Martes 22 de Septiembre 2026
Marta Ungaro vive en la casa de Gonnet en la que nacieron ella y sus hermanos. En cada rincón, algún objeto funciona como un talismán que resguarda la memoria de Horacio, su hermano secuestrado el 16 de septiembre de 1976, cuando cursaba sus estudios en el Colegio Normal de La Plata.
En la mesa, Marta tiene los libros que Horacio estaba leyendo cuando la patota irrumpió en su habitación. En una silla está el guardapolvos que él estaba pintando para usar en los festejos por el Día del Estudiante. Está su cara —con las pecas— en la pancarta que su mamá, Olga Ferdman, solía llevar para reclamar que dijeran dónde estaba.
Marta es también una memoria del movimiento de derechos humanos. Estuvo en las primeras marchas de las Madres de Plaza de Mayo. Conoció a Azucena Villaflor, fundadora del movimiento. Con su madre, juntaron fondos para pagar la solicitada que se publicó el 10 de diciembre de 1977 y que desencadenó el operativo que secuestró a Azucena, Mary Ponce de Bianco y Esther Careaga. Fue también parte del grupo de familiares que se entrevistó con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para hablar de los adolescentes desaparecidos.
A horas de que se cumpla un nuevo aniversario de la Noche de los Lápices, Marta recibió a Página/12 en su casa para repasar medio siglo de búsqueda.
“Tengo la tranquilidad de haber hecho todo lo que pude por mi hermano, y de seguir haciéndolo. Puedo mirar su foto --que tengo por todos lados-- y estar tranquila, porque yo siempre me pregunto qué puedo hacer”, cuenta mientras apura un sorbo de café, que sirvió momentos antes Jorge, su compañero de vida.
–¿Cómo recordás la madrugada del secuestro de Horacio?
–Mi mamá viene a avisar. Corrimos al departamento y yo vi que estaba levantada la persiana. Era un quinto piso. Miré para abajo y vi que estaban los libros que estaba leyendo. Él los tenía en la mesita de luz. Me acuerdo de que se estaba haciendo un licuado y me dice: “A mí los libros nunca me los van a agarrar. Yo los voy a cuidar”. Siempre pienso qué fuerza tiene que haber tenido un chico de 17 años para ir a la escuela con todo lo que estaba pasando. Se había estado pintando el guardapolvos la noche anterior porque el 21 festejaban el Día del Estudiante. No terminó de pintar la lágrima. Él ya demostraba en su guardapolvo lo que estaba pasando en el país.
–¿Cómo era Horacio? ¿Qué quería estudiar?
–Quería estudiar medicina. Siempre me lo imagino que habría luchado contra el Covid o estaría en el Impenetrable —o, en este momento, en Gaza—. Era muy lector. Yo lo quise afiliar al Partido Comunista (PC) y me dijo que no a los trece años. Citaba a José Ingenieros y decía que el que sigue un ideal sin entenderlo bien es un fanático. Nosotros veíamos que militaba, se reunía. Nosotros crecimos en un hogar en el que la política no era algo para ocultar. Mi papá era dirigente comunista; mi mamá, también.
–¿Cómo fue el primer momento después del secuestro de Horacio?
–Las familias enseguida empezamos a hacer las cosas de conjunto. Al otro día de los secuestros, vino Nelva Falcone a casa. Yo trabajaba en un corretaje de vino y me avisaron que estaba desaparecido también el hijo de la familia López Muntaner, así que fui a verlos al almacén que tenían. De casa desaparece también Daniel Racero, así que siempre hicimos los trámites juntos.
El 17 de septiembre, a las 8.30 de la mañana, estábamos en el juzgado presentando el hábeas corpus. Mi papá tuvo que hacerlo por derecho propio porque nadie se lo quería redactar. Él era físico e ingeniero. Nada que ver con las leyes. A los quince días secuestran a mi hermana Nora cuando va a la casa de Daniel Racero. La primera noticia que tenemos de Horacio es a través de Nora.
–¿Qué les dice?
–La llevan al Pozo de Quilmes y ve a Emilce (Moler), que le cuenta que había estado con Horacio en Arana. Los propios represores decían que habían estado los chicos del boleto. Cuando liberan a Nora, mi papá, con mucha insistencia, le dijo que anotara todo lo que sabía porque iba a llegar el día en que lo iba a poder contar. Y así fue. El padre de Emilce, que era comisario retirado, se presentó en casa y confirmó que Nora había estado en Arana y Quilmes.
–¿Cómo es el contacto con Pablo Díaz?
–A Pablo lo secuestran el 21 de septiembre de 1976. Cuando lo legalizan, él pesaba treinta y pico de kilos. La familia lo puede visitar recién a finales de febrero de 1977. En la primera visita, él manda a decir que había estado con los chicos. Su hermana fue a avisar a la casa de los Falcone. Cuando él sale de la cárcel, lo primero que hace es ir a la Plaza. Fue muy impactante porque todas las Madres sacaban las fotos para preguntarle si había estado con sus hijos.
–¿Cómo fue la militancia de tu mamá con las Madres?
–Le avisan que había un grupo que se reunía en Buenos Aires y se suma enseguida. Va con Nelva Falcone. Después se conforman las Madres en La Plata. Marchaban acá los miércoles y los jueves en Plaza de Mayo. Mi mamá usaba un pañuelo bordado con el nombre de Horacio y el de Daniel Racero. Ella muere en 1984. Se escapó para ir a la ronda de las Madres y la atropella un auto. A mí no me avisan porque estaba en España, embarazada de mi segundo hijo. En su velorio, el cajón lo llevaron las Madres.
–Te dedicaste también a buscar a los responsables del secuestro de tu hermano…
–En el año ’94, en una clase de Formación Ética, hablan de la Noche de los Lápices y un compañero de mi hijo dice que estaba bien que se los hubiesen llevado. Le pregunté cómo se llamaba el padre: Néstor Beroch. Estaba mencionado en la carpeta que yo tenía con documentación. Lo llamé por teléfono de línea y le dije: “Vos figurás haciendo el secuestro de los chicos”.
–¿Cómo llegaste a dar con Juan Miguel Wolk, responsable del Pozo de Banfield?
–Empecé a trabajar en la Junta Electoral. Me tocaba pasar las fichas de los nuevos afiliados. Yo buscaba apellidos como Astiz o Videla y me aparecían como inhabilitados. No me pasaba lo mismo con Wolk, que supuestamente estaba muerto. Pasaron tres años y seguía figurando igual. Cuando paso a trabajar en los Juicios por la Verdad, lo comento con un compañero. Mandamos a consultar a la Caja de la Policía. Después de dos años nos contestaron que seguía cobrando. Fui a hablar con el juez (Arnaldo) Corazza. Lo citan y le dan arresto domiciliario. Había puesto de garante a la hija, que era policía. Cuando me entero, voy de nuevo al juzgado y me dicen que la hija se había presentado como escritora de cuentos infantiles. Se volvió a escapar y estuvo dos años prófugo. Encontré a Wolk y a Beroch casi sin querer: eso da la pauta de todo lo que hicimos los familiares.
–¿Qué significa para vos seguir buscando a tu hermano después de 50 años?
–Miro para atrás y es muchísimo tiempo, pero es como que no lo siento. Me da tranquilidad haber hecho todo lo que pude y saber que lo voy a seguir haciendo. Pude tener una familia. Mi primer hijo se llama Horacio y él le puso Horacio a su primer hijo. No conocieron al tío, pero lo llevan como bandera. Cuando eran chiquitos, me decían: “Mamá, no lo buscaste bien”. Eso es la figura del desaparecido. ¿Cómo les explicás que te falta, que está, que no está? Necesitamos memoria, verdad y justicia. Tiene que haber castigo, aunque los represores estén grandes, para que no vuelva a ocurrir. La desaparición forzada es un crimen que se sigue cometiendo. Nosotros seguimos buscando a Horacio y a los 30.000, y seguimos reclamando que digan dónde están.



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