La Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos condena enérgicamente los hechos de violencia ocurridos el pasado martes contra familiares y manifestantes que exigen la renuncia del ministro de Justicia y Derechos Humanos, Fernando Rabat.
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miércoles, 28 de octubre de 2026
La Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos
La Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos condena enérgicamente los hechos de violencia ocurridos el pasado martes contra familiares y manifestantes que exigen la renuncia del ministro de Justicia y Derechos Humanos, Fernando Rabat.
Tarea inmediata: evitar más libertades de violadores de niños y de Derechos Humanos
OPINIÓNArchivo
Persistí durante un año en la discusión jurídica, lo que significó un grave problema de relación con el Poder Judicial, que hizo llegar su reclamo a la Presidencia de la República, y que parlamentarios como Gabriel Boric y Giorgio Jackson señalaran que estábamos infringiendo la ley.
En el año 2014 asumí como ministro de Justicia de la Presidenta Bachelet y me encontré en mi escritorio con cientos de decretos de rebajas de condenas de la La ley 19.856, la que es aplicable a todo condenado, con algunas excepciones.
La crítica más fuerte que se hace al sistema penitenciario es que es una escuela del delito y que lo único que se hace con los reos es tenerlos en el interior hasta que cumplen la pena y salen en libertad. Con esa ley se buscaba romper un poco con esa máxima y darle un incentivo al preso que quisiera hacer un esfuerzo rehabilitándose a través de la educación, el trabajo, el tratamiento clínico y demostrando buena conducta mientras estuviera en el penal.
Desgraciadamente, el mecanismo burocrático y administrativo penitenciario y de tribunales transformó esa ley en una acción mecánica, sin exigir y verificar con precisión lo que se perseguía, que era un esfuerzo real del condenado para ser merecedor de una rebaja de condena.
En ese sentido, hay que revisar los decretos para ver si se cumplían estos propósitos. El primer caso que me tocó decidir era una violación con homicidio de una menor, ante lo cual me surgieron de inmediato algunas preguntas: ¿era posible liberarlo?, ¿por qué lo calificaron con conducta sobresaliente?, ¿cumplía efectivamente con los requisitos?
Concluí que más de 300 de ellos no cumplían lo que la ley exigía: primero, que el condenado estudiara y que ello redundara en una objetiva superación de su nivel educacional. Es decir, si no tenía la básica, que la obtuviera y así hacia arriba.
Segundo: debían trabajar, asistiendo a talleres o programas de capacitación que redundaran en el aprendizaje de un oficio o labor provechosa.
Tercero: la rehabilitación, la voluntad del condenado de someterse a terapias clínicas en orden a superar dependencias de alcohol o drogas.
Cuarto, la “conducta“, que es la responsabilidad en el comportamiento personal en el penal y en los traslados.
El cumplimiento de estos parámetros y su evaluación es obligatorio para que la Comisión de Evaluación califique si el condenado tuvo un comportamiento sobresaliente durante su cumplimiento. Además, es necesario atender el nivel de integración y apoyo familiar del condenado, si lo tuviere.
Los expedientes que estaban para la firma solo cumplían con la “conducta” y respecto de los otros parámetros se mencionaba genéricamente la participación en la escuela y el trabajo, pero sin la exigencia de resultados, que la ley explícitamente señala. En lo referido al tratamiento, casi ninguno lo tenía, razón por la cual, entiendo, fue la primera vez que el ministro de Justicia rechazaba estas rebajas de condena.
Los presos, haciendo uso de sus derechos, presentaron recursos de amparo que fueron acogidos por los tribunales, señalando algo que nos parecía extremadamente grave y en contra de la ley: que el ministerio no tenía facultades para revisar, que la Comisión de Rebaja de Condenas era autónoma y soberana y que este era un derecho y no un beneficio.
Toda esta argumentación de las cortes era claramente contraria a la historia de la ley y a su texto escrito. Persistí durante un año en la discusión jurídica, lo que significó un grave problema de relación con el Poder Judicial, que hizo llegar su reclamo a la Presidencia de la República, y que parlamentarios como Gabriel Boric y Giorgio Jackson señalaran que estábamos infringiendo la ley y cometiendo delitos al no otorgar los decretos.
Para mí, esto terminó en marzo del 2015, cuando fui nombrado ministro de Defensa. Después de 11 años vuelve a estar la discusión en la palestra y, como siempre, esto se produce por una denuncia periodística y la reacción es la normal del Gobierno y la política. El primero, con la presentación de proyectos de ley y, la segunda, pidiendo la cabeza del ministro de Justicia para hacerlo responsable. Se da la paradoja de que el año 2015 pedían mi cabeza por no aprobarlos y el 2026 por aprobar los decretos.
El problema central y urgente ahora es evitar que la señal pública sea que salgan libres violadores de niños y violadores de Derechos Humanos. Para ello hay tres caminos:
Uno inmediato, resorte del Ministerio de Justicia, es hacer un nuevo Reglamento de la Ley, pues el actual contiene una serie de errores de conceptos y de funcionamiento del sistema. Un ejemplo es que los condenados deben postular. No es que Gendarmería haga el listado de quienes cumplen requisitos. Además, la Comisión, para otorgar el beneficio, debiera votar por unanimidad y dejar por escrito el cumplimiento de los requisitos, entre otras cosas.
En segundo término, se debería realizar una evaluación de la ley, a fin de determinar si esta ha cumplido sus propósitos o no. Si no es así, derogarla.
En tercer lugar, es importante introducir modificaciones legales e interpretativas que no solo se refieran a delitos sexuales, sino a todos los delitos, y dejar claro que es retroactiva.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Justicia tarda pero llega: Civil prófugo y cómplice por 7 crímenes de la dictadura en zona de Santa Bárbara-Quilaco, fue detenido y encarcelado tras cuatro años de fuga
28 October 2026

Luis Enrique Ricardo Antonio Barrueto Bartning, agricultor de 80 años condenado por la desaparición forzada y asesinatos de siete personas en Santa Bárbara durante la dictadura de Pinochet, en el denominado episodio Santa Bárbara–Quilaco, fue detenido por la PDI en el sector de Pucón-Villarrica. Estaba prófugo desde 2022.
La Corte de Apelaciones de Concepción confirmó a que el pasado viernes 23 de octubre ingresó al Centro de Cumplimiento Penitenciario Biobío, donde deberá cumplir una condena de 10 años y un día.
Fue arrestado el jueves 22 y, al día siguiente, llevado a la Corte de Concepción. Allí, el ministro Waldemar Koch Salazar le notificó la orden de ingreso a prisión, que se ejecutó ese mismo día.
De acuerdo con el tribunal, Barrueto era el único de los 17 condenados en esta causa que aún no había ingresado a cumplir su pena, pues se encontraba prófugo.
Secuestros durante la dictadura: Luis Barrueto Bartning pasó cuatro años prófugo
Barrueto era agricultor, un civil no integrante de las Fuerzas Armadas ni de las policías. Tras el golpe de Estado, participó en operativos junto a Carabineros, al igual que su hermano Manuel y otros civiles.
En la sentencia se indica que Barrueto reconoció que el jefe de la Guarnición Militar de Los Ángeles lo convocó para colaborar en labores de transporte y patrullaje. De acuerdo con su declaración, debía presentarse en la Tenencia de Santa Bárbara y ayudar a reconocer a presuntos “elementos extremistas”.
La Corte Suprema determinó que manejó su camioneta, ayudó a identificar a personas detenidas y participó en su traslado. Además, volvió junto a su hermano y policías para buscar a una persona que faltaba, consigna radio Biobío.
El máximo tribunal consideró que esas acciones representaron una participación directa en los secuestros. Por ese motivo, descartó que fuera responsable únicamente como cómplice y lo condenó en calidad de autor.
El episodio Santa Bárbara–Quilaco y las siete personas desaparecidas
La sentencia sitúa los hechos el 20 de septiembre de 1973. Ese día, un grupo armado integrado por carabineros y civiles recorrió varios sectores de Santa Bárbara y arrestó a siete personas sin una orden válida.
En la mañana, el grupo llegó al fundo El Huachi y detuvo a José Domingo Godoy Acuña, Julio César Godoy Godoy y Desiderio Aguilera Solís. Los trasladaron a la Tenencia de Carabineros de Santa Bárbara y, esa noche, fueron sacados del lugar con rumbo desconocido.
Por la tarde, los mismos agentes detuvieron a José Nazario Godoy Acuña en el sector Los Junquillos. También lo llevaron a la unidad policial, donde se perdió su rastro.
Esa noche fueron a la vivienda de Manuel Salamanca Mella, en avenida La Feria, y lo arrestaron delante de sus familiares. Más tarde llegaron a una pensión de calle Rosas y se llevaron a José Mariano Godoy Acuña.
Esa misma noche, Miguel Cuevas Pincheira fue sacado de su casa ante la presencia de su esposa y sus hijos.
Los siete nunca regresaron a sus hogares. Fueron asesinados, según testigos.
Trabajadores y dirigentes del campo
Las víctimas trabajaban en la zona y varias estaban relacionadas con el sindicato del asentamiento del fundo El Huache. Los antecedentes del Informe Rettig, recopilados por el Museo de la Memoria, señalan que José Domingo Godoy Acuña tenía 20 años; José Nazario, 22, y José Mariano, 25. Los tres eran obreros agrícolas y dirigentes sindicales. Julio César Godoy Godoy, de 56 años, también trabajaba en el campo y pertenecía al sindicato.
Desiderio Aguilera Solís, de 42 años, era obrero agrícola. Miguel Cuevas Pincheira tenía 41 años, era zapatero y militaba en el Partido Socialista. Manuel Salamanca Mella, de 38 años, se dedicaba a la compraventa de ganado.
Al consultar por ellos, sus familiares recibieron de Carabineros la información de que habían sido trasladados al Regimiento de Los Ángeles. No obstante, testimonios entregados a la Comisión Rettig indicaban que fueron asesinados y lanzados al río Biobío desde el puente que une con Quilaco. No se logró determinar su destino definitivo y sus cuerpos nunca fueron hallados.
Erika Hennings, directora del sitio de memoria Londres 38, subrayó las consecuencias de la fuga para las familias, que llevaban décadas a la espera de una sentencia. “Imagínate que estaba prófugo el 2022 y eso afecta mucho a los y las familiares”, comentó a Biobío.
También criticó que las condiciones actuales permitan a personas condenadas evadir sus penas. En su opinión, el sistema no cuenta con suficientes herramientas para evitarlo, “porque siempre hay algunos que se fugan”. Aunque valoró que Barrueto fuera detenido, recordó cuánto han esperado quienes buscan justicia por sus seres queridos. “Son pequeñas gotitas de justicia que se van logrando”, afirmó.
Condenado por la desaparición de siete personas durante la dictadura
La causa pasó por distintas instancias judiciales. Tras anularse un primer fallo, en 2013 la ministra Raquel Lermanda condenó a los hermanos Barrueto a 10 años y un día como autores de siete secuestros calificados.
En 2019, la Corte de Apelaciones de Concepción los declaró cómplices y redujo las penas a seis años. Sin embargo, el 19 de octubre de 2022, la Corte Suprema dejó sin efecto esa decisión y restableció tanto su calidad de autores como la condena de 10 años y un día.
Luis Barrueto no se presentó para comenzar a cumplir la sentencia definitiva y desde entonces permaneció prófugo, hasta que la PDI lo ubicó en La Araucanía.
El abogado de derechos humanos Francisco Bustos, del estudio Caucoto, valoró que fuera detenido y recordó que durante años han advertido sobre personas condenadas que todavía no cumplen sus penas.
“Los Estados tienen el deber de investigar, de juzgar, pero también de sancionar de modo proporcional y efectivo”, afirmó. Añadió que “el que una persona condenada por desapariciones forzadas, por asesinatos o por torturas, evada la justicia es gravísimo”.
Por esa razón, calificó de “una excelente noticia saber que Luis Barrueto, condenado por el caso Santa Bárbara-Quilaco por la desaparición de personas, empiece ahora a enfrentar responsabilidad por los crímenes que cometió”.
Bustos cuestionó además que se invoque la edad de los condenados para impedir que ingresen a prisión. “Normalmente, las defensas tematizan el hecho de que los perpetradores de ayer hoy son personas de avanzada edad e intentan usar eso como una especie de argumento para la impunidad”, indicó.
Tras la detención de Barrueto, aún falta ubicar a 12 personas de la lista de prófugos que Caucoto Abogados difundió en septiembre. Para los familiares de las siete víctimas de Santa Bárbara, permanece sin respuesta otra pregunta: dónde están sus seres queridos.
La fractura moral de la política

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Existe un momento en que las sociedades pierden el rumbo, y rara vez lo notan hasta que el daño es irreversible. Ese momento, sostengo, es cuando dejamos de exigir decencia a quienes nos gobiernan.
Los acontecimientos recientes me obligan a reflexionar sobre lo que considero una peligrosa tendencia: el declive ético en la política contemporánea. El caso de Flavio Bolsonaro en Brasil es paradigmático. Un candidato que no solo se niega a reconocer su derrota electoral —una conducta que ya debería alarmarnos— sino que posteriormente huye del país para evadir la justicia. Resulta inconcebible que alguien que aspiró a la presidencia no tenga la entereza de enfrentar los tribunales si efectivamente ha cometido delitos. ¿Cómo es posible que millones de personas hayan depositado su confianza en semejante figura?
Y no es un fenómeno aislado. Contemplamos con estupor cómo el presidente argentino, Javier Milei, protagoniza desbordes de naturaleza casi psicopática, insultando a cuanta autoridad se le cruza: viaja a Brasil para agraviar a Lula, llega a España para denostar al presidente Sánchez. Y, sin embargo, hay quienes siguen creyendo en él, ignorando los antecedentes que lo vinculan a estafas con criptomonedas, financiado, asimismo, con fondos públicos —como otros líderes de la ultraderecha global— por gobernantes afines, como el ex primer ministro húngaro.
Recuerdo cuando la honestidad intelectual y la rectitud de conducta eran valores irrenunciables para quienes aspiraban a cargos públicos. Evoco la historia de un destacado embajador —padre de un colega— que, ante una acusación de malversación, optó por quitarse la vida, incapaz de soportar el deterioro de su honor. Aunque después se comprobó que las imputaciones eran falsas, aquel gesto habla de una época en que la reputación importaba más que la supervivencia política.
En Chile, nos enorgullecíamos de que nuestros presidentes llegaban y se iban del poder con las manos limpias. Ese pacto implícito se quebró brutalmente con la dictadura de Pinochet: un traidor, asesino y ladrón que jamás dio la cara para asumir sus responsabilidades, culpando siempre a terceros. Desde entonces, arrastramos una fractura moral que no hemos sabido reparar.
Lo más preocupante es ver cómo personas sensatas —amigos, conocidos, gente que no ha dañado a nadie— respaldan a estos personajes. Cuando Lula fue acusado, dio la cara. Los Bolsonaro, en cambio, huyen. En nuestro país, personajes del mundo televisivo y deportivo, implicados en delitos, escaparon a Estados Unidos o Israel y retornaron impunes, mientras otros buscan refugio en la política para obtener fueros y protección.
Me indigna particularmente el caso de quienes, habiendo alcanzado posiciones parlamentarias con remuneraciones más que suficientes, exigen recortes salariales a sus propios colaboradores —situaciones que hoy están bajo investigación—. ¿En qué momento aceptamos que el servicio público se convierta en un mecanismo de enriquecimiento personal? Estamos retrocediendo a prácticas casi feudales, donde los subordinados deben tributar a su señor. Y lo peor: la ciudadanía reacciona con indiferencia, convencida de que «todos los políticos son iguales». No es así. Existen quienes mantienen principios, aunque se han vuelto minoría.
La indignación se agrava cuando observamos el tránsito permanente entre el sector público y el privado: funcionarios que supervisaron empresas y luego son contratados por ellas con sueldos exorbitantes. O partidos políticos creados exclusivamente para captar financiamiento estatal y enriquecer a sus dirigentes. Es una burla al sentido mismo de la ley.
Mi llamado es a la reflexión. Cuando elegimos a alguien, esa persona nos representa. Y cuando figuras como Milei, Trump o Bolsonaro —personajes con historiales cuestionables, construidos por aparatos publicitarios y redes sociales— llegan al poder, no podemos permanecer impasibles. Hay líderes que se presentan como azotes del crimen organizado cuando en realidad lo amparan. Bolsonaro es incapaz de dar la cara ante el país que casi lo eligió. ¿Es tan difícil asumir los errores?
La política sin ética es solo un mecanismo de poder. Recuperar la honestidad como exigencia no es nostalgia: es una necesidad democrática urgente.
Antonio Elizalde
ONU y Cuba: una mayoría frente a la presión

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La Asamblea General volvió a reclamar el fin del embargo estadounidense contra Cuba. Los 130 votos favorables, frente a 17 en contra y 25 abstenciones, constituyen un resultado políticamente significativo: en un escenario de intensa presión de Estados Unidos y de creciente polarización geopolítica, la mayoría de los Estados miembros sostuvo su rechazo a una política que considera contraria a la soberanía y al derecho al desarrollo de la isla.
La votación no elimina las sanciones ni obliga a Washington a cambiar de rumbo. La resolución de la Asamblea General no es vinculante. Pero su importancia no se mide solo por sus efectos jurídicos inmediatos: también importa que, por 34.ª vez, el reclamo cubano haya obtenido el respaldo de una mayoría amplia en el principal órgano deliberativo de Naciones Unidas.
En vísperas de la votación, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba presentó el debate como una expresión del rechazo internacional al bloqueo y denunció las presiones ejercidas para influir en la posición de los países. En ese marco, los 130 votos a favor son una señal de que esas presiones no consiguieron revertir la mayoría. El resultado es especialmente relevante porque se produjo en un contexto de confrontación diplomática y de competencia entre potencias por influir en las decisiones de otros Estados.
Una disputa que afecta también a terceros países
La posición cubana no se limita a denunciar las restricciones impuestas a la economía de la isla. MINREX sostiene que el alcance extraterritorial de las sanciones interfiere con las decisiones soberanas de otros países y con la libertad de sus empresas, bancos y entidades para relacionarse con Cuba. Esa preocupación está recogida en la resolución, que reafirma la igualdad soberana de los Estados, la no intervención y la libertad de comercio y navegación, y objeta los efectos extraterritoriales de leyes como la Helms-Burton.
Ese es uno de los motivos por los que el debate trasciende la relación bilateral entre La Habana y Washington. Para numerosos Estados, la cuestión es quién tiene autoridad para definir con quién pueden comerciar los demás y bajo qué condiciones. La aplicación de sanciones fuera de las fronteras estadounidenses convierte una decisión de Washington en un factor que puede pesar sobre bancos, compañías y gobiernos de otros países, incluso cuando estos no han adoptado esas medidas por cuenta propia. La votación expresa el rechazo de una mayoría a esa lógica de coerción extraterritorial.
Estados Unidos responde que el comercio con Cuba no está completamente interrumpido y cita exportaciones estadounidenses a la isla y envíos de terceros países. Sin embargo, que existan intercambios no resuelve el punto central: las sanciones pueden seguir limitando transacciones, elevando sus costos o disuadiendo a actores económicos. La existencia de excepciones o de operaciones comerciales no elimina necesariamente los efectos del conjunto de las restricciones.
El costo humano de las sanciones
La discusión diplomática tiene consecuencias materiales. Antes de la votación, Naciones Unidas informó sobre advertencias de funcionarios acerca del impacto de la escasez de energía en los servicios básicos y la atención sanitaria. Entre los datos difundidos figura el aplazamiento de más de 100.000 procedimientos quirúrgicos. La OMS también advirtió que la falta de energía está afectando a la salud. Estas señales ayudan a entender por qué Cuba presenta el embargo no como una disputa abstracta, sino como una política con efectos sobre la vida cotidiana de la población.
Washington atribuye la crisis cubana a las decisiones del Gobierno de la isla. La resolución de la ONU no pretende resolver por sí sola esa controversia ni emitir un juicio general sobre la gestión interna de Cuba. Su objeto es más preciso: pedir que Estados Unidos ponga fin a sus medidas económicas contra la isla y expresar preocupación por sus consecuencias. La fuerza del voto reside precisamente en esa demanda concreta, sostenida por países con sistemas políticos, alianzas e intereses diferentes.
Una mayoría amplia bajo presión
El resultado de 2026 fue inferior al de 2025, cuando la resolución recibió 165 votos a favor, 7 en contra y 12 abstenciones. Pero el dato debe leerse en el contexto señalado por La Habana: no como señal de que la comunidad internacional haya abandonado el reclamo, sino como prueba de que la disputa diplomática se desarrolla bajo una presión intensa. Aun en esas condiciones, 130 países votaron a favor de exigir el fin del embargo.
La cifra también refleja que el respaldo no pertenece a un solo bloque geopolítico. La resolución convoca a países con prioridades distintas, unidos en este punto por la defensa de la soberanía estatal y la oposición a que medidas unilaterales condicionen las relaciones económicas de terceros. Esa amplitud hace del resultado una victoria política para Cuba: no porque resuelva el conflicto, sino porque la presión no logró borrar de la votación el rechazo mayoritario al embargo.
La votación, sin embargo, no modifica por sí sola la política estadounidense. La Asamblea General puede fijar una posición política de amplio alcance, pero no anular las leyes de Estados Unidos ni obligar a su Gobierno a derogarlas. La distancia entre la mayoría expresada en Naciones Unidas y la capacidad de Washington para mantener las sanciones es precisamente lo que vuelve persistente este proceso: cada año se renueva el mandato político, mientras el cambio concreto sigue dependiendo de decisiones que la Asamblea no controla.
En ese contraste está el sentido del resultado. La 34.ª votación no puso fin al embargo, pero confirmó que Estados Unidos sigue enfrentando una oposición internacional amplia a su política. Para Cuba, obtener 130 votos favorables en medio de una fuerte presión diplomática es un respaldo significativo: una mayoría de Estados volvió a defender el fin de las sanciones y a cuestionar que una potencia imponga a terceros los límites de sus relaciones con la isla.
La votación tuvo lugar en un escenario internacional marcado por la creciente utilización de sanciones económicas como herramienta de presión política. En un sistema cada vez más atravesado por la rivalidad entre grandes potencias, los Estados del Sur Global observan con especial atención las medidas que pueden limitar sus vínculos financieros y comerciales con terceros países. La denuncia cubana del carácter extraterritorial del embargo encuentra eco en esa preocupación: no solo interpela a quienes se oponen a las sanciones contra Cuba, sino también a quienes ven en ellas un precedente para condicionar la autonomía de otros Estados.
