Vistas de página en total

jueves, 23 de abril de 2026

Colonia Dignidad: lo que se intenta borrar y lo que no se puede destruir

 

Colonia Dignidad: lo que se intenta borrar y lo que no se puede destruirOPINIÓNArchivo


Margarita Romero Méndez
Por : Margarita Romero MéndezMédica, defensora de los DDHH, presidenta de la Asociación por la Memoria y los Derechos Humanos Colonia Dignidad.
VER MÁS

Los intentos más significativos –desde el Gobierno del expresidente Aylwin hasta la reciente iniciativa del expresidente Boric– han fracasado. Y ese fracaso no es casual: demuestra que el poder de Colonia Dignidad no es un vestigio del pasado, sino una estructura que sigue operando en el presente.


En las últimas semanas nos hemos enterado de la negativa del actual Gobierno a avanzar en la expropiación y desarrollo de un Sitio de Memoria en la ex Colonia Dignidad, lo que constituye un retroceso deliberado en materia de derechos humanos. Esta no es una decisión administrativa ni técnica, es una decisión política.

Se pretende reducir el debate a 117.27 hectáreas, como si se tratara de una discusión inmobiliaria. Pero esas hectáreas –una fracción de las cerca de 4 mil que aún permanecen en manos de sus propietarios, tras la venta de más de 10 mil en menos de 20 años– concentran uno de los espacios más densos de criminalidad sistemática en la historia reciente de Chile.

No se trata de tierra. Se trata de un territorio donde cada metro cuadrado fue escenario de crímenes y violaciones de los derechos humanos.

Los testimonios de sobrevivientes han identificado con precisión los lugares: la Bodega de Papas, el Galpón de Heno, el llamado “Museo Colonial”, la casa de Paul Schäfer –la Freihaus–, el actual hotel y anexos, el hospital y su anexo, el edificio Neukra, el cuartel de la DINA conocido por los colonos como Hildegard Halle, la actual casa de Patricio Schmidt Spinti, la llamada “casa de los locos”.

A ello se suman subterráneos, búnkeres y túneles que conformaban una verdadera ciudadela subterránea clandestina, de sólida construcción; el aeródromo, las fosas de inhumación, los sitios de enterramiento de documentos y restos de vehículos de prisioneros asesinados, las zonas de quema de cuerpos y las orillas de esteros y ríos donde fueron arrojados restos y cenizas de las víctimas, entre otros muchos lugares que niños y niñas abusadas, adultos esclavizados y campesinos expulsados podrían mencionar.

Y aun así, hay quienes sostienen que “un memorial” no necesita 117 hectáreas.

Ese argumento no solo es falso: es una forma de negacionismo.

Un sitio de memoria no es un gesto simbólico reducido a una placa o un “memorial”. Es la recuperación material de los espacios donde se cometieron graves crímenes contra la humanidad. Y eso es, precisamente, lo que algunos sectores buscan evitar.

Porque Colonia Dignidad no fue un centro de detención más. Fue un campo de concentración. No en sentido figurado, sino en términos históricos y operativos comparables a los campos europeos del nazismo: secuestro, tortura, asesinato, trabajo forzado, experimentación en seres humanos, uso de cámaras de gases, abusos sexuales sistemáticos, desaparición de cuerpos y destrucción de evidencia.

Los Estados chileno y alemán no han reconocido el enclave Colonia Dignidad como un campo de concentración, razón por la cual el lugar continúa con un régimen interno heredado de sus fundadores, ejerciendo a través de sus sociedades anónimas actividades comerciales y turísticas, para las cuales Alemania inyectó una importante suma en 2005.

Impacta la desidia de los Estados, pues la denuncia sobre los crímenes de la Colonia Dignidad comienza tempranamente, incluso antes del golpe de Estado civil militar en 1973, luego de lo cual las víctimas de la dictadura,  familiares y sobrevivientes han declarado ante organismos nacionales e internacionales, ante la justicia y ante toda la sociedad, sus demandas: verdad, justicia y reparación.

La exigencia de las organizaciones de víctimas y de derechos humanos por la recuperación del lugar y la construcción de un sitio de memoria tiene historia: manifestaciones de familiares en los portones de la Colonia en los 2000, la entrada de un grupo de víctimas y defensores de derechos humanos al interior de la Colonia en 2013, la declaratoria de Monumento Nacional en categoría de Monumento Histórico en 2016 y los actos conmemorativos y recorridos por los sitios del horror en fechas emblemáticas. Seminarios y otras múltiples acciones respaldan esta demanda.

La idea de la construcción de un espacio de memoria no comienza en 2017 en las oficinas de la diplomacia chilena y alemana, con la firma de un memorándum de entendimiento, ni con la constitución de una comisión mixta, la que a casi nueve años de funcionamiento sigue sin cumplir sus objetivos, dilatando y desviando la discusión hacia fórmulas de memorialización que evitan el núcleo del problema: la responsabilidad.

Peor aún, ha operado a espaldas de las organizaciones de víctimas, familiares, exprisioneros y campesinos, intentando imponer una narrativa que diluye las responsabilidades políticas y penales, mientras pretende hablar en nombre de quienes han sostenido por décadas la lucha por la verdad.

La contraparte alemana ha sido particularmente activa en esta operación de control: reuniones a puerta cerrada, reserva de actas, ocultamiento de información clave sobre la actual Villa Baviera, su estructura patrimonial y la distribución de bienes entre las sociedades creadas al final de la dictadura.

No es una omisión casual. Es una política de Estado.

Alemania supo todo lo que ocurría en Colonia Dignidad: el secuestro de niños, los abusos sexuales, el trabajo esclavo, las torturas. Y no hizo nada. No protegió a sus ciudadanos y ciudadanas. No denunció los crímenes. No interrumpió la operación del enclave y menos aún levantó la voz por los crímenes de lesa humanidad en contra de quienes fueron opositores a la dictadura, incluso hoy, pues luego de que la justicia chilena ha demostrado la participación en los crímenes de colonos alemanes que escaparon de la justicia, estos viven en Alemania en la más completa impunidad.

Pero el problema no se limita a la omisión. Las investigaciones recientes –basadas en documentos desclasificados e investigaciones  académicas y periodísticas– sugieren un nivel de conocimiento e incluso de implicación en el contexto del golpe de Estado en Chile.

El caso del embajador Kurt Lüdde-Neurath es ilustrativo. Designado meses antes del golpe, contaba con información sobre los planes de las Fuerzas Armadas chilenas. Su trayectoria previa, vinculada al nazismo y a episodios de violencia masiva en Indonesia, no es un dato anecdótico: es un antecedente que obliga a revisar el rol del Estado alemán en contextos de represión política.

Las referencias al llamado “método Yakarta” y al posible apoyo logístico y de inteligencia –incluyendo el uso de Colonia Dignidad como punto de ingreso de armamento y entrenamiento– que incluye la participación de agentes del BND (Agencia de inteligencia exterior de Alemania), como los nazis Walther Rauff y Gerard Mertins, contratados por esta agencia para operar en nuestro país, abren preguntas que hasta hoy no han sido respondidas. Alemania no ha respondido.

A 36 años del retorno a la democracia, Chile también tiene responsabilidades. Ha tenido múltiples oportunidades para desmantelar este enclave, recuperar el territorio y terminar con esta anomalía histórica: un espacio de soberanía debilitada donde operó una estructura criminal dirigida por alemanes provenientes del nazismo, al servicio de la dictadura.

Los intentos más significativos –desde el Gobierno del expresidente Aylwin hasta la reciente iniciativa del expresidente Boric– han fracasado. Y ese fracaso no es casual: demuestra que el poder de Colonia Dignidad no es un vestigio del pasado, sino una estructura que sigue operando en el presente.

Hoy, el Gobierno de extrema derecha declara que la expropiación “no forma parte de su agenda”. No es una frase neutra. Es una definición política que se suma al retiro de iniciativas institucionales en materia de derechos humanos, al debilitamiento del Plan Nacional de Búsqueda, a señales explícitas de relativización de crímenes graves. Es, en definitiva, una política de retroceso.

Pero hay un límite que no pueden cruzar y, tal como nuestra Asociación lo ha señalado, hoy existe una verdad judicial que no admite discusión y una memoria social que no puede ser desmantelada por decreto.

Podrán intentar frenar la expropiación. Podrán obstaculizar la recuperación del sitio. Podrán dilatar los procesos, pero no podrán borrar lo ocurrido. No podrán reescribir la historia. No podrán silenciar a las víctimas.

La verdad no es reversible.
La justicia no es negociable.
La memoria no es optativa.

Porque frente a la impunidad y el negacionismo, lo que permanece –y lo que seguirá incomodando al poder– es la verdad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

DDHH: la historia del escuadrón de exterminio policial que “limpió” La Granja

 

DDHH: la historia del escuadrón de exterminio policial que “limpió” La GranjaINVESTIGACIÓNImagen: memoriaviva.com

Carlos Basso Prieto
Por : Carlos Basso PrietoUnidad de Investigación El Mostrador
VER MÁS

Grupo de carabineros de civil fusiló a una veintena de pobladores en 1973, muchos de ellos con antecedentes penales y también al menos un homosexual en una verdadera razzia. El capitán a cargo de ellos –sobre quien pesan 16 condenas por homicidios y secuestros– hoy alega estar mentalmente enajenado.


El Manchado” era visible a la distancia, debido al vitíligo que cruzaba buena parte de su cara y sus manos. Se trata de un apodo que se repite en los expedientes judiciales relativos a las masacres perpetradas por carabineros de la Granja después del golpe de Estado, especialmente en la población San Gregorio

Se trataba del sargento de Carabineros Armando Sáez, que en 1973 dirigía la Comisión Civil de la subcomisaría de esa comuna, unidad policial que, en vez de cumplir su misión de proteger a los vecinos, fue convertida en un verdadero escuadrón de exterminio, que se dedicó a hacer una razzia en el sector, fusilando a delincuentes comunes, homosexuales y cualquiera que ellos considerasen que debía ser objeto de una “limpieza”, así como a opositores o personas que ellos consideraban que eran de oposición a la dictadura de Augusto Pinochet. 


El Manchado”, sin embargo, nunca llegó a comparecer ante la justicia, pues falleció en 1985. Sin embargo, los dos oficiales que estaban a cargo de la unidad, el capitán Héctor Osses Yáñez y el teniente Aquiles Bustamante Oliva, han sido condenados en 16 causas judiciales por delitos de secuestros y homicidios.

No obstante, la justicia determinó que Osses, de 85 años en la actualidad, se encuentra enajenado mentalmente, por lo cual se ordenó la suspensión de las penas y la entrega del exoficial a una hija. 

De hecho, está pendiente en la Corte de Apelaciones de San Miguel la apelación al respecto en ocho casos, interpuesta por los abogados querellantes Nelson Caucoto y Andrea Gattini.

Tal como sucedió en el caso del exagente de la DINA César Manríquez, y según lo denunciado por las exdirectivas del Programa de DDHH que fueron despedidas a poco de asumir el Gobierno de José Antonio Kast, la nueva jefatura de dicha repetición, dependiente de la Subsecretaría de Derechos Humanos, ordenó al abogado que los representa en dicha causa que no alegara en la apelación.


Las pesadillas de los fusileros

Juan Manuel Lemus, cuyo hermano Carlos fue detenido en su casa, recuerda que el sargento Sáez “siempre manifestaba que limpiaría la población de delincuentes”. Un excarabinero de dotación de San Joaquín, Segundo Llanos Amariles, relató también ante la ministra en visita Marianela Cifuentes que “según los dichos de Sáez, las víctimas eran patos malos”, agregando que desconocía si esa idea provenía de sus superiores, pero otros policías dejan en claro que así era. 

En efecto, su excolega Julio César Yáñez Illanes relató a la jueza que “el capitán Osses periódicamente se dirigía a todos, expresando que estaba efectuando una limpieza, refiriéndose a la eliminación de los delincuentes comunes”.

No fue lo único que contó Illanes, por cierto, pues este también confesó haber participado en cuatro crímenes. El primero de ellos fue cuando “El Manchado” la informó a él y a otros cuatro policías que “por orden del Capitán Héctor Osses Yáñez, jefe de la unidad policial, debían acompañarlo en un procedimiento”, que en realidad no era tal, sino que consistía en trasladar a seis personas detenidas en la subcomisaría hasta las orillas del canal “El Mariscal”, donde las fusilaron, aunque dos de ellas lograron sobrevivir.

El segundo crimen fue cuando hicieron lo mismo con tres o cuatro detenidos, que llevaron hasta la línea férrea, frente a la feria Lo Valledor, donde los ejecutaron

El tercer fusilamiento terminó con el tiroteo fatal de otras cuatro víctimas, esta vez en Departamental con Ochagavía, y en la cuarta ocasión la víctima fue solo una, un hombre, a quien fusilaron en avenida Gabriela, entre Santa Rosa y Vicuña Mackenna.

Otro exfuncionario, Emilio Millapán Millapán, a su vez, contó a los investigadores “la interna” de la subcomisaría, incluyendo el hecho de que dos de los integrantes de la Comisión Civil, Maximiliano Herrera Avendaño y Julio Yáñez Illanes, “tenían pesadillas a raíz de los hechos en que habían participado; es decir, por haber disparado en contra de los detenidos que sacaron de la unidad”, por lo cual pidieron a Millapán algo muy particular: “Que hablara con Sáez para detener esto, ya que éste cumplía como si fuera una ley lo que ordenaba el capitán Osses”.

El excarabinero Leonardo Moya Huerta contó que al menos “en seis ocasiones” vio a Sáez y su grupo sacar detenidos y que uno de los miembros del escuadrón de exterminio, Fernando Rojas Veliz, le confidenció que “por orden del capitán Osses tuvo que acompañar en más de una ocasión al sargento Sáez a fusilar detenidos”. 

Juan Manríquez, quien también prestó servicios en la unidad policial, aseguró que “El Manchado” y sus adláteres patrullaban las poblaciones a bordo de una camioneta C-10 blanca, agregando que “vio al capitán Osses, acompañado de Sáez y de otros funcionarios policiales, sacar detenidos de la unidad policial, después de la medianoche, en la referida camioneta, con destino desconocido”, aunque después –confesó– “supo que los detenidos eran sacados para fusilarlos”.

Otro expolicía, Sergio Morales Agurto, agregó un antecedente clave: “Que por disposición del capitán Osses, el sargento Armando Sáez Pérez, conocido como ‘El Manchado’, se dedicó a investigar a las personas con afinidad política con el gobierno del Presidente Salvador Allende”.

El modus operandi

La mayoría de las víctimas fueron detenidas en un allanamiento masivo realizado en la población San Gregorio entre el 6 y el 7 de octubre de 1973, en el cual los detenidos eran conducidos hasta la cancha Juan Meyer, ubicada al frente de la unidad policial, donde funcionarios de la PDI les revisaban sus antecedentes. 

Cuando detectaban alguno con prontuario, los carabineros les sacaban la polera o camisa y les marcaban sus delitos en el pecho: “Hurto” o “robo”, por ejemplo. Luego, unos 50 de ellos fueron conducidos hasta la subcomisaría, desde donde muchos fueron removidos en la noche, falsificándose los libros de guardia, según los cuales todos habían quedado en libertad.

Otras personas fueron detenidas en otras fechas y circunstancias, como sucedió con tres amigos que trabajaban en un matadero, quienes fueron arrestados mientras bebían en una fuente de soda, acusados de infringir las restricciones del derecho a reunión, debido al estado de sitio que imperaba en aquel entonces. Otro joven fue detenido por militares en el paradero 22 Santa Rosa, sin que se sepa por qué, y luego apareció fallecido por impactos balísticos. 

Los lugares escogidos para ejecutar a las víctimas por lo general iban cambiando, pero el modus operandi siempre era el mismo. 

Uno de los sobrevivientes, Carlos Saavedra Guerra, relató a la justicia que en su caso fue conducido junto a otros detenidos hasta el final de calle Walker Martínez, “sitio en que los funcionarios de carabineros los obligaron a bajar de los vehículos en que los transportaban, los pusieron en fila, con las manos en la nuca, mirando hacia el canal, y luego les dispararon por la espalda”, con fusiles SIG o con ametralladoras Carl Gustav.

La razzia

La abogada Andrea Gattini relata que está suficientemente documentada la existencia del marcaje de las víctimas en la cancha de fútbol respecto no solo de aquellos que poseían antecedentes penales, sino también de “los que tenían participación política, de quienes tenían problemas con autoridades militares o policiales del sector, etcétera”, a partir de la premisa de “limpiar las calles”, como lo precisa la querellante: “Esa era la orden o lo que ellos creían que había que hacer, y lo que terminaron haciendo fue una verdadera masacre en la población San Gregorio, donde dejaron una veintena de víctimas”

En cuanto a la situación del excapitán Yañez, la abogada recuerda que este pasó dos años prófugo (desde 2021, cuando se emitió la primera condena en su contra, y septiembre de 2023), cuando fue capturado por un equipo del OS-9 de Carabineros especialmente creado para buscarlo, según reportó en su momento La Tercera

“Por lo tanto –señala Gattini– no han pasado ni siquiera tres años desde que él ingresa a cumplir sus condenas, por estos hechos macabros que ocurrieron en la población San Gregorio y ocurre que, a solicitud de la defensa, en base a informes del Servicio Médico Legal y del hospital Horwitz Barak, que son insuficientes, porque no tienen todos los antecedentes médicos a la vista, es declarado enajenado mental y es entregado a una de sus hijas”.

Ante ello, detalla que “el sistema, básicamente, permite que criminales de lesa humanidad sean declarados como enajenados mentales en base a antecedentes que no tienen la suficiencia técnica para poder llegar a esa conclusión”. 

A ello suma “las deficiencias con las que trabaja actualmente el Servicio Médico Legal, que se pueden explicar por falta de financiamiento y un montón de otras cosas”, agregando que “no es simplemente que se quiera mandar a alguien a la cárcel a cumplir o no. Lo que se está pidiendo es que los instrumentos, los informes que se tengan a la vista, sean de una contundencia suficiente para poder llegar a esta conclusión”. 

Amnistía Internacional alerta: El mundo en crisis… y en Chile la impunidad

 

CHILE AL DÍA


Tiempo de lectura aprox: 3 minutos, 36 segundos

El reciente Informe Anual 2025-2026 de Amnistía Internacional no es un documento más en el calendario de las organizaciones de derechos humanos. Es un diagnóstico de época: exhaustivo, riguroso y, sobre todo, incómodo. Su análisis de 144 países durante 2025 configura una imagen global que obliga a detenerse y reflexionar sobre el tipo de mundo que estamos construyendo —o destruyendo— en tiempo real.

Un orden internacional bajo asedio

La conclusión más inquietante del informe global es también la más estructural: el sistema internacional de protección de derechos humanos, edificado con enorme esfuerzo tras la Segunda Guerra Mundial, está siendo desmantelado. No por accidente ni por negligencia, sino por la acción deliberada de gobiernos que actúan, según la propia organización, de manera depredadora contra ese orden común.

El deterioro se expresa en múltiples dimensiones.


1.) Los conflictos armados se multiplican sin que los mecanismos internacionales puedan contenerlos. 2.) El uso sistemático del veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas bloquea respuestas colectivas ante crisis humanitarias de enorme magnitud. 3) El financiamiento a agencias multilaterales se reduce, debilitando su capacidad operativa en los escenarios más críticos. 4) Los retrocesos democráticos se acumulan en distintas regiones del mundo, normalizando prácticas autoritarias que hace una década habrían generado reacciones internacionales contundentes.

En ese contexto, el informe no evita nombrar situaciones concretas. La crisis en Gaza, calificada como genocidio por Amnistía Internacional, representa uno de los casos más graves de impunidad documentados en años recientes. Los crímenes cometidos en el marco del conflicto en Ucrania, las crisis humanitarias en distintos países y los ataques a infraestructura civil completan un cuadro donde el derecho internacional humanitario parece haber perdido su capacidad disuasoria.

Autoritarismo, tecnología y los nuevos rostros de la represión

Uno de los aportes más relevantes del informe global es su atención a las formas contemporáneas de represión. El documento advierte sobre el uso creciente de tecnología e inteligencia artificial como herramientas de control social: sistemas de reconocimiento facial empleados para identificar y reprimir manifestantes, mecanismos de vigilancia masiva aplicados al control migratorio y plataformas digitales utilizadas para monitorear y silenciar la disidencia.

Esta dimensión tecnológica de la represión es especialmente significativa porque opera con una apariencia de neutralidad que dificulta su cuestionamiento público. Los algoritmos no tienen rostro, las cámaras no tienen nombre, y los datos no dejan huellas visibles. Por eso es valioso que Amnistía Internacional instale este debate con claridad: la tecnología no es buena ni mala por naturaleza, pero su desarrollo sin un enfoque de derechos humanos puede convertirse en el instrumento más eficaz de control que hayan tenido los Estados autoritarios en la historia.

A ello se suma el fenómeno migratorio como campo de disputa política. El informe alerta sobre el avance de respuestas populistas que criminalizan a las personas migrantes y refugiadas, despojando las políticas de fronteras de cualquier perspectiva humanitaria. Frente a esa tendencia, la organización defiende un enfoque integral que combine el legítimo control fronterizo con el reconocimiento de la migración como fenómeno humano complejo, portador también de oportunidades para los países receptores.

Chile: deudas que se acumulan, señales que preocupan

El capítulo chileno del informe no llega como sorpresa, pero sí como recordatorio necesario. Chile arrastra compromisos incumplidos que el tiempo no ha resuelto sino profundizado, y el documento los enumera con precisión quirúrgica.

La impunidad por las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante el estallido social de 2019 sigue siendo la herida más abierta. Miles de personas resultaron heridas, cientos sufrieron trauma ocular por el uso de perdigones, y se registraron denuncias de torturas y abusos sexuales en el contexto de las detenciones. Seis años después, la justicia no ha llegado de manera sistemática para la mayoría de las víctimas, y la reparación integral que el Estado debía garantizar nunca se materializó como política pública coherente.

A eso se suman los retrasos en la reforma policial, una promesa que los gobiernos han postergado sin consecuencias claras. Carabineros de Chile continúa operando con protocolos y culturas institucionales que el propio informe considera incompatibles con los estándares internacionales de uso de la fuerza. La continuidad del estado de excepción en la Macrozona Sur, aplicado de manera prácticamente ininterrumpida en territorios de mayoría mapuche, refuerza esa preocupación y añade una dimensión étnica y territorial al problema.

El informe también cuestiona la política migratoria chilena por carecer de un enfoque basado en derechos fundamentales, y denuncia la persistencia de violencia contra niños, niñas, mujeres y personas defensoras de derechos humanos, materias que siguen sin una respuesta estatal a la altura de su gravedad.

Un nuevo gobierno, una nueva preocupación

Si el balance del período anterior ya era crítico, las primeras señales del nuevo gobierno agregan una capa de alarma adicional. El anuncio de avanzar en indultos para personas condenadas por delitos graves cometidos por agentes del Estado, realizado prácticamente el día siguiente a la asunción presidencial, no es un gesto menor ni una decisión técnica. Es una señal política de enorme peso simbólico y jurídico, que apunta directamente en la dirección contraria a la que exigen los estándares internacionales de justicia transicional.

Para las víctimas y sus familias, ese anuncio equivale a una segunda victimización. Para la sociedad chilena en su conjunto, representa una invitación a normalizar la impunidad de quienes actuaron con el poder del Estado en contra de la ciudadanía. Y para el sistema internacional de derechos humanos, es exactamente el tipo de retroceso que el informe de Amnistía Internacional denuncia como tendencia global.

La vigencia de una organización imprescindible

En este escenario, el valor del trabajo de Amnistía Internacional se vuelve más evidente que nunca. En un mundo donde los grandes poderes se niegan a rendir cuentas, donde la tecnología amplifica la capacidad represiva de los Estados y donde el populismo convierte los derechos humanos en moneda de cambio electoral, contar con una organización capaz de documentar, nombrar y denunciar es una condición mínima para que el debate público no quede completamente capturado por quienes tienen interés en silenciarlo.

El Informe Anual 2025-2026 no ofrece soluciones sencillas porque los problemas que describe no las tienen. Pero sí ofrece algo igualmente valioso: un espejo que refleja sin filtros el estado del mundo y el estado de Chile. Mirarlo con atención, y actuar en consecuencia, es una responsabilidad que no admite postergación.

 

Leopoldo Lavín Mujica

Kast y el amparo de los golpistas


Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 59 segundos

Conocer toda la verdad y esperar justicia ha sido un recorrido extremadamente largo en el tiempo.

Eso no es justicia eso se define como impunidad. Jamás en la historia de Chile se había visto tanta criminalidad desatada.

Un país que en los primeros meses después del golpe constató cómo los militares fueron degollando, fusilando, quemando vivos a seres humanos, torturando sin juicio a hombres, mujeres y niños, ya quedó en la memoria más oscura del país. Los asuntos en esos tiempos tienen sus nombres y apellidos. Millones de personas agredidos bajo el dominio de un sector armado y rabioso con evidentes signos sicóticos bañados entre estrellas y laureles, mostró la criminalidad con la que han vivido en la memoria de tanta y tantas familias desde siempre.

Para llegar a convertirse en un regimiento de criminales y bárbaros tuvieron primero que asesinar a su comandante en jefe, René Schneider, para luego premiar a los responsables concediéndoles el indulto. Los sicarios civiles y militares reconocieron que las armas fueron entregadas en la embajada de los Estados Unidos.

En aquel vil asesinato además de la presencia extranjera también estuvieron presente generales chilenos, pares del comandante en jefe. De honor nada, un antro de traidores con miserable pasado, militares agazapados esperando la ordenes de una potencia extranjera para saltar en defensa de oscuros intereses.

Más abajo la tropa obligados a escucharlos y bajo la obediencia debida ser cómplices sin saber los motivos. La ignorancia y la información parcelada y sesgada tiene el beneficio de la manipulación.

Carlos Prats y su esposa fueron víctimas de la desbordada demencia que miraba al país desde los últimos pisos del edificio de lo que había sido la UNCTAD TERCERA. Los mastines trabajaban con el lema de: caza al hombre. Pinochet ordenó la instalación de los explosivos que hicieron volar a uno de los militares más destacados del siglo XX, Manuel Contreras seleccionó a los sicarios.

Quedó escrito en la historia de la humanidad lo perverso y criminal del dictador, también toda la evidencia del ladrón. No fue ufano su paso por los cuarteles, todo lo contrario. No fue fácil vivir tantos años bajo el imperio de una cáfila de militares que bajo pretexto del honor patrio y de una falsa e intachable moral castrense que asaltaron como hienas lo dineros fiscales.

En el Informe Rettig está redactado todo lo sucedido con la vida de miles de chilenos. Esa es la verdad histórica, el grito irrefutable de la condena.

José Kast hoy desde la presidencia del país, ha demostrado siempre una falta de rigurosidad en su proyecto político por llamarlo de alguna manera. Lo hace desde la clase dominante y trabajando para la ganancia. Su paso por el congreso no fue destacado, formaba parte de la patota que se juntaba para jugar un partido de futbol donde de tarde en tarde agarraba camiseta. Y tal como lo dijera su actual consejero fue un parásito más entre esos algunos elegidos que pululan por los pasillos encerados del congreso.

El actual presidente de Chile no condena el golpe militar, lo defiende. Grita que la primera dictadura comunista fue durante el periodo 1970-1976, Salvador Allende fue interrumpido en el tercer año de su periodo presidencial.

El fundador del partido republicano no condena las atrocidades ejecutadas por los uniformados, el las considera acciones necesarias para la pacificación del país. Apostó por defender la paz de los cementerios.

Sin duda sus constantes visitas a la cárcel donde habitan los militares acusados de crímenes de Lesa Humanidad. Afirmar que son buenas personas y que fueron condenados fuera de las normas del debido proceso, es delito de ignorancia

José Kast no puede abandonar a sus referentes en lo que para él es lo más sustantivo, la lucha contra el comunismo y la defensa a ultranza del modelo capitalista en su expresión neoliberal.

Se debe hacer presente que por primera vez en un nuevo periodo parlamentario hayan aparecido uniformados retirados y bajo las banderas de la extrema derecha. Los militares convertidos en elegidos parlamentarios no adhirieron a los postulados republicanos el último día, eran militantes desde cuando usaban uniformes y ordenaban apaleos a los que protestaban. Los militares no son ni imparciales, ni apolíticos, ni obedientes. Son serviles y mano de obra dispuesta del país de la bandera con barras y estrellas.

La extrema derecha usará todos los medios para que Punta Peuco baje las cortinas y la criminalidad descanse con un chal en las rodillas, al igual del que se paró de su silla de ruedas y caminara entre los aplausos de sus pares luego de haber estado preso en Londres.

Las medidas tomadas en los primeros meses nos aseguran que este gobierno hará todos los esfuerzos para debilitar los proyectos que se redactaron para avanzar en dar respuestas a los casos pendientes en Derechos Humanos. Y será así sencillamente porque los actores políticos en el gobierno pertenecen a la bandada de aduladores y negacionistas de la criminalidad militar.

Los tiempos están abiertos para los enfrentamientos donde se espera que la verdad se imponga y que la justicia tenga el final que se espera. Desde la casa grande de Morandé con el poder que da la presidencia, sus posiciones adquirirán las vestimentas del negacionismo y desde las poltronas parlamentarias buscarán los artilugios para salvar la criminalidad con la cual fue azotada el país durante la dictadura sin el más mínimo respeto por la vida.

 

Pablo Varas

Seguidores