de las organizaciones criminales no esconden millones bajo un colchón. Necesitan introducirlos en la economía formal.

Y allí aparece el verdadero problema.

El punto ciego del discurso de seguridad

La investigación conocida esta semana no solo involucró a miembros del Tren de Aragua. También mostró cómo enormes sumas de dinero circularon a través del sistema financiero chileno y cómo empresas recién creadas pudieron mover recursos millonarios sin despertar sospechas suficientes.

El propio fiscal Héctor Barros deslizó una preocupación que pocos actores políticos parecen querer discutir: el rol de los bancos y de los mecanismos de control financiero.

Hasta ahora el debate se había presentado como una disputa entre libertad individual y facultades del Estado. Pero la realidad parece mucho más incómoda.

La pregunta ya no es únicamente si la Fiscalía puede acceder a información bancaria.

La pregunta es cómo decenas de millones de dólares pudieron circular por el sistema financiero formal sin ser detectados a tiempo.

La defensa de la privacidad

Los argumentos utilizados por los sectores conservadores y libertarios son conocidos.

Hablan de privacidad.

Hablan de garantías constitucionales.

Hablan del riesgo de que funcionarios públicos tengan acceso excesivo a información sensible.

Algunos incluso han llevado el debate al terreno ideológico. El exdiputado Johannes Kaiser resumió esa visión cuando afirmó que no quería que un funcionario de determinada orientación política pudiera revisar sus cuentas.

Son argumentos que pueden ser legítimos en una democracia.

Sin embargo, la discusión cambia cuando el país enfrenta organizaciones criminales transnacionales capaces de mover decenas de millones de dólares dentro y fuera del territorio nacional.

Porque la privacidad financiera protege al ciudadano común. Pero también protege al evasor tributario, al lavador de activos, al narcotraficante y a las redes empresariales que eventualmente puedan facilitar operaciones ilegales.

Ese es precisamente el dilema que la derecha evita explicar.

Lo que no dicen

Los senadores de derecha han votado en bloque contra la flexibilización del secreto bancario.

Lo que no han explicado es cuál sería entonces la herramienta alternativa para seguir el dinero del crimen organizado.

Tampoco han explicado cómo esperan combatir redes financieras complejas manteniendo barreras que fiscales y organismos especializados consideran obstáculos para las investigaciones.

El resultado es una paradoja política.

Los mismos sectores que exigen más atribuciones policiales, más cárceles, más control migratorio y mayores facultades represivas, se vuelven extraordinariamente cautelosos cuando la persecución penal se aproxima al sistema financiero.

¿A quién beneficia la opacidad?

No existe evidencia para afirmar que la derecha proteja deliberadamente a organizaciones criminales.

Pero sí existe evidencia para afirmar que protege un sistema de opacidad financiera que beneficia indistintamente a ciudadanos honestos, evasores tributarios, grandes patrimonios que buscan privacidad y organizaciones dedicadas al lavado de activos.

Esa es la discusión de fondo.

La verdadera pregunta no es quién revisa una cuenta bancaria.

La verdadera pregunta es por qué, frente a una de las mayores operaciones de lavado de dinero descubiertas en Chile, algunos sectores políticos siguen considerando que el principal riesgo está en el investigador y no en quienes esconden el dinero.

Quizás porque el crimen organizado se ha convertido en una bandera política rentable. Pero seguir la ruta del dinero implica ingresar a un terreno mucho más sensible: el de los intereses económicos, las redes financieras y los espacios donde el poder criminal puede encontrarse con el poder económico.

Y allí, al parecer, el entusiasmo por la mano dura comienza a desaparecer.

Simón del Valle

Deudores del CAE: El Estado no mira las cuentas del crimen, pero sí las de los estudiantes

 

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La semana política dejó una imagen difícil de ignorar. Por un lado, la Fiscalía reveló una operación de lavado de activos vinculada al Tren de Aragua que habría permitido sacar de Chile cerca de 85 millones de dólares mediante cuentas bancarias, empresas de papel y redes financieras. Al mismo tiempo, el Senado volvió a entrabar iniciativas destinadas a facilitar el acceso a información bancaria para perseguir el dinero del crimen organizado.

Por otro lado, cientos de deudores del CAE comenzaron a denunciar que la Tesorería General de la República está reteniendo fondos de sus cuentas bancarias para cobrar deudas estudiantiles impagas. Parlamentarias del Frente Amplio (Emilia Schneider, Constanza Schonhaut y Gael Yeomans),  afirman haber recibido numerosos testimonios de personas que quedaron sin recursos para enfrentar gastos básicos tras las acciones de cobranza.

La comparación resulta inevitable.

Cuando se trata de seguir la ruta de millones de dólares asociados al lavado de activos, aparecen los llamados a la prudencia, la privacidad financiera y las garantías individuales. Cuando se trata de cobrar deudas estudiantiles, el Estado parece actuar con mucha menos vacilación.

Nadie discute que las deudas deban ser reguladas ni que el Estado tenga facultades de cobro. Tampoco que los derechos fundamentales deban resguardarse frente a posibles abusos. Lo que genera controversia es la diferencia de intensidad.

¿Por qué el acceso a información bancaria se presenta como una amenaza cuando el objetivo es perseguir redes criminales, pero deja de ser un problema cuando afecta a profesionales jóvenes endeudados por estudiar?

La pregunta adquiere mayor fuerza porque la seguridad ha sido el principal eje político del gobierno y de la derecha durante los últimos años. El crimen organizado, el narcotráfico y la violencia han ocupado el centro de su discurso. Sin embargo, cuando la persecución se desplaza desde las poblaciones hacia los circuitos financieros, el entusiasmo parece disminuir.

El caso del Tren de Aragua recordó algo que los especialistas repiten desde hace años: las organizaciones criminales sobreviven no solo por las armas o la violencia, sino porque logran mover dinero dentro de la economía formal. Seguir esa ruta financiera es una de las herramientas más eficaces para combatirlas.

Por eso el debate sobre el secreto bancario ya no es una discusión técnica. Es una discusión sobre prioridades.

Y la imagen que queda instalada esta semana es incómoda para el gobierno: un Estado que encuentra dificultades para mirar las cuentas donde circulan millones vinculados al crimen organizado, pero que demuestra una notable capacidad para ingresar a las cuentas de quienes aún pagan el costo de haber estudiado con crédito.

Porque al final, la pregunta no es jurídica. Es política.

¿Quién merece la protección del Estado y quién recibe todo el peso de sus facultades?

Félix Montano

Las opiniones vertidas en esta sección son responsabilidad del autor y no representan necesariamente el pensamiento del diario El Clarín

sábado, 6 de junio de 2026

Programa de DDHH desistió de alegar en contra de beneficio para exagente del Comando Conjunto

Programa de DDHH desistió de alegar en contra de beneficio para exagente del Comando ConjuntoPAÍSArchivo


Carlos Basso Prieto
Por : Carlos Basso PrietoUnidad de Investigación El Mostrador
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Corte de Apelaciones de Santiago acogió tesis de la defensa de Viviana Ugarte y dictó una unificación de las cuatro condenas que esta enfrentaba, que sumaban 25 años, rebajando el total de su pena a poco más de 22 años. El Programa de DDHH no acudió a alegar en contra de ello.


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Tal como se  preveía que sucedería, el gobierno -por intermedio del Programa de Derechos Humanos- desistió de alegar en la causa por medio de la cual la exagente del Comando Conjunto de la FACH, Viviana Ugarte, más conocida como “La Pochi” buscaba que se dictara una unificación de penas, por medio de la cual podría haber accedido a rebajar las cuatro condenas que pesaban contra ella, que sumaban un total de 25 años, a 10.

En efecto, en los alegatos realizados ante la Sexta Sala de la Corte de Apelaciones de Santiago se presentaron solo dos de los tres abogados querellantes, ambos particulares. El tercer querellante en el caso es el Programa de Derechos Humanos, dependiente de la Subsecretaría de Derechos Humanos. Sin embargo, el abogado asignado al caso (Hugo Pavez) no se presentó en la vista de la causa, pues según al menos tres fuentes la nueva jefa del programa de DDHH, Constanza Garrido, le instruyó en ese sentido.

Debido a ello, este es el cuarto caso en el cual el programa abandona una causa en contra de exagente de la dictadura, como ya lo hizo en lo relativo al exagente de la DINA César Manríquez, el exoficial de Carabineros Héctor Osses Yáñez y el exjefe de la CNI de Concepción, Jorge Mandiola.

Cabe indicar que luego del escándalo que generaron dichas decisiones, el Programa de DDHH emitió un comunicado indicando que el dejar de alegar no era una instrucción genérica, sino que se hacía “caso a caso”, y efectivamente -a diferencia de lo ocurrido con “La Pochi”- sí se hizo parte de los alegatos en el caso del exfiscal militar de Temuco Alfredo Podlech, quien murió recientemente, mientras se encontraba internado en el hospital San José.

En el caso de la exagente Ugarte, la Sexta Sala del tribunal de alzada capitalino accedió a la solicitud de su abogado, Maximiliano Murath, quien pidió inicialmente la unificación de las causas a la ministra en visita Paola Plaza, la cual no accedió. Ante ello, Murath apeló el 6 de febrero pasado, obteniendo la opinión favorable de parte del fiscal judicial Jorge Norambuena, quien recomendó acceder a la petición y dictar una pena única de 10 años a favor de la exagente.

En ese sentido, la corte accedió a la unificación de penas, dictando una pena única de 20 años en contra de la exagente como cómplice de los secuestros calificados de Aníbal Riquelme Pino, Francisco González Ortiz, Alfonso Araya Castillo, Nicolás López Suárez, Nicomedes Toro Bravo y Raúl Montoya Vilches; como coautora del secuestro calificado en contra de Luis Emilio Gerardo Maturana González y como autora del secuestro simple en contra de Juan René Orellana Catalán. A ello se suman otros 800 días de condena (poco más de dos años) en su contra como autora de asociación ilícita, por lo cual, en la práctica, tiene tres años menos de condena, decisión que los querellantes particulares impugnarán ante la Corte Suprema.

A la fecha, “La Pochi” lleva cuatro años recluida en la cárcel femenina de San Joaquín, y para comenzar a pedir beneficios carcelarios debería llevar al menos un tercio de la condena cumplida y con buena conducta, por lo cual, en caso de que confirmara la sentencia de segunda instancia, podría impetrar beneficios a partir de unos cuatro años más.

La caída de un general

“La Pochi”, que en sus testimonios judiciales ha dicho haber sido solo una secretaria al servicio del Comando Conjunto, el organismo represivo creado en la FACH en 1974, con el fin de competir con la DINA, estaba casada con el general de la FACH Patricio Campos, que en el año 2000 fue comisionado por el entonces Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea, Patricio Ríos, para integrar la mesa de diálogo y entregar los antecedentes relativos al paradero de los detenidos desaparecidos.

Sin embargo, luego de que el desaparecido diario La Nación Domingo revelara el vínculo familiar y la participación de “La Pochi” en varios secuestros, Campos debió renunciar a la FACH, lo mismo que Ríos.

Viviana Ugarte fue procesada por primera vez en 2003 y luego fue enjuiciada en varios otros casos, debido a los antecedentes que otros exagentes arrojaron respecto de ella, situándola como una agente de inteligencia operativa, que participaba en las vigilancias previas de las víctimas y en los operativos de captura de estas.

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