La timonel del PS acusó falta de conducción estratégica en seguridad y sostuvo que la reforma económica del Gobierno se basa en proyecciones erradas, al advertir que la rebaja de impuestos a grandes empresas podría debilitar la recaudación fiscal.
Resumen
La presidenta del Partido Socialista, Paulina Vodanovic, endureció sus críticas contra el Gobierno al cuestionar la conducción de la ministra de Seguridad, Trinidad Steinert, y al poner en duda los fundamentos de la megarreforma económica impulsada por La Moneda.
En entrevista con Mesa Central, la senadora sostuvo que la cartera de Seguridad carece de una estrategia clara para enfrentar el delito y que el foco de la autoridad no debería estar en la exposición de operativos, sino en el diseño de políticas públicas.
Vodanovic afirmó que la ministra debe cumplir el mandato legal de conducir una estrategia nacional contra el delito y el terrorismo, y remarcó que el rol de los ministros es construir política pública, planificar y prevenir. En esa línea, también criticó decisiones iniciales de la cartera, apuntando a la desarticulación de equipos que, a su juicio, debilitó la capacidad de respuesta del ministerio.
03 DE MAYO DE 2026/ QUILPUÉ La ministra de Seguridad, Trinidad Steinert, dio a conocer los resultados del inicio de ESCUDO EN RUTA, plan que busca fortalecer controles en rutas estratégicas y combatir el robo de vehículos, tráfico de personas, tráfico de drogas y otros delitos asociados al crimen organizado. FOTO: MINISTERIO DE SEGURIDAD / UNO NOTICIAS
La timonel socialista sumó además cuestionamientos en materia migratoria, al recordar promesas del Ejecutivo y contrastarlas con los resultados exhibidos hasta ahora. Según planteó, mientras el Gobierno ha debido reemplazar a varios seremis, no ha mostrado avances concretos en expulsiones de inmigrantes irregulares.
Las críticas de Vodanovic también alcanzaron a la denominada megarreforma del Gobierno. La senadora sostuvo que el proyecto está construido sobre supuestos errados de crecimiento económico y advirtió que, a diferencia de otras reformas tributarias, esta propuesta no apunta a elevar los ingresos fiscales, sino a recaudar menos.
A su juicio, el principal problema es que la rebaja de impuestos a las grandes empresas no aparece acompañada de compensaciones claras. Por eso, alertó que el efecto positivo del crecimiento estaría sobredimensionado, mientras que el impacto real sobre la caída de ingresos fiscales estaría subestimado. Desde esa mirada, concluyó que la iniciativa puede comprometer la sostenibilidad del gasto social y criticó los acuerdos políticos que podrían facilitar su avance legislativo.
Como existe una censura asolapada, pronto se obligará al niñato Iván Poduje a mantenerse callado. A enterrar su estilo provocador, bajo un sauce llorón. A reconocer su liviandad al expresar sus críticas al gobierno, que como El Titanic, empieza a hundirse en el océano de la desesperanza
Nadie se atrevería a negar que vivimos en una trepidante zafacoca. O alboroto si usted lo prefiere. ¿Y por qué no baraúnda? Entendemos su legítima vergüenza, como amante del lenguaje en una época, donde se extravió en una lluviosa noche de otoño. ¿Y cuándo sucedió este nefando hecho, el cual nos mantiene en vilo? En medio de esta baraúnda o caos, entre dimes y diretes, los sabios de turno o alquimistas de la Edad Media, idearon una nueva pócima, destinada a curar hasta el dolor de juanetes.
Ahora, si se desea ahondar sobre el tema, se puede colegir que llegó el tiempo de quedar piluchos, en cueros o en pelotas. Todo, a causa de la infinidad de recortes, ideados por los alquimistas de nuestro tiempo. Gente sabia, amante de la Edad Media, dirá usted, educada en Europa. Nada de holgazanes ni infelices, que estudian un semestre en una universidad sin prestigio alguno y se hacen llamar doctores. El Ministro de Hacienda, por ejemplo, de cuyo nombre no es bueno acordarse, como si fuese peluquero, sastre, podólogo o jardinero de la oligarquía, obsequió a los ministros del régimen, de sendas tijeras. De variados tamaños, según sean sus necesidades. Se propuso, dominado por su servil afán de agradar al jefe, amputar, recortar, mutilar, desbrozar, cuanto afee el paisaje de la generosidad. “El estado no es una institución de beneficencia”, habría pensado, mientras leía a Maquiavelo. Así, don Podólogo, se convirtió en el ministro dueño de la guillotina, aunque ahora, ni en Francia se usa. Se cuenta que María Antonieta, reina de Francia, mientras era conducida al patíbulo, habría expresado: “Y si me cortan la cabeza, ¿quién va a utilizar mis pelucas?”
Nadie puede negar que, recortar recursos y beneficios sociales, trae descrédito a cualquier gobierno, aunque encanta a la minoría, la cual se favorece con semejante medida. Jamás la oligarquía ha sacrificado parte de su peculio, aunque suene mal el término, en beneficio del desposeído. Actitud que surge durante la época en que el hombre vivía en las cavernas y debía protegerse de la ambición de sus semejantes. Desde aquella época, mientras utilizaba flechas para cazar y dominar, hasta ahora, sólo ha cambiado la manera de vestir. Es decir, desvestir al semejante, para vestir sus ropas.
Y a modo corolario en medio de este festival farandulero, surgió el niño rebelde del régimen, quien se atrevió a encarar al Ministro de Hacienda. Le habló a calzón quitado: “Yo no le obedezco a usted, porque a quien debo lealtad es al presidente de este país”. Así, Iván Poduje se convirtió en la piedra del zapato del régimen y comienza a ser visto como un rebelde. Esta historia recién comienza y la gallada, aburrida de escuchar y ver lo mismo en las noticias, aplaude la rebeldía de este anarquista.
Como existe una censura asolapada, pronto se obligará al niñato Iván Poduje a mantenerse callado. A enterrar su estilo provocador, bajo un sauce llorón. A reconocer su liviandad al expresar sus críticas al gobierno, que como El Titanic, empieza a hundirse en el océano de la desesperanza. Mientras la orquesta no se detiene en su afán de mantener viva la ilusión, auspiciando nuevas alzas, recortes sociales y desplumes. ¿Y cuando surgió esa antigua costumbre burguesa de querer comer el proletariado, tres veces al día?
Se ha desatado la polémica en el gallinero real, también llamado alcahaz, por quienes aman nuestra lengua, donde empiezan a volar las plumas. No las plumas de cisne con las cuales se escribía o van a utilizar, quienes piensan quedar desnudos.
Mientras Peter Thiel uno de los grandes amos de la Big Tech despliega su influencia en el Cono Sur, en Chile se ha desatado una batalla paralela por el control algorítmico de la información. Por el negocio de los datos. Es una etapa más del capitalismo del siglo XXI. Varios de los episodios más inquietantes ocurrieron aún bajo el gobierno de Gabriel Boric (FA-progresista) —lo que revela que la amenaza a la libertad de expresión y al periodismo libre no reconoce color político—, y hoy se proyectan sobre el nuevo escenario inaugurado por el gobierno del neoliberal y conservador José Antonio Kast desde el 11 de marzo de 2026. El ecosistema resultante —vigilancia de datos, criminalización del periodismo y opacidad legal— debería encender alarmas en toda la sociedad chilena, independientemente de quién gobierne.
Peter Thiel, Palantir y el arquitecto de las AFP
La visita de Peter Thiel a Santiago no pasó inadvertida. El cofundador y presidente del directorio de Palantir Technologies —la empresa de inteligencia de datos que trabaja para la CIA, la NSA, el FBI, ICE y ejércitos de todo el mundo, incluyendo el de Israel— se reunió con José Piñera Echenique, el economista que diseñó el sistema de AFP bajo la dictadura de Augusto Pinochet.
La imagen de ambos merece ser leída con atención. Piñera vendió las AFP a los trabajadores chilenos como el camino hacia pensiones dignas y seguridad en la vejez. Cuatro décadas después de la gran estafa, la realidad es brutal: miles de jubilados chilenos reciben pensiones por debajo de la línea de pobreza, mientras las administradoras de fondos acumularon ganancias históricas. El arquitecto del sistema nunca rindió cuentas por esa promesa incumplida. Que sea precisamente él quien reciba a Thiel —cuya empresa construye las herramientas de vigilancia masiva del siglo XXI— no es un detalle menor: es la continuidad de una misma lógica, la de vender como progreso aquello que en la práctica sirve para controlar.
Palantir no es una empresa tecnológica cualquiera. Su softwareGotham—utilizado por agencias de inteligencia y fuerzas de seguridad en múltiples países— permite cruzar bases de datos masivas, georreferenciar personas, construir perfiles de comportamiento y anticipar movimientos. En Estados Unidos, ha sido el instrumento de los operativos de deportación masiva de ICE bajo la administración Trump. Amnistía Internacional le envió en 2025 una carta formal señalando que el uso de su plataforma ImmigrationOS «arriesga crear un aparato de vigilancia sin precedentes que permite el monitoreo masivo y la toma de decisiones automatizada que afecta los derechos humanos.»
En Chile, el Instituto Nacional de Propiedad Industrial (INAPI) ya tiene registrada la marca Palantir Technologies Inc. La solicitud fue presentada en junio de 2022 y la autorización definitiva fue otorgada el 10 de abril de 2025. La marca está en Chile. La empresa está mirando a Chile.
A nivel público no hay información confirmada sobre contratos entre Palantir y las Fuerzas Armadas chilenas: en los listados oficiales de proveedores del Ejército, la Armada y la FACH no figura la compañía. Pero —y esto es crucial— el rubro de Palantir es precisamente la inteligencia, y en Chile la legislación vigente permite relaciones comerciales amparadas bajo la Ley de Inteligencia: es decir, secretas por ley. Nadie podría saberlo, aunque existieran.
Ley Mordaza 2.0: el ataque a las fuentes periodísticas
El Congreso chileno tramitó, durante el gobierno de Boric, un proyecto conocido como Ley Mordaza 2.0 (Boletín 17.484-07), presentado por un grupo de senadores que incluye a Pedro Araya (PPD), Luz Ebensperger (UDI), Paulina Núñez (RN), Luciano Cruz-Coke (Evópoli) y Alfonso de Urresti (PS).
El dato no es anecdótico: sus autores provienen tanto de la coalición de gobierno que entonces lideraba Boric como de la oposición. La amenaza a la libertad de prensa, en Chile, ha demostrado ser transversal.
La iniciativa busca endurecer las sanciones por la divulgación de información sobre investigaciones penales reservadas. En su redacción, establece penas de presidio menor en su grado medio a máximo para «el que de cualquier modo entregare, informare, difundiere o divulgare información de cualquier naturaleza acerca de antecedentes de una investigación amparada por el secreto».
El Colegio de Periodistas de Chile reaccionó con indignación. Su presidenta, Rocío Alorda, declaró ante la Comisión de Constitución del Senado que el proyecto representa «una ley mordaza en pleno siglo XXI» y «una amenaza directa a la libertad de prensa y al derecho de la ciudadanía a la información, situaciones que contrarían los estándares internacionales de derechos humanos».
La crítica central de los profesionales de la información es que el proyecto no distingue entre quien filtra y quien informa: «El proyecto no apunta al verdadero problema, que es la incapacidad del Estado —en particular del Ministerio Público y del Poder Judicial— de resguardar adecuadamente los datos bajo su custodia. En vez de fortalecer los controles internos, se pretende disparar contra los mensajeros», criticó Alorda.
El Colegio se declaró en alerta máxima: «No aceptaremos que se establezcan normas que sancionen la difusión de información de interés público ni se limite el rol fiscalizador de la prensa. Este proyecto, tal como está redactado, sienta las bases para una nueva forma de censura previa.»
Lo notable es que el proyecto surgió en 2025, impulsado por legisladores de partidos que en su momento se presentaron como defensores de la libertad de expresión. Que hoy continúe en tramitación bajo el gobierno de Kast, sin que el nuevo Ejecutivo haya dado señales claras de oposición, prolonga el riesgo.
El intento de interceptar teléfonos de once periodistas
La gravedad del momento no es teórica. Durante el gobierno de Boric —en agosto de 2025, con el caso haciéndose público en noviembre de ese año—, la fiscal Paulina Díaz Obilinovic, jefa de Alta Complejidad de la Fiscalía Occidente, solicitó al tribunal la interceptación de los registros telefónicos de once periodistas de medios como CIPER, La Tercera, La Bot, The Clinic y Reportea, en el marco del denominado «Caso Hermosilla».
La medida buscaba acceder a registros de llamadas, datos de georreferenciación y tráfico de datos móviles de los profesionales, con el propósito de identificar sus fuentes periodísticas. La solicitud incluía a periodistas como Francisca Skoknic (La Bot), Leslie Ayala (La Tercera), Gabriela Pizarro, Catalina Olate, Benjamín Miranda, Francisca Soto, Daniel Meza, Paulina Toro y Macarena Segovia (todas de CIPER), y Nicolás Cerpa y Nicolás Sepúlveda (The Clinic/Reportea).
El 4° Juzgado de Garantía y la Corte de Apelaciones de Santiago rechazaron categóricamente la solicitud, señalando que las y los periodistas «revisten calidad de terceros o testigos» y que no existía justificación legal para una medida tan intrusiva.
La paradoja es oscura: la solicitud fue formulada por una fiscal que actúa en nombre del Estado, en el marco de una causa iniciada por la querella de los propios imputados. El Estado persiguiendo a quienes informaron sobre el Estado.
El Colegio de Periodistas denunció el hecho como «un grave atentado a la libertad de prensa»: «Este intento de vigilancia representa un acto inaceptable de vulneración del secreto de las fuentes periodísticas, principio esencial del periodismo y del Estado de derecho.»
El gremio recordó que el secreto profesional está consagrado en la Ley N° 19.733, que establece con claridad que las y los periodistas no pueden ser obligados a revelar sus fuentes, ni siquiera por mandato judicial.
El proyecto de Ley de IA: las FF.AA. sin ningún control
En este marco de tensión, la tramitación del proyecto de ley que regula integralmente los sistemas de inteligencia artificial en Chile (Boletín 16821-19) ha generado un debate adicional. La iniciativa, presentada por mensaje presidencial del gobierno Boric en mayo de 2024 y actualmente en segundo trámite constitucional en el Senado bajo la nueva administración, establece un marco normativo para el desarrollo y uso de la IA en el país.
Un aspecto central del proyecto es la exclusión expresa de los sistemas de IA desarrollados y utilizados con fines de defensa nacional. Estos quedan fuera del alcance regulatorio de la ley.
Esta exclusión —justificada en principio por razones de seguridad nacional— abre una ventana de opacidad de consecuencias impredecibles. Si el Estado chileno, bajo cualquier gobierno, adquiriese sistemas de vigilancia como los de Palantir, estos podrían quedar amparados bajo el secreto de la defensa nacional, sustrayéndose al escrutinio público y al control ciudadano.
La combinación es inquietante: una ley de IA que no ve lo que el Estado hace en materia de seguridad, y una empresa como Palantir que ya tiene su marca registrada en el país y cuyo principal accionista visitó Chile para reunirse con el hombre que prometió a los trabajadores pensiones que nunca llegaron.
Una trama orwelliana con actores reales
La inscripción de Palantir en el INAPI, la visita de Thiel, la reunión con José Piñera, la tramitación de la Ley Mordaza 2.0 —impulsada de forma transversal por legisladores de distintos partidos—, el intento de interceptar teléfonos de periodistas durante el gobierno anterior, y la exclusión de la defensa nacional en la Ley de IA conforman un escenario que no requiere de conspiraciones para ser alarmante. Basta con leer bien la trama.
Se está configurando un escenario donde el control de los datos, la vigilancia masiva y la restricción a la libertad de prensa avanzan en paralelo, sin que ningún sector político haya demostrado voluntad firme de detenerlos. No es solo un problema del gobierno de Kast: es un problema estructural del sistema político chileno, que atravesó sin inmutarse el intento de interceptar once periodistas y que permitió que una ley que criminaliza la difusión de información avanzara en el Congreso con votos de la izquierda y la derecha.
Lo que sí corresponde exigirle al gobierno actual —y a cualquier gobierno— es transparencia absoluta sobre cualquier relación contractual con empresas como Palantir, rechazo explícito a la Ley Mordaza 2.0 en su redacción actual, y una señal inequívoca de que el secreto de las fuentes periodísticas es una línea que ninguna fiscalía volverá a cruzar.
El Colegio de Periodistas ha sido categórico: «Informar no es delito.» La defensa de ese principio, hoy más que nunca, no puede depender del color del gobierno de turno. La ignorancia crasa de los parlamentarios chilenos acerca de lo que está en juego es un fenómeno que también sorprende.
Si alguien todavía tenía dudas, esta semana el gobierno decidió despejarlas con entusiasmo: no basta con ganar una elección para saber gobernar. Y lo que hemos visto no es una mala semana, es un recordatorio bastante brutal de eso.
Porque una cosa es prometer orden, eficiencia y mano firme desde la oposición —donde todo es fácil y gratuito— y otra muy distinta es sentarse en el poder y descubrir que la realidad no cabe en una planilla Excel. Ahí es donde empiezan los problemas. Y vaya que empezaron.
El famoso plan de recortes fiscales fue presentado como si fuera una cirugía necesaria. El problema es que el “cirujano” entró al pabellón sin diagnóstico político y terminó metiendo bisturí donde no debía. Programas sociales sensibles, como la alimentación escolar, quedaron en la mira. ¿Resultado? Incendio inmediato. Porque sorpresa: nadie, ni sus propios electores, reacciona bien cuando siente que le están quitando lo básico.
Y lo más llamativo no fue el error —todos los gobiernos los cometen—, sino la torpeza para manejarlo. Salieron a explicar tarde, mal y a medias. Después vinieron las aclaraciones, los matices, los “no quisimos decir eso”. Traducción: improvisación. Un gobierno que comunica así no está conduciendo, está parchando.
Pero lo realmente preocupante no es el error puntual, es el patrón. Porque mientras afuera trataban de apagar el incendio, adentro el gabinete hacía lo suyo: pelear en público como si nadie estuviera mirando. El cruce entre Vivienda y Hacienda no fue un simple desacuerdo técnico. Fue una señal clarísima de que aquí cada uno está tocando su propia canción, y nadie dirige la orquesta.
Y cuando no hay dirección, lo que hay es ruido. Mucho ruido.
En medio de ese caos, el gobierno insiste con su “megarreforma” económica como si fuera la solución mágica a todo. Menos impuestos, más inversión, crecimiento. El mantra se repite como si por insistencia fuera a volverse realidad. Pero mientras tanto, el resto del país sigue funcionando —o intentando hacerlo— sin mucha claridad de hacia dónde va esto.
Porque fuera de esa obsesión económica, la agenda simplemente no aparece. Cultura paralizada, políticas sociales en revisión eterna, regiones mirando desde lejos cómo se toman decisiones sin mucha conexión con el territorio. Gobernar no es elegir un tema favorito y olvidarse del resto. Eso no es liderazgo, es fijación.
Y claro, los efectos ya se sienten. Seguridad, economía, inmigración —las grandes banderas— hoy generan más dudas que certezas. Y eso no es porque la oposición esté “instalando un relato”. Es porque cuando un gobierno improvisa, la gente se da cuenta. No hace falta mucho análisis para verlo.
Lo que pasó esta semana no es un accidente. Es un síntoma. Un síntoma de un gobierno que llegó con seguridad en sí mismo, pero sin el oficio necesario para sostenerla. Que cree tener claridad, pero no logra traducirla en decisiones que funcionen en el mundo real.
Porque gobernar no es decir “hay que hacer esto” y esperar que ocurra. Es anticipar conflictos, ordenar equipos, construir respaldo y ejecutar con precisión. Y hoy, nada de eso está pasando.
El problema es que el tiempo en política no es infinito. La paciencia se agota. La confianza también. Y cuando la percepción de desorden se instala, sacársela de encima es como intentar desinventar un meme: simplemente no ocurre.
Así que no, esto no fue solo una semana difícil. Fue una advertencia en pantalla gigante. Una de esas que los gobiernos inteligentes toman en serio.
La pregunta es si este lo es.
Porque si la respuesta es no, entonces lo de esta semana no fue el punto más bajo.
Adelanto del libro de conversaciones íntimas con Carolina Tohá, primera parte: “Hay dos niñeces en mi vida: la niñez con mi papá y la niñez sin mi papá”
Llega a librerías "La política se metió conmigo", un libro de conversaciones con Carolina Tohá, realizadas por Daniel Hopenhayn. Ahí, la exministra repasa su vida completa, de manera cándida y sin las reservas clásicas de la figura pública. Su familia, la política, su padre, el exilio, el retorno y más. The Clinic publica un primer adelanto, del capítulo titulado “El primer mundo: la niña, la hija y la nieta”, donde Tohá revisa su relación con su padre. "Yo tenía absoluta conciencia de que estaba metida en un proceso político intenso, que mi padre se dedicaba a una causa que era mucho más grande que nosotros, que había una tarea que era el socialismo y que eso mandaba todo", explica.
—A mi papá. Bueno, es que hay dos niñeces en mi vida: la niñez con mi papá y la niñez sin mi papá. Una fue en Chile, hasta los ocho años, y la otra en México. Y las dos fueron épocas bien felices, no podría decir otra cosa. Con un quiebre entremedio dramático, estrepitoso, pero fue una niñez bonita. Y la niñez en Chile está muy asociada a mis barrios de infancia, que son los de aquí mismo: Parque Forestal, Mercado Central, caminar con mi papá por el centro, mucha gente que lo saludaba, la calle Tenderini, donde él trabajaba cuando dirigía el diario Las Noticias de Última Hora. Todas mis anécdotas de niñita son en esos lugares, escuchando las historias de ese mundo.
—¿Hay en su memoria un Santiago previo al exilio que ya no era el mismo cuando volvió?
—Lo que pasa es que el centro de Santiago, en mis recuerdos de esos años, parece Nueva York: una ciudad con mucha gente, con autos grandes, como cincuenteros, el comercio, una vida muy de metrópoli. Pero yo también conocí otro Santiago, porque para el gobierno de la Unidad Popular nos fuimos a vivir cerca de mi abuela, en el barrio El Golf. Y esa era otra morfología de ciudad, con jardines, casas, distancias largas. En el centro se hacía todo caminando y de repente me fui a una ciudad de autos. Imagínate que vivíamos en la calle Enrique Foster y mi colegio, la Escuela 120, quedaba en Tomás Moro con Fleming, y atravesar esa distancia todos los días para mí ya era un desplazamiento mayúsculo. Me iba en transporte escolar, nos llevaba un señor Lerman, en una camioneta color verde menta. Y cuando volví de México, el año 79, ese Santiago estilo Providencia, parte baja de Las Condes, estaba totalmente cambiado. Porque justo en esa época había empezado la dinámica de los edificios, esta cosa de botar esas casonas y construir edificios de departamentos. Los primeros edificios residenciales, de gente acomodada, son de ese barrio.
—¿Qué tan teñidos por la política están sus recuerdos de esa infancia?
—Totalmente teñidos. Yo tenía absoluta conciencia de que estaba metida en un proceso político intenso, que mi padre se dedicaba a una causa que era mucho más grande que nosotros, que había una tarea que era el socialismo y que eso mandaba todo. No era como “la pega de mi papá”, era algo muy central en nuestra vida, incluso antes de que él fuera ministro. El año 68 o 69 yo pasé casi un año viviendo con mi abuela, porque mi papá se fue al sur a hacer la campaña parlamentaria y mi mamá partió con él.
—¿Era de esos hijos de políticos que ven poco a sus padres?
—Quizás no los veía mucho, pero estaban muy presentes. Yo igual me daba cuenta de que mi familia funcionaba de una manera totalmente anómala, sobre todo desde que llegaron al gobierno. Pero había un sistema de casa muy bien armado. Porque mi mamá era —y sigue siendo hasta hoy— una mamá que se hace cargo de todo, muy organizadora, preocupada de todos los detalles. Entonces nos llevaba de aquí para allá, nos juntaba con amigos, nos mandaba con mi abuela, siempre había algo funcionando para que no quedáramos varados en la casa con mi hermano. Nunca tuve la sensación de estar botada, ni de que hubiera ausencia de mis padres, a pesar de que había mucha ausencia. Mi papá y yo, además, teníamos una relación muy cercana, de mucha complicidad. Y como fue papá grande, era de esos papás que conversan harto con los hijos, entonces desde chiquitita siempre me estuvo hablando de este gran proyecto político. Es decir, la política no era una cosa de ellos, también era nuestro mundo. Y había muchas cercanías: Allende iba a nuestra casa, nosotros íbamos a la casa de él, mi papá se juntaba con otros dirigentes, éramos amigos de sus hijos…
—¿Para usted Allende era como un tío?
—Sí, pero un tío que tenía un rol bien particular en esta historia de la que participábamos. Con mi papá tenían una relación de complicidad total, pero donde claramente Allende era el líder. O sea, Allende siempre era la cabeza de esta historia.
—Cuando sus padres se casaron, fue el padrino de matrimonio.
—Claro, ellos tenían una vida social, no solo de militancia. Ahora, cuando Allende pasó a ser presidente, mi papá formalizó el vínculo y lo pasó a tratar de “usted” y de “presidente”, hasta el final. Y yo ahora al presidente Boric también le digo “usted”, a pesar de que es veinte años menor que yo… ¡Más de veinte años!
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—No tiene mucha gracia que usted lo diga, pero todas las semblanzas sobre su padre insisten en lo mismo: que este era un señor bueno, el colmo de lo bueno.
—Sí, eso se repite mucho y con gente muy distinta. Cuando yo estaba en la universidad, donde había todo ese mundo de profesores muy momios, muchos de ellos se me acercaron a hablarme de mi papá y que era una persona tan noble, que era tan bondadoso, que era tan gentil, que era un caballero, todas esas palabras que ocupaba la gente antes. Ahora nadie las ocuparía.
Ocupando el escritorio de su padre. Foto: Archivo personal Carolina Tohá
—Es que el personaje era de antes, ¿o no? Lo comparaban mucho con el Quijote, porque además se parecía.
—Sí, tenía una bonhomía antigua, como ligada a la caballerosidad. Pero yo creo que ese tipo de carácter no era común antes ni ahora, por algo todo el mundo lo recuerda tanto. Porque en el medio de la dureza que tuvo esa etapa, mi padre construyó relaciones de mucha calidez con personas con las que tenía enormes diferencias. Y ese fue un recurso súper importante mientras él tuvo el rol de ministro del Interior. A mí se me han acercado distintas personas a lo largo de la vida —ahora ya no tanto, porque han ido muriendo todos— que fueron parte de la acusación constitucional contra mi papá. Y se acercaban a decirme cómo habían lamentado toda la vida esa acusación constitucional. Porque ahí había un puente que funcionaba y que después de eso quedó muy debilitado, por decir lo menos.
—Lo que hoy no se vería tan bondadoso es que le gustaba cazar.
—Sí, tenían su pequeña tradición los hombres de la familia. Porque mi abuelo, en la época de Chillán, se compró un campo hacia el interior, un campo de montaña, camino a las termas. Entonces ellos pasaban veranos enteros allá y salían a cazar los tres hermanos juntos. Conejitos, perdices, ese tipo de cosas. Cuando yo volví de México, ese campo todavía estaba y me llevaban a cazar con mis tíos, pero nunca enganché y nunca cacé nada. Ahora, te diría que ese era el único deporte que mi papá practicó, porque era negado. Iba al estadio, iba al box, le gustaba el tenis, le gustaba todo. Pero tocar él mismo una pelota, un guante, olvídate. No se sacaba los pantalones largos ni por casualidad.
—En sus memorias de prisionero en Isla Dawson, Sergio Bitar evoca esto: “José Tohá disertó sobre el lenguaje vivo, sobre el manejo del castellano y nos reprochó a todos el mal uso que estábamos haciendo del idioma en el campamento, alentándonos para aprovechar nuestra permanencia allí en enriquecer nuestro vocabulario, nuestra gramática, nuestra capacidad expositiva”.
—¡Ja, ja, ja!
—Eso habla mucho de alguien.
—Bueno, pero lo que pasa es que en Dawson, para pasar el tiempo, inventaron todo tipo de talleres que se hacían entre ellos. Y como cada uno enseñaba lo que podía, mi papá optó por esto.
—Pero ese sentido de la corrección, además tan ligado a la fe en el progreso, es como un cuadro de época.
—Sí, de esa izquierda tradicional que tenía todo este concepto de la decencia, de la educación. Bueno, en mi casa estaban prohibidos los garabatos, no existían, mi tío Jaime aprendió a decir garabatos ya casi en la vejez. Y cuando yo era chica, con mi papá todavía vivo, esto de ser una buena estudiante era un mandato inapelable. A mí me gustaba el colegio, así que no era tan difícil, pero si me hubiera ido mal en el colegio me habría sentido pésimo, pero pésimo, me hubiera mortificado mucho.
—¿También se sentía en el deber de ser inteligente?
—Sí. No como algo tortuoso, pero sí, lo sentía. Este tema de la inteligencia, además, es algo que siempre me transmitían de mi papá. Bondadoso-inteligente, esas eran las dos cosas.
Con su madre, Moy. Foto: Archivo Personal Carolina Tohá.
—¿La suya era de esas familias en que la formación y la transmisión de valores le dejaban poco lugar a las demostraciones de afecto?
—No. Mi mamá era muy cariñosa y mi papá conmigo era papá enamorado, como son los papás viejos. Entonces en ese amor me hablaba de sus temas, pero era parte del juego, de la dinámica cómplice, coqueta, hablar del socialismo y de que va a venir el no sé qué. Me lo contaba con un ánimo de cuento, como los cuentos que uno le cuenta a un niño.
—¿Era incapaz de retarla?
—Yo creo que sí me retaba, pero no tengo recuerdo de ningún reto… Sí, recuerdo uno. Una vez en El Tabo, debo haber tenido cuatro años, me metí al mar y me llevó para adentro. Mi papá no sabía nadar, ni siquiera se ponía traje de baño. Entonces se metió al agua con ropa, pero no progresó mucho y me rescató otro caballero que me sacó del pelo. De aquí arriba me agarró, me entregó a mi papá y yo salí del agua abrazada a él. Tengo esa imagen guardada: mirando al mar, mientras mi papá me llevaba abrazada, y yo con esa sensación de cuando respiras agua y sientes que te arde todo por dentro. Y me acuerdo de haber llegado a la arena y que me haya pegado un reto ahí.
—¿Siente que alcanzó a conocerlo bien?
—No. Siento que alcancé a tener una relación muy intensa con él. Pero no es una relación de conocimiento, es un vínculo emocional. Es una relación que tiene profundidad, pero poca información.
—Pero conocerlo también puede ser captarlo, aunque falte información.
—Yo creo que como papá lo capté mucho, mucho. Lo que pasa es que las personas tienen otras dimensiones. Pero nosotros teníamos nuestros rituales, hacíamos cosas los dos solos, él me llevaba a lugares, yo lo acompañaba a la oficina. O sea, no era solo la dinámica de la familia, sino que a él le gustaba hacer cosas conmigo. Entonces ahí se generó como un mundito nuestro, tengo esa sensación muy marcada. La sensación que me daban esos espacios con él, donde había mucha risa y mucho de llevarme él a su mundo, ir a sus reuniones, caminar con él por la calle, contemplar a mi papá siendo adulto con los otros adultos. Eso generó una admiración desde muy chica, porque lo veía moverse en ese círculo donde era notorio que los demás lo respetaban, que él ocupaba un cierto lugar. Y eso se replicaba en la familia, porque mi abuela tenía una devoción por él. Ella vivía con dos de sus hijas, pero cuando nosotros íbamos a la casa todo giraba en torno a él, era como un ritual de adoración al niño. Y súmale a eso la importancia que tenían en mi casa sus roles políticos: que mi papá era ministro, que mi papá había sido vicepresidente, que mi papá había estado el 11 con Allende en La Moneda. Todas esas cosas eran parte de nuestro relato de papá.
—No es por abusar de la nota freudiana, pero tanto él como usted fueron presidentes del centro de alumnos en el colegio, los dos estudiaron Derecho en la Universidad de Chile, ninguno terminó siendo abogado, los dos fueron dirigentes de la FECH, los dos ministros del Interior…
—Bueno, pero por algo será que yo terminé siendo de Colo-Colo y no de la U, que al final no me fui al Partido Socialista y me quedé en el PPD. Hice mis pequeñas rebeldías.
—No le gustó nada ese paralelo.
—No, si yo también lo hago, es cierto que hay una influencia grande y cosas que se repiten. Pero hay tantas cosas distintas, también.
—No le digo que usted quiso imitarlo, hay destinos parecidos…
—No, si te entiendo. Y por supuesto que es una marca fuerte una historia como la que yo tuve de chica. La tienes ahí medio a medio, no te suelta.
—¿Se acordó de él cuando enfrentó la acusación constitucional en el Congreso?
—Me acordé mucho, la verdad. Porque además ya era mucha la casualidad. Por suerte no prosperó, porque ya la casualidad se hubiera puesto trágica. Pero estuvo ahí presente ese recuerdo.
—¿Lo pasaba mal en esos años cuando a su papá lo atacaban?
—No, porque eso no lo percibía. Sabía que había muchos problemas, que había tensiones. Había periodos en que mi papá llegaba achacado a la casa, fines de semana en que estaba mucho tiempo en la pieza…
—“Es poco comunicativo y las cosas malas no me las cuenta nunca”, contaba su mamá por entonces.
—Sí, creo que él tendía a llevar la procesión por dentro, a no comentar estas cosas fuera de su entorno político y del trabajo. Y yo como niña notaba que había dificultades, pero nunca percibí que a mi papá lo atacaran, estaba protegida de eso. Toda esa agresividad, esa ira, esos odios que se estaban incubando, para mí fueron como una olla que se vino a destapar cuando fue el golpe. Hasta ese momento, esas cosas no existían.