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sábado, 12 de septiembre de 2026

«Sin verdad, justicia y reparación es imposible pasar página»: Amnistía Internacional Chile advierte sobre el «olvido forzado»


 En el marco del 11 de septiembre, Amnistía Internacional Chile publicó una columna en la que advierte que "pasar página" es imposible sin verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Sus directivos, Rodrigo Bustos Bottai y Daniela Watson Ferrer, advierten que Chile ya sufre las consecuencias del "olvido forzado" y llaman a hacer memoria para no repetir la historia. 

SEGUEL ALFREDO


En el marco de la conmemoración del 11 de septiembreAmnistía Internacional Chile publicó una columna de opinión firmada por su director ejecutivo, Rodrigo Bustos Bottai, y su directora de Comunicaciones, Daniela Watson Ferrer, en la que advierten sobre el peligro de «pasar página» y el olvido forzado.

«Tanto quienes nos dedicamos a la defensa de los derechos humanos como quienes sufrimos los horrores de la dictadura, ya sea en primera persona o a través de un ser querido, a menudo nos enfrentamos a frases como ‘hay que pasar página’ o ‘hay que dejar el pasado atrás’. Y, la verdad, hay veces que nos gustaría poder hacerlo«, señalan los autores.

Las condiciones mínimas para procesar el trauma

Sin embargo, los directivos de Amnistía advierten que «nada de esto ocurre solo por voluntad. Para procesar cualquier tipo de trauma y perdonar, primero es necesario saber a quién. La verdad es una condición mínima e imprescindible en un proceso así«. Agregan que «necesitamos saber qué pasó con nuestros amados y amadas que, de un día para otro, dejaron de estar. Necesitamos poder sepultarles y realizar duelos completos«.

powered by Los autores también exigen que «quienes estuvieron a cargo de perpetrar esas detenciones, torturas, secuestros, desapariciones, actos de violencia sexual y asesinatos —todos actos indiscutiblemente criminales— abandonen sus pactos de silencio y enfrenten la justicia. Eso es otro mínimo: nada ilógico, nada exagerado«.Amnistía Internacional Chile enfatiza que «necesitamos poder vivir con la tranquilidad de que nuestro país aprendió su lección. Que aprendió que la vida de los seres humanos nunca puede ser una moneda de cambio político; que la violencia nunca puede ser una vía legítima contra quienes piensan diferente; que quienes han sido juzgados y cumplen condena por violaciones a los derechos humanos no pueden ser indultados; que la democracia no puede volver a quebrarse y, sobre todo, que debe defenderse siempre, desde los primeros atisbos autoritarios. Porque ya sabemos hasta dónde puede llegar el horror cuando no se ataja a tiempo«.La imposibilidad de «pasar página» sin memoria

«Cualquier ser humano debiera ser capaz de comprender, entonces, por qué, sin verdad, sin justicia, sin reparación y sin garantías de no repetición, es absolutamente imposible ‘pasar página’. Exigirlo a quienes han sufrido durante décadas debiera dar vergüenza«, sostienen Bustos y Watson. Pero van más allá: «Incluso si nuestro país hubiese cumplido con todas estas condiciones, la verdad es que ‘pasar página’ y ‘dejar el horror atrás’, tampoco es posible ni deseable. Un país que olvida está condenado a repetir su historia. Y hoy Chile ya está sufriendo las consecuencias de ese olvido forzado: diversas iniciativas autoritarias y antiderechos se han vuelto pan de cada día«.

El llamado a la memoria

La columna concluye subrayando la importancia de la memoria: «Por esto es tan fundamental que cada 11 de septiembre hagamos memoria para no repetir la historia. Porque, aunque a veces quisiéramos ‘pasar página’ y olvidar el dolor, nuestro país sigue en deuda con esos mínimos imprescindibles. Y porque, incluso cuando esa deuda sea saldada, la memoria seguirá siendo necesaria. Si olvidamos, persistirá el riesgo de la repetición«.

Los autores, Rodrigo Bustos Bottai y Daniela Watson Ferrer, firmaron la columna el viernes 11 de septiembre de 2026 como parte del compromiso de Amnistía Internacional Chile con la defensa de los derechos humanos y la memoria histórica.

La complicidad silente de la Corte Suprema en dictadura: A 53 años del golpe, máximo tribunal sigue sin pedir perdón


 A 53 años del Golpe de Estado, la Corte Suprema volvió a guardar silencio y no pidió perdón por su rol durante la dictadura, destacando la complicidad del Poder Judicial con las violaciones a los derechos humanos. Entre los puntos de conflicto, está la legitimación de la Junta en 1973, el hostigamiento a jueces opositores, la Ley de Amnistía y el rol de la justicia militar.

SEGUEL ALFREDO

Hace 53 años, el Palacio de La Moneda fue bombardeado y el Presidente constitucional Salvador Allende fue derrocado por las Fuerzas Armadas. Este viernes 11 de septiembre de 2026, por primera vez desde el retorno de la democracia, el edificio que simboliza la sede del poder político no fue escenario de una ceremonia oficial para recordar el Golpe de Estado de 1973.

En paralelo, la Corte Suprema volvió a guardar silencio: su presidenta, Gloria Ana Chevesich, no se pronunció ni pidió perdón por el rol del Poder Judicial durante la dictadura.

Corte Suprema: El perdón que nuevamente no llega

Lejos va quedando el septiembre de 2013, cuando el entonces presidente de la Corte Suprema, Rubén Ballesteros, leyó un comunicado en el que los ministros reconocieron que los atropellos a los derechos humanos se debieron en parte a «la omisión de la actividad de jueces de la época que no hicieron lo suficiente para determinar la efectividad de dichas acciones delictuosas —las que por cierto ofenden a cualquier sociedad civilizada— pero principalmente de la Corte Suprema de entonces que no ejerció ningún liderazgo para representar este tipo de actividades ilícitas«.

Un reportaje de Radio Diario Universidad de Chile del 1 de septiembre de 2013 recuerda que «el 28 de septiembre de 1973, la Junta Militar de Gobierno se presentó ante el pleno de la Corte Suprema para ser aceptada por el Poder Judicial, el único de los tres poderes del Estado que no anuló sus funciones 

El anhelo de los opositores al régimen de contar con un organismo de justicia imparcial se vio minimizado en 1974, cuando el presidente de la Corte Suprema, Enrique Urrutia Manzano, le colocó la Banda Presidencial a Augusto Pinochet«.

El análisis establece cuatro puntos para entender las falencias del Poder Judicial: la legitimación de la Junta en 1973, el hostigamiento a jueces opositores, la Ley de Amnistía que restringió la persecución de crímenes entre 1973 y 1978, la justicia militar que permitió a uniformados eludir procedimientos civiles, y la omisión del principio de Habeas Corpus, conocido en Chile como «recursos de amparo».

La voz de los expertos

El académico y escritor Álvaro Fuentealba , autor del libro «Dictadura y Poder Judicial» , explicó a Radio Diario Universidad de Chile que «en el Habeas Corpus, la Corte Suprema está de acuerdo en una actitud que renuncia al rol de cautelar de la libertad y la seguridad individual. La Corte llega a un acuerdo en que todas las solicitudes de amparo serían centralizadas a través del ministerio del Interior, lo que es absurdo porque las personas eran detenidas en cuarteles secretos de la CNI, y el ministerio sistemáticamente informaba que no hay antecedentes«.

El reconocido abogado de derechos humanos Nelson Caucoto señaló en la época a Radio Diario Universidad de Chile que «un rechazo a un recurso de amparo se traduce en una sentencia de muerte«. Caucoto destacó que esta posición no varió mucho luego de 1990, con Pinochet al mando del Ejército, y explicó: «El Poder Judicial se influencia de poderes políticos, sociales, le llegan señales. Y si ve un Ejecutivo temeroso de los militares, no tiene carne de mártir«.

El Informe Rettig y la impunidad

La Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación en 1991 —que derivó en el Informe Rettig— destacó que la actitud del Poder Judicial en dictadura «produjo un agravamiento del proceso de violaciones sistemáticas a los derechos humanos, tanto en lo inmediato, al no brindar la protección de las personas detenidas en los casos denunciados, como porque otorgó a los agentes represivos una creciente certeza de impunidad por sus acciones delictuales«.

Condenas tardías y prófugos

Hoy, luego de un largo periodo de impunidad, la justicia chilena ha establecido una serie de condenas contra responsables de crímenes durante la dictadura. Sin embargo, muchos ya han muerto en libertad, otros padecen «demencia senil» y hay casos de prófugos. En un caso de extradición de diciembre de 2023, el abogado de derechos humanos Silvio Cuneo manifestó: «Los criminales están súper viejos, uno está muerto, y de los requeridos, uno ya fue sobreseído porque estaba demente senil«. Cuneo agregó que «estos son militares condenados por el Estado Italiano, porque no se hizo nunca juicio en Chile, y fueron condenados a cadena perpetua, fueron juzgados y condenados en ausencia«, según consignó El Ciudadano.

“Me iban a ejecutar y él me salvó”: Jorge Silva, el capitán de la FACh que desafió a los golpistas

 

“Me iban a ejecutar y él me salvó”: Jorge Silva, el capitán de la FACh que desafió a los golpistasPAÍSFoto: Gentileza familia Silva


BBC News Mundo
Por : BBC News MundoServicio de noticias en español de la BBC
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El oficial evitó el fusilamiento de dos jóvenes detenidos en la Base Aérea El Bosque y terminó compartiendo prisión con otros uniformados que se opusieron al golpe. Su historia inspira Hangar Rojo, la película que reconstruye uno de los dilemas morales más duros de septiembre de 1973.


Resumen

El Mostrador Fuente Preferida

El día del golpe de Estado en Chile, el capitán Jorge Silva Ortiz estaba destinado en la Escuela de Especialidades de la Fuerza Aérea. Era el 11 de septiembre de 1973 y pidió que no lo enviaran a la calle a reprimir y capturar a presuntos partidarios del recién depuesto gobierno del socialista Salvador Allende.

Silva quedó a cargo de la logística en la Escuela de Especialidades de la Base Aérea El Bosque, un sitio que fue utilizado como campo de detención, tortura y exterminio.


“Vi cómo iban llegando los camiones cargados de presos a los que dejaban en un hangar rojo”, dijo Silva en una entrevista en 2012 con Ciper, un medio chileno de investigación. “Ahí fue cuando vi a dos jóvenes”.

Esos jóvenes eran los estudiantes Fernando Villagrán y Felipe Agüero, detenidos el 16 de septiembre en las inmediaciones de la población La Legua, en el sur de Santiago.

El relato de Silva continúa: “Me acerco al suboficial y le pregunto: ‘¿Qué pasa con estos dos muchachos?’ Y el suboficial me dice que los han sorprendido en un auto con un documento en el que se preparaban para enfrentarse a la Junta Militar, por lo que los van a fusilar en la noche”.

“Mira, hay un vehículo que va a salir dentro de dos horas al Estadio Nacional. Échalos en ese vehículo, le dije al suboficial. Y no los fusilaron”.

Tal como él había ordenado, los dos jóvenes fueron subidos a un vehículo -que formaba parte de un convoy- junto a un grupo de pobladores de La Legua y unos dirigentes sindicales brutalmente golpeados.

“Éramos más de 20, quizás unos 30, todos en muy mal estado por los golpes”, recuerda en diálogo con BBC Mundo Fernando Villagrán, autor del libro “Disparen a la Bandada”, en el que narra los hechos.

Jorge Silva no tenía la misión de llevar prisioneros políticos al Estadio Nacional, pero él decidió hacerlo por cuenta propia, relata Villagrán, de 77 años.

El estadio fue transformado en campo de concentración y tanto Villagrán como Agüero sufrieron torturas.

Pero gracias a la orden de Silva de trasladarlos allí, no fueron ejecutados esa noche.

“Nosotros teníamos que ser eliminados en el camino”, dice Villagrán.

“Me iban a ejecutar y él me salvó”.

“Hangar Rojo”

Foto en blanco y negro. Se ve al actor que interpreta a Jorge Silva en la película Hangar Rojo.

La película “Hangar rojo” pone en escena el gran dilema moral que enfrenta su protagonista, el capitán Silva.

Esta historia está en el corazón de “Hangar rojo”, una película dirigida por Juan Pablo Sallato e inspirada en el libro escrito por Villagrán, quien además colaboró con el guión de la cinta.

Siguiendo los acontecimientos que ocurrieron en la vida real, la ficción cinematográfica recoge detalles íntimos e históricos sobre la experiencia vivida por su protagonista, el capitán Silva, en las horas decisivas que cambiaron la historia de Chile.

El propio Silva contribuyó en la minuciosa reconstrucción de esos momentos a través de largas conversaciones con el guionista, Luis Emilio Guzmán, con Villagrán y con Sallato, el director.

“Le pedimos que nos contara todo lo que había pasado en esos días, minuto a minuto, desde la mañana hasta la noche”, cuenta Sallato a BBC Mundo.

Esas conversaciones ayudaron a darle vida a un intenso thriller político y humano filmado en blanco y negro, donde las órdenes, las lealtades y las convicciones personales se enfrentan en un momento decisivo.

Después de haber ganado 19 premios en festivales internacionales y un exitoso debut comercial en Italia, Sallato comprobó que la cinta ha resonado en muchos países.

“Muestra un dilema moral que puede pasar en cualquier parte del mundo”, sostiene. “Al final se trata de la humanidad dentro de la barbarie, con todos sus grises”.

“¿Se acuerda de nosotros?”

Foto en tonos cepia de Fernando Villagrán. Se ve el rostro de un joven con pelo corto y ojos claros.

Cuando tenía 24 años, Fernando Villagrán estuvo detenido en el hangar rojo de la Escuela de Especialidades de la Base Aérea El Bosque junto a su amigo Felipe Agüero.

La barbarie que vivió Villagrán en el hangar rojo no ha desaparecido de su memoria.

Tiene nítido el recuerdo de un simulacro de fusilamiento que le dieron como bienvenida, seguido por interrogatorios y torturas.

“Estaba siempre con la vista vendada y hasta perdí la conciencia en algún minuto”, dice Villagrán, quien en ese momento sabía que su pareja estaba embarazada y pronto sería padre.

Cuando llegó al Estadio Nacional, aunque se había salvado de una ejecución inminente gracias a Silva, continuaron los tormentos que experimentó en la base aérea.

“Fue como seguir la pesadilla… Las torturas… la brutalidad, porque era brutalidad pura, aplicada con corriente y otras cosas que yo no conocía”.

Él y su amigo Felipe Agüero fueron trasladados desde el estadio a la Cárcel Pública de Santiago donde, sorpresivamente, se encontraron con un uniformado que también estaba preso: era el capitán Jorge Silva.

El piloto y experimentado paracaidista estaba recluido en la galería del lado, donde permanecían decenas de oficiales y suboficiales de la Fuerza Aérea que se negaron a participar en el golpe de Estado liderado por Augusto Pinochet.

Cuando los jóvenes identificaron el rostro de Silva, cuyo nombre no conocían, Villagrán se acercó a él, le tocó el hombro y le dijo: “Hola, ¿se acuerda de nosotros?”.

El capitán asintió discretamente, casi sin inmutarse.

De capitán a prisionero

Silva había sufrido su propio calvario.

En 1970, trabajaba como oficial de Contrainteligencia de la Fuerza Aérea, tras haber recibido formación en la Escuela de Las Américas, en Panamá, y en Estados Unidos.

Foto en blanco y negro donde aparecen tres hombre uniformados.

Silva fue detenido y torturado por sus propios compañeros de armas.

Poco después de que Salvador Allende ganara las elecciones presidenciales, el jefe del Departamento de Contrainteligencia de la Fuerza Aérea, el coronel Mario Jahn, viajó a Panamá y dejó al capitán Silva a cargo de la unidad.

Sorpresivamente, un grupo de uniformados de alto rango lo convocó a participar en un complot para asesinar al presidente electo. Cuando vio que el plan estaba en curso, decidió informarle directamente a Allende, cuenta Villagrán.

La postura constitucionalista de Silva quedó en evidencia ante sus superiores durante aquel episodio y tres años después, cuando finalmente las fuerzas armadas derrocaron al gobierno, el capitán estaba en la mira.

Más aún después de llevar al Estadio Nacional a los detenidos del hangar rojo que debían ser ejecutados.

Foto en blanco y negro. A la izquierda un militar con gafas (Augusto Pinochet) mira a un hombre con traje y gafas (Salvador Allende).

El general Augusto Pinochet (izq.) y el presidente socialista Salvador Allende el 23 de agosto de 1973 en Santiago, poco después de que Allende lo nombrara jefe del Ejército y apenas tres semanas antes del golpe de Estado.

“Yo sabía que iba a caer”, dijo Silva. Solo era cuestión de tiempo. Hasta que una noche, recibió un llamado telefónico para presentarse en la casa de un superior.

Cuando iba llegando a la puerta le pusieron una capucha en la cabeza y le quitaron el arma, relató. “En ese momento dejé de ser capitán de la Fuerza Aérea”.

Era el 9 de octubre de 1973. Ese día comenzó un tormento que lo dejó en varias ocasiones al límite de la muerte producto de las torturas a las que fue sometido por sus propios compañeros de armas en la Academia de Guerra Aérea.

“La condición física del capitán estaba muy deteriorada”, cuenta Villagrán en su libro.

Por esos días, los interrogadores solían llevar al límite de la muerte a sus víctimas al aplicarles choques eléctricos, sumergirlos en agua, golpearlos con objetos contundentes, amenazarlos con que matarían a los miembros de su familia.

“Los golpes eléctricos le provocaron acentuadas taquicardias y hemorragias”, dice el autor, una condición que el propio Silva reseña en relatos posteriores.

El siguiente destino del capitán fue la Cárcel Pública de Santiago.

La celda 12

Soldados custodian a prisioneros retenidos en el Estadio Nacional tras el golpe militar del 21 de septiembre de 1973. (Foto de Marcelo Montecino/Getty Images)

Soldados custodian a detenidos políticos en el Estadio Nacional tras el golpe militar.

Esa fue la misma cárcel donde se encontró por casualidad con los estudiantes Villagrán y Agüero que había conocido en el hangar rojo.

Considerado un “traidor” por los golpistas, sufrió terribles vejámenes que estuvieron a punto de costarle la vida.

Lo mismo le ocurrió a decenas de uniformados en los días y meses posteriores al golpe.

Entre ellos se encontraba el general Alberto Bachelet -padre de la expresidenta de Chile, Michelle Bachelet-, quien murió en esa cárcel tras ser torturado por sus antiguos camaradas el 11 de marzo de 1974.

Junto a otros miembros de la Fuerza Aérea, Silva compartió con Bachelet la celda número 12 de la Galería 2.

El capitán estuvo con él el día de su muerte, según quedó establecido en la sentencia judicial sobre el caso Bachelet dictada en 2014 y confirmada por la Corte Suprema en 2016.

Ese mismo año, la justicia chilena anuló las condenas de los Consejos de Guerra dictadas contra 84 miembros de la Fuerza Aérea que habían permanecido en el recinto carcelario por desafiar las órdenes. Entre ellos estaba el capitán.

Tras permanecer privado de libertad por casi cuatro años, Silva se fue a vivir en el exilio a Londres en 1977.

Foto en blanco y negro. Se ve al actor que interpreta a Jorge Silva en la película Hangar Rojo.

Silva alertó sobre un complot para asesinar al presidente Salvador Allende en 1970.

El reencuentro

Más de 20 años después, Silva trabajaba como ejecutivo de una empresa de carga aérea en Londres, cuando le hicieron llegar una entrevista publicada en la prensa chilena en la que Felipe Agüero rememoraba parte de su paso -junto a Villagrán- por la Escuela de Especialidades de la Fuerza Aérea en El Bosque y reconocía a un capitán de apellido Silva por haberlos ayudado a salir del hangar rojo.

Hombre en primer plano con pelo blanco y otro hombre vestido de negro sentado más atrás. Están en un estadio. Fecha: 2001

El capitán Jorge Silva y Fernan do Villagrán se reencontraron 28 años después y cultivaron una larga amistad.

Al leer ese texto, cuenta Villagrán en su libro, el excapitán reaccionó con dolor, al revivir los duros momentos de esa época, pero luego sintió alivio y satisfacción al pensar que esos jóvenes habían sobrevivido.

Silva decidió enviarle un email a Agüero en el que decía: “Soy el capitán de la Fuerza Aérea que le ayudó a salir”.

De ahí en adelante se abrió una puerta que nunca más se cerraría. Silva en Londres, Agüero en Miami y Villagrán en Santiago comenzaron a escribirse.

En uno de esos correos electrónicos el excapitán dice: “No todos en la querida Fuerza Aérea fuimos criminales”.

Silva nunca perdió su apego a la institución pese a los tratos inhumanos que recibió de sus propios compañeros. Nunca dejó se ser un aviador, cuenta Villagrán.

Fue ese mismo año 2001 cuando Silva se reencontró en Santiago con esos dos jóvenes estudiantes que había conocido en el pasado, cuando viajó de Londres a Chile para participar en el documental Estadio Nacional, de Carmen Luz Parot.

La primera vez que se vieron las caras fue en la oficina de Villagrán. “Nos costó un poco iniciar la conversación. Para mí, por cierto, era algo inédito estar conversando con alguien que me salvó de la muerte”.

Fueron juntos al Estadio Nacional para que Silva compartiera su testimonio en el documental.

“Te debo la vida”

Durante ese viaje, Villagrán tuvo la oportunidad de decirle al capitán algo que siempre había querido decirle personalmente: “Te debo la vida”.

“Eso creó un vínculo muy fuerte para mí, pero lo hablamos en dos o tres minutos y nunca más. Después de eso no volvimos al tema y empezó una amistad muy larga”.

“Cada vez que Jorge venía a Chile se quedaba en mi casa”, cuenta Villagrán. “Para los que no lo conocían era muy parco; para mí, era un gran ser humano, una muy buena persona”.

Fernando Villagrán con pelo blanco sentado en un parque en Londres.

Jorge Silva murió el 19 de agosto de 2024 en Londres, Inglaterra.

Y como grandes amigos, se pasaban horas hablando de libros, películas, de cosas mundanas, de sus familias. “Nos entendíamos muy bien porque él era porfiado y yo también. Le daba siempre una vuelta de tuerca a las conversaciones y eso era entretenido”, recuerda.

“Jorge era un tipo reservado y muy tranquilo. Un tipo inteligente y muy definitivo en sus opiniones. Yo creo que estaba hecho para hacer su vida en la Fuerza Aérea, esa era su vocación”.

En lo político, cuenta Villagrán, “no era una persona de izquierda”. Era más bien, “un profesional, constitucionalista, amante de su profesión aérea. Y cuando Pinochet estuvo detenido en Londres, él fue a manifestarse” para exigir su extradición a España.

Silva fue fundamental en la creación de la película “Hangar Rojo”, dice Villagrán. Tanto así que sin su participación, afirma, la película habría sido imposible.

La amistad continuó por años. Incluso cuando Silva se enfermó y tuvo que ser internado en un hospital londinense, seguían enviándose mensajes por WhatsApp.

“Hasta que un día dejó de contestarme. Su hija, Bárbara, tomó su celular para contarme que Jorge había muerto”.

Jorge Silva Ortiz falleció de cáncer a los 86 años, antes de que se estrenara la película, que será exhibida en las salas de cine en Chile a comienzos de octubre y en la que el capitán se convierte en símbolo ético de los militares que defendieron la democracia.

El territorio no olvida: la memoria del 11 de septiembre recorrió Chile

 


CHILE AL DÍA PORTADA


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Mientras La Moneda se abstuvo de realizar una conmemoración oficial del golpe de Estado, miles de personas participaron en marchas, romerías, velatones y actos de memoria a lo largo del país. Cerca de 20 mil pasaron por el Estadio Nacional, según sus organizadores, y desde Iquique y Pisagua hasta Puerto Montt y el extremo sur, antiguos lugares de prisión y tortura, universidades, memoriales, cementerios y plazas volvieron a reunir a sobrevivientes, familiares y nuevas generaciones. Los crímenes de la dictadura tuvieron una geografía. Cincuenta y tres años después, la memoria también la tiene.

Cerca de veinte mil personas pasaron este 11 de septiembre por el Estadio Nacional.

La cifra fue entregada al término de la jornada por la Corporación Estadio Nacional Memoria Nacional. Durante horas hubo recorridos por los espacios utilizados como lugares de prisión después del golpe de 1973, testimonios de antiguos prisioneros, música, fotografías, flores y velas.

Pero Marcelo Acevedo, presidente de la corporación, llamó la atención sobre otro hecho: la cantidad de jóvenes que llegaron al recinto.

Le producía, dijo, alegría.

El dato puede parecer secundario frente a una convocatoria de esa magnitud. No lo es.

Han pasado 53 años desde el golpe de Estado. Una persona de 30 años nació más de dos décadas después del término de la dictadura. Una de 20 nació entrado ya el siglo XXI. Ninguna de ellas tiene recuerdos propios del 11 de septiembre de 1973.

Sin embargo, estaban allí.

Y el Estadio Nacional estuvo lejos de constituir una excepción. Durante la jornada del jueves, Chile volvió a mostrar que la memoria del golpe y de las violaciones a los derechos humanos no está concentrada exclusivamente en Santiago ni pertenece solamente a las generaciones que vivieron aquellos acontecimientos.

Hubo marchas, romerías, velatones, actos culturales y homenajes en distintos puntos del país.

No existe una cifra nacional que permita sumar correctamente a quienes participaron y tampoco hay antecedentes suficientes para afirmar que este haya sido el 11 de septiembre más masivo de los últimos años.

Pero existe otro fenómeno que sí puede observarse.

La memoria está territorialmente extendida.

Iquique recuerda a Pisagua

En Iquique, la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos y Detenidos Desaparecidos de Iquique y Pisagua convocó nuevamente a la Plaza Condell.

El medio local Edición Cero describió la concurrencia como masiva. Llegaron familiares, expresos y expresas políticas, organizaciones de derechos humanos y representantes de distintas organizaciones sociales.

Volvió también uno de los símbolos más persistentes de la memoria chilena: la Cueca Sola.

Pisagua estuvo inevitablemente presente.

No podría ser de otra manera. Para Tarapacá, Pisagua no es simplemente un capítulo de la historia nacional. Allí funcionó uno de los principales campos de prisioneros después del golpe y allí fueron ejecutados prisioneros políticos.

Por eso, cuando Iquique recuerda el 11 de septiembre, recuerda también su propia historia.

Más al sur, la Región de Antofagasta mostró la misma dispersión territorial. Las convocatorias no estuvieron concentradas solamente en la capital regional: hubo actividades anunciadas en Antofagasta, Mejillones, Tocopilla y Calama.

La Universidad de Antofagasta realizó además una ceremonia en el memorial del Campus Coloso dedicado a integrantes de las comunidades universitarias de la ciudad afectados por la represión.

El recuerdo nacional comienza así a adquirir nombres y lugares locales.

La Serena, Coquimbo y Valparaíso

En La Serena y Coquimbo tampoco hubo un único acto.

La programación de las organizaciones de derechos humanos contempló actividades en la Casa Verdad, Justicia y Memoria, una caminata silenciosa dedicada a las mujeres víctimas de la represión, una marcha hasta el Sitio de Memoria Casa de Piedra y una velatón. En Coquimbo se realizaron recorridos por la Casa de la Memoria Museo de Derechos Humanos.

En Valparaíso, las actividades volvieron a ocupar universidades y lugares asociados a las víctimas.

La Universidad de Valparaíso recordó a los profesores Francisco Aedo y Carlos Gajardo y al estudiante Yactong Juantok, los tres detenidos desaparecidos. Hubo familiares, docentes, funcionarios y estudiantes.

La Escuela de Teatro realizó su tradicional romería hacia el Memorial de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos de avenida Brasil.

Durante la noche hubo también una manifestación por esa avenida y posteriormente se produjeron barricadas y enfrentamientos con Carabineros. Los incidentes forman parte del balance de la jornada, pero no pueden ocultar las numerosas actividades pacíficas que durante horas se habían desarrollado en la región.

Una geografía de la memoria

Lo mismo ocurrió más al sur.

En Osorno, la Universidad de Los Lagos realizó una “Ruta de la Memoria” e instaló placas que reconocen a la propia universidad como un espacio relacionado con la resistencia durante la dictadura.

Allí fue recordado Raúl Santana Alarcón, funcionario de la entonces Universidad de Chile sede Osorno, ejecutado el 17 de septiembre de 1973.

Participaron familiares de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos, organizaciones de derechos humanos, académicos y miembros de la comunidad universitaria.

La ceremonia produjo una frase especialmente significativa.

Uno de los participantes señaló que el Ejecutivo podía haberse restado de la conmemoración, pero que las organizaciones, la universidad y la sociedad no lo habían hecho.

En Puerto Montt ocurrió algo semejante.

La comunidad volvió a Egaña 60.

Ese nombre contiene por sí solo una historia. El inmueble fue utilizado por la Policía de Investigaciones como lugar de detención y tortura durante la dictadura y hoy funciona como sitio de memoria.

Allí se realizaron actividades destinadas a recordar a quienes estuvieron presos en el recinto y a transmitir esas experiencias a las nuevas generaciones.

Uno de quienes habló fue Heraclio Vázquez.

Tenía apenas 16 años cuando ocurrió el golpe. Fue detenido por razones políticas al año siguiente y llevado precisamente al edificio que medio siglo después recorrían otras personas para conocer aquella historia.

La memoria se vuelve así extraordinariamente concreta.

No se recuerda solamente un acontecimiento ocurrido en Santiago el 11 de septiembre de 1973.

Se recuerda lo que ocurrió en cada lugar.

Los crímenes recorrieron Chile

Ese es probablemente uno de los elementos que permiten comprender la persistencia de esta fecha.

La represión de la dictadura no ocurrió únicamente en La Moneda, Villa Grimaldi, Londres 38 o el Estadio Nacional.

Recorrió Chile.

Hubo detenciones, ejecuciones, desapariciones, torturas, consejos de guerra y persecución política en ciudades grandes y pequeñas, pueblos, universidades, fábricas, fundos, regimientos, comisarías y recintos convertidos improvisadamente en centros de detención.

El mapa de los crímenes se extendió por el territorio.

Y allí quedaron las huellas.

Quedaron familias.

Quedaron sobrevivientes.

Quedaron edificios.

Quedaron cementerios y fosas.

Quedaron historias locales.

Y quedaron preguntas que todavía no tienen respuesta, comenzando por la más elemental de todas: dónde están los detenidos desaparecidos cuyos cuerpos el Estado chileno aún no ha logrado encontrar.

Por eso la memoria también adquirió una geografía.

El Estadio Nacional y las nuevas generaciones

La jornada del Estadio Nacional permite observar otra dimensión.

El recinto fue uno de los mayores centros de detención después del golpe. Decenas de miles de personas pasaron por allí durante los primeros meses de la dictadura.

Cincuenta y tres años después, unas 20 mil personas regresaron durante una sola jornada, esta vez voluntariamente, para recordar lo ocurrido.

La imagen contiene una transformación extraordinaria del espacio.

Un lugar utilizado para sembrar miedo se convierte en un lugar al cual una sociedad acude para recordar.

Pero quizá el dato más significativo sea nuevamente el destacado por sus propios organizadores: la presencia de jóvenes.

Algo parecido puede observarse en las universidades y en numerosas actividades regionales.

Eso significa que está ocurriendo un proceso fundamental.

La generación que vivió el golpe inevitablemente envejece y desaparece. También la generación que vivió conscientemente la dictadura comenzará algún día a hacerlo.

Los recuerdos individuales tienen ese límite.

La memoria histórica no necesariamente.

Puede transmitirse.

Un joven nacido en 2005 no puede recordar el golpe. Pero puede conocer lo ocurrido en el lugar donde vive, escuchar a un sobreviviente, conocer la historia de un detenido desaparecido de su ciudad, recorrer un antiguo centro de tortura o descubrir que alguien que estudió en su misma universidad fue asesinado hace medio siglo.

La memoria deja entonces de pertenecer solamente al testigo.

Pasa de una generación a otra.

No es quedarse atrapado en el pasado

Aquí aparece inevitablemente la discusión política abierta por el Gobierno.

José Antonio Kast justificó su decisión de no realizar una ceremonia oficial sosteniendo que la historia no puede borrarse, pero que Chile tampoco puede quedar condenado por ella y debe mirar hacia el futuro.

La frase supone una oposición que los acontecimientos del jueves ponen en cuestión.

Memoria y futuro no son necesariamente conceptos contrarios.

De hecho, una de las ideas fundamentales de las políticas de derechos humanos —la garantía de no repetición— está dirigida precisamente hacia el futuro.

El “nunca más” no puede modificar lo ocurrido en 1973.

Pretende impedir que vuelva a ocurrir.

Y difícilmente puede impedirse la repetición de aquello que primero se decide olvidar.

El territorio no olvida

Este 11 de septiembre tuvo además una característica inédita.

Por primera vez desde el retorno a la democracia, el Gobierno decidió no realizar una conmemoración oficial.

La Moneda guardó silencio.

Fuera de ella ocurrió algo distinto.

En Santiago, unas 20 mil personas pasaron por el Estadio Nacional según sus organizadores. El Museo de la Memoria mantuvo actividades desde la mañana hasta la noche. Hubo homenajes en el Cementerio General, sitios de memoria y otros lugares de la capital.

En Iquique se recordó a las víctimas de Iquique y Pisagua.

En La Serena y Coquimbo se caminaron nuevamente las rutas de sus sitios de memoria.

En Valparaíso una universidad volvió a pronunciar los nombres de tres integrantes de su comunidad que continúan desaparecidos.

En Osorno se recordó a un trabajador universitario ejecutado.

En Puerto Montt las personas regresaron al edificio donde otras fueron interrogadas, encarceladas y torturadas.

No fue una única manifestación.

No hubo un solo centro.

Tal vez precisamente allí radique la fuerza de lo ocurrido.

Durante décadas, la memoria se fue depositando en lugares concretos y construyendo una red que ya no depende exclusivamente de una ceremonia presidencial ni de una convocatoria nacional.

La memoria quedó adherida al territorio porque los crímenes también ocurrieron en ese territorio.

Por eso resulta tan difícil borrarla.

Se puede discutir la historia. Se pueden revisar interpretaciones, investigar responsabilidades y confrontar relatos. Ninguna sociedad democrática debería temer hacerlo.

Otra cosa es negar hechos establecidos, equiparar responsabilidades que no son equivalentes o intentar reescribir la historia eliminando aquello que incomoda al presente.

Y todavía otra es imaginar que el paso del tiempo resolverá por sí mismo la disputa mediante el olvido.

Lo ocurrido este 11 de septiembre sugiere exactamente lo contrario.

Han pasado 53 años.

Los testigos son menos.

Pero delante de los antiguos lugares de prisión aparecen personas que no habían nacido cuando esos lugares funcionaban.

El recuerdo individual comienza inevitablemente a desaparecer.

La memoria, en cambio, ha aprendido a cambiar de generación.

Los crímenes recorrieron Chile.

La memoria también.

 

Simón del Valle

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