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miércoles, 10 de junio de 2026

OPINIÓN


 


Nunca más se podría hablar de «presuntos desaparecidos»

El periodista, Premio Nacional de Periodismo 2015, fundador y subdirector de la revista Hoy, recuerda la tarde de noviembre de 1978 en que viajó a Lonquén junto a la comisión convocada por la Vicaría de la Solidaridad. Lo que encontraron en aquellos hornos de cal abandonados derribó, para siempre, la versión oficial de la dictadura. 

el Ciudadano

Dos escenas que no se separan 

Lonquén —o, más exactamente, los hornos de Lonquén— es un hito doloroso y estremecedor en la historia de los derechos humanos en Chile. Lo es, también, en mi propio desarrollo como periodista en tiempos difíciles.

Hay dos momentos clave que muestran el rasgo más cruel de la dictadura de Pinochet: la visita que hicimos para confirmar el hallazgo de los restos de las víctimas, en una calurosa tarde de fines de 1978, y la postergada ceremonia fúnebre en Isla de Maipo, realizada tres décadas después. Estuve presente en ambas ocasiones. No puedo separar en mi recuerdo esas dos escenas: la soledad de la excavación en busca de los restos humanos en un horno de cal abandonado bajo el sol ardiente de noviembre de 1978, y la ceremonia del 28 de marzo de 2010, en la cual se unieron el dolor y la esperanza en el entierro de catorce de los quince asesinados.

Lo ocurrido en 1978 lo he contado antes, empezando por una primera publicación en la revista Hoy, de la cual yo era subdirector. Emilio Filippi estaba de viaje, así que tuve que asumir personalmente el llamado urgente a una reunión en la Vicaría de la Solidaridad

Una tarde agotadora

Fue el 30 de noviembre de 1978. La Vicaría de la Solidaridad, en ese entonces bajo la dirección del sacerdote Cristián Precht, creó una comisión encargada de verificar las declaraciones de un anciano que, bajo secreto de confesión, aseveraba haber encontrado numerosas osamentas humanas en las minas abandonadas de Lonquén. Ese día partió rumbo al lugar la comisión integrada por monseñor Enrique Alvear, obispo auxiliar de Santiago; el Vicario Precht y Javier Luis Egaña, secretario ejecutivo de la Vicaría; el abogado jefe Alejandro González; el abogado Máximo PachecoJaime Martínez, director de la revista Qué Pasa, y quien escribe, en calidad de subdirector de la revista Hoy.

Esa tarde, tras un trabajo nada fácil —el acceso a uno de los hornos había sido sellado con cemento y tierra—, una cantidad indeterminada de restos humanos salió a la luz. La denuncia había sido confirmada.

Con Jaime Martínez, director de Qué Pasa, buen amigo y buen cristiano, coincidimos en lo fundamental: nunca más se podría hablar de «presuntos desaparecidos». 

Eran los primeros desaparecidos encontrados. No como esperaban sus seres queridos, que tenían la esperanza de hallarlos con vida. Era el comienzo de la demolición de la tenebrosa tesis de la dictadura, según la cual no había desaparecidos en Chile, sino dirigentes extremistas que gozaban de buena salud y vivían a todo lujo en el extranjero.

…en 1979, en otra demostración de inhumanidad, las autoridades militares se burlaron cruelmente de los parientes de las víctimas, lanzando sus restos en una fosa común mientras ellos se preparaban para recibirlos en una iglesia de Santiago. 

 

Sospecha confirmada

Pese a la evidencia, todavía fueron necesarios múltiples esfuerzos —no solo periodísticos— para que esta realidad finalmente convenciera a los chilenos, más allá de su visión partidista o de las razones con que justificaran el golpe militar.

La primera frase de mi texto en la revista Hoy sigue siendo abrumadora: «Trozos de cráneos amarillentos, con huellas de cuero cabelludo; pelos sueltos, negros; ropas desgarradas en las que se reconoce un blue jeans, un chaleco de hombre». 

Era lo que quedaba de quince hombres detenidos el 7 de octubre de 1973 en la comuna de Isla de Maipo, cerca de Talagante. Se comprobaba que hijos y esposos, arbitrariamente detenidos, estaban muertos. No solo en Lonquén. Era imposible, de ese día en adelante, que el régimen siguiera repitiendo —tal como lo había hecho el 7 de noviembre de 1975 el delegado Sergio Diez ante la Tercera Comisión de la Asamblea General de las Naciones Unidas— que muchos de los presuntos desaparecidos no tenían existencia legal.

El final de la historia tardó en producirse. Solo más de tres décadas después, los restos encontrados en Lonquén recibieron su reposo definitivo. Entremedio, en 1979, en otra demostración de inhumanidad, las autoridades militares se burlaron cruelmente de los parientes de las víctimas, lanzando sus restos en una fosa común mientras ellos se preparaban para recibirlos en una iglesia de Santiago.

En marzo de 2010, tras un larguísimo proceso de exhumación e identificación con ayuda científica de fuera de Chile, catorce de las quince víctimas fueron entregadas por el Servicio Médico Legal. Sus restos fueron trasladados, en una primera etapa, hasta la Recoleta Franciscana, donde los habían aguardado infructuosamente treinta años antes. 

El domingo 28 de marzo de ese año, los asesinados recibieron el largamente postergado homenaje fúnebre de sus familias y de la comunidad de Isla de Maipo. Fue una tarde de pesar tranquilo. Los familiares de los muertos no mostraban odio; solamente un pesar irreparable. Manuel Navarro, la víctima número quince, fue identificado en 2016.

Su trabajo confirmó que las víctimas no murieron en un enfrentamiento y que la versión entregada por el jefe de la patrulla de Carabineros, el capitán Lautaro Castro, era —en sus propias palabras— intrínsecamente inverosímil. 

 

Los nombres que la dictadura quiso borrar

Sergio Maureira Lillo y sus cuatro hijos, Rodolfo Antonio, Sergio Miguel, Segundo Armando y José ManuelÓscar Hernández Flores y sus hermanos Carlos NelsonEnrique Astudillo Álvarez y sus dos hijos, Omar Ramón; y los cuatro jóvenes Miguel Brant, Iván Ordóñez, José Herrera y Manuel Navarro fueron detenidos en octubre de 1973 por Carabineros de la Tenencia de Isla de Maipo, a cargo del teniente Lautaro Castro Mendoza. Sus edades fluctuaban entre los 17 y los 51 años. Los más jóvenes habían sido capturados en la plaza de Isla de Maipo.

Algunas de las víctimas fueron enterradas cuando estaban todavía con vida. 

El trabajo de la justicia

El lugar era en esos años un aislado paraje en la cooperativa agrícola El Triunfador, a unos 14 kilómetros de Talagante. Allí había dos antiguas chimeneas de piedra de nueve metros de altura, abandonadas, que habían sido utilizadas para la preparación de cal.

En 1978, luego de cumplir con su penosa tarea, nuestra comisión regresó a Santiago y al día siguiente se presentó una denuncia formal ante la Corte Suprema. La jueza del crimen de Talagante, Juana Godoy, designada para el caso, partió rumbo a Lonquén con un grupo encabezado por el sacerdote Gonzalo Aguirre, que incluía además al fotógrafo Luis Navarro, del Boletín de la Vicaría de la Solidaridad. La jueza ratificó la veracidad del hallazgo. Lo hizo personalmente. La escena —según testigos— le provocó un manifiesto malestar físico.

Los análisis del Instituto Médico Legal determinaron fehacientemente que los restos humanos correspondían a los desaparecidos de Isla de Maipo. El 6 de diciembre de 1978, el Pleno de la Corte Suprema designó ministro en visita extraordinaria al ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, Adolfo Bañados Cuadra, a fin de que llevara adelante la investigación. 

Su trabajo confirmó que las víctimas no murieron en un enfrentamiento y que la versión entregada por el jefe de la patrulla de Carabineros, el capitán Lautaro Castro, era —en sus propias palabras— intrínsecamente inverosímil. A partir de los resultados de la investigación, el ministro Bañados se declaró incompetente y el proceso pasó a la justicia militar.

Como era previsible, conforme a las disposiciones de la dictadura, en agosto de 1979, sobre la base del Decreto Ley de Amnistía de 1978, se sobreseyó definitivamente a los inculpados. El 22 de octubre de 1979 —menos de un año después del descubrimiento de los cadáveres— la resolución fue confirmada por la Corte Marcial. En marzo de 1980, los hornos fueron dinamitados.

Por Abraham Santibáñez Martínez 

(En el texto, aparte de mis propios e indelebles recuerdos, me he permitido incorporar parte de la información del Proyecto Internacional de Derechos Humanos con sede en Londres, y otros trabajos periodísticos).

Abraham Santibáñez Martínez. Santiago, 1938. Periodista, escritor y académico. Fundador, subdirector y luego director de la revista Hoy (1977-1989), una de las pocas publicaciones independientes que circuló durante la dictadura. Director del diario La Nación entre 1990 y 1994; ex presidente del Colegio de Periodistas de Chile (2008-2010); miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua. Premio Nacional de Periodismo 2015. En noviembre de 1978 integró la comisión convocada por la Vicaría de la Solidaridad que verificó el hallazgo de los hornos de Lonquén.

Fuente fotografía

James Sinclair embajador del Vaticano: Senadores PS rechazan designación por nexos con la dictadura

Los senadores del Partido Socialista (PS) emitieron una declaración pública este miércoles para manifestar su oposición formal al nombramiento de James Sinclair Manley como nuevo embajador de Chile ante la Ciudad del Vaticano, cargo para el cual fue designado el pasado 4 de junio por el Presidente de la República, José Antonio Kast.

El cuestionamiento principal de los legisladores radica en los antecedentes públicos que vinculan al diplomático con la destrucción de documentos oficiales pertenecientes a los organismos de inteligencia de la dictadura militar. De acuerdo con el cuerpo de parlamentarios, estos hechos relativos a la memoria histórica hacen imperativa una respuesta aclaratoria por parte del actual Ejecutivo.

Desde la bancada oficialista argumentaron que la nominación en la Santa Sede reviste condiciones particulares debido a la naturaleza del destino. Los senadores enfatizaron que dicha delegación diplomática constituye una sede directamente ligada a los valores éticos, la justicia, la memoria y la defensa de los derechos humanos, principios que colisionan con las impugnaciones que pesan sobre el designado.

Antecedentes de resistencia diplomática

Esta objeción política se suma a episodios previos en la trayectoria de Sinclair Manley. En julio de 2014, durante el mandato de Michelle Bachelet, la administración gubernamental debió revocar su nombramiento como embajador en Australia, luego de que comunidades de ciudadanos chilenos residentes en ese país organizaran manifestaciones en Camberra antes de la entrega de sus cartas credenciales.

Tras el fallido intento en Oceanía, Sinclair ejerció funciones en la embajada de Singapur, lugar donde en septiembre de 2019 coordinó la recepción del Buque Escuela Esmeralda y la entrega de donaciones culturales chilenas en el marco de las relaciones bilaterales con el país asiático.

El funcionario, quien posee la condición de embajador de carrera pero en retiro, acumuló 42 años de servicio exterior hasta su renuncia en 2019. En su historial institucional destaca su labor como director de Protocolo durante el primer gobierno de Sebastián Piñera y su reciente colaboración técnica con la Oficina del Presidente Electo (OPE) en el periodo de instalación del actual mandatario.

Sinclair es hijo del fallecido general del Ejército (R) Santiago Sinclair, que fue miembro de la junta militar de la dictadura, cuando Pinochet pasó a auto designarse Presidente de la República. También fue senador designado.

Fiscalía confirma investigación contra el recién designado por Kast, embajador en Israel, Gabriel Zaliasnik. Lo acusan de delitos de tráfico de influencias y uso indebido de recursos públicos

 10 June 2026

El Ministerio Público confirmó que abrió una investigación contra el recién nombrado embajador de Chile en Israel, por Kast, Gabriel Zaliasnik, a raíz de la denuncia de la senadora Daniella Cicardini y el diputado Daniel Manouchehri del Partido Socialista, en el marco del Caso Hermosilla.

Los parlamentarios ingresaron una denuncia ante la Fiscalía por chats vinculados al abogado Luis Hermosilla que involucrarían al nuevo embajador que fue nombrado por el Presidente José Antonio Kast a inicios de junio.

La indagatoria quedará a cargo de la Fiscalía Regional de Valparaíso, liderada por Claudia Perivancich.

Abren investigación contra embajador Gabriel Zaliasnik
Los chats entre Hermosilla y Zaliasnik daban cuenta de supuestas gestiones para lograr nombramientos en el Poder Judicial, por ejemplo, en favor de la exministra Verónica Sabaj.

En esta misma línea, Cicardini y Manouchehri pidieron investigar eventuales delitos como tráfico de influencias y uso indebido de recursos públicos.

La senadora Daniella Cicardini sostuvo que "las revelaciones del Caso Hermosilla que involucrarían a su nuevo embajador en Israel apuntan a un eventual uso de gastos reservados para defensas penales, presiones en el Poder Judicial y espionaje político".

Por su parte, el diputado Daniel Manouchehri señaló que el contenido de las conversaciones trasciende el ámbito privado y podría tener consecuencias judiciales. “Las conversaciones entre Hermosilla y Zaliasnik no son un simple chat privado. Revelan presuntos usos de recursos públicos, influencias en jueces y espionaje político, para proteger a los suyos y perseguir adversarios", manifestó.

Gabriel Zaliasnik presidió la Comunidad Judía en Chile entre 2006 y 2010. Además, es abogado de la Universidad de Chile y magíster en Artes Liberales de la Universidad Adolfo Ibáñez. También es socio fundador del estudio de abogados Albagli Zaliasnik (1991), donde lidera el área de litigios.

Se desempeña profesor de Derecho Penal de la Universidad de Chile, fue coordinador de la Comisión de Reforma al Código Procesal Penal del Ministerio de Justicia de Chile y es consejero del Colegio de Abogados.

Fiscalía pide 28 años de cárcel para el exalcalde de Vitacura Raúl Torrealba (exRN) por delitos de corrupción. Gobernó su comuna por 25 años

El Ministerio Público formalizó su acusación ante el 4° Juzgado de Garantía de Santiago en contra del exalcalde de Vitacura Raúl “tronco” Torrealba. Y solicitó 28 años de presidio efectivo para la exautoridad comunal. Los delitos atribuidos y que serán llevados a juicio es fraude al fisco reiterado, lavado de activos y delitos tributarios. El exmilitante de RN tiene 77 años y hoy cumple arresto domiciliario parcial. Si es hallado culpable, terminará sus días tras las rejas.

El fiscal regional Centro Norte, Francisco Jacir, que llevó a cabo la investigación en contra del ex alcalde de Vitacura Raúl Fernando Torrealba del Pedregal llegó a un punto final. Un documento de 1.533 páginas detalla, con nombre, cifras y operaciones bancarias, cómo el hombre que “gobernó” la comuna más rica del país durante 25 años desfalcó al municipio que le fue confiado.

Jacir, junto a la fiscal Alicia Ascencio, declararon cerrada la investigación el 5 de junio de 2026 y dedujo acusación formal ante el 4° Juzgado de Garantía de Santiago el lunes pasado. Esto pese a que todos los intentos de llegar a un acuerdo de procedimiento abreviado con penas efectivas de cárcel fallaran, según consigna el canal Mega.

La suma de las penas solicitadas en contra de Torrealba, en total, llegan a 28 años de presidio. Delitos que se persiguen son fraude al fisco reiterado, lavado de dinero, declaración falsa de impuestos, además devoluciones indebidas requeridas al SII.

Los cargos y las penas
El documento al que tuvo acceso Mega Investiga es contundente. El Ministerio Público solicita al tribunal las siguientes condenas para Torrealba:

Por fraude al fisco reiterado (art. 239 del Código Penal): 12 años de presidio mayor en su grado mínimo, más multa equivalente al 30% del perjuicio causado e inhabilitación absoluta perpetua para cargos públicos.
Por lavado de activos (art. 27 letras a) y b) de la Ley N° 19.913): 6 años de presidio mayor en su grado mínimo, más multa de 200 UTM.
Por declaración maliciosa reiterada de impuestos (art. 97 N°4 inc. 1° del Código Tributario): 6 años de presidio mayor en su grado mínimo.
Por obtención indebida de devolución de impuestos (art. 97 N°4 inc. 3° del Código Tributario): 4 años de presidio menor en su grado máximo.

Además, la Fiscalía según Mega, pide el comiso de todos los bienes del acusado, incluidos inmuebles, vehículos, dinero en efectivo y cuentas bancarias. Entre los bienes específicamente mencionados figura una parcela en Cunco avaluada en $185 millones y 7 millones de pesos en efectivo hallados en su domicilio de Vitacura el 21 de agosto de 2021, guardados en un estuche con 350 billetes de $20.000.

Una década de saqueo

Según la acusación, los hechos investigados se extienden desde al menos el año 2011 hasta el año 2021, es decir, una década de defraudación sistemática al Estado.

El mecanismo era simple pero calculado: Torrealba utilizaba las Organizaciones Comunitarias Funcionales —los llamados programas “Vita”— como canal para desviar subvenciones municipales hacia sus propias cuentas. Los fondos eran entregados en sobres con dinero en efectivo, por funcionarios de su confianza, directamente al ex alcalde o depositados en sus cuentas bancarias por conductores municipales que actuaban como intermediarios.

“Desde a lo menos el año 2011 y hasta el año 2021, el acusado Raúl Torrealba del Pedregal, en conjunto con los condenados Antonia Larraín Prieto, Domingo Prieto Urrejola organizaron un esquema”, precisa el documento fiscal.

Las subvenciones desviadas solo a través de las corporaciones funcionales, entre 2011 y 2020, superan los $766 millones. El perjuicio total al fisco, incluyendo los delitos tributarios, fue precisado por la Fiscalía durante la última reformalización, en junio de 2025, en $761.840.886.

Sobres, cheques y cuentas bancarias

La acusación destaca cuatro modalidades de lavado de activos usadas por Torrealba para ocultar el origen ilícito del dinero. Entre los años 2015 y 2021, el ex alcalde recibió al menos 89 depósitos en efectivo en sus cuentas bancarias, realizados por funcionarios municipales que actuaban como correos. Las operaciones se realizaron en bancos Itaú, Scotiabank, Santander y Banco Chile.

Para dificultar la trazabilidad, el documento detalla que Torrealba “giró cheques desde sus cuentas corrientes (…) a quienes les instruía que debían cobrarlos por caja y depositarlos en efectivo en otras cuentas del mismo acusado y/o de su cónyuge María Soledad Simonetti”, logrando así “burlar los mecanismos de control (…) para la prevención de lavado de activo”.

En paralelo, omitió maliciosamente ingresos en sus declaraciones de impuestos durante los años tributarios 2017, 2018, 2019, 2020, 2021 y 2022.

Las pruebas

El arsenal probatorio que la Fiscalía llevará al juicio oral es monumental. Según el documento al que tuvo acceso el canal Mega, el Ministerio Público tiene contemplado presentar 156 testigos, entre ellos la propia alcaldesa de Vitacura Camila Merino —quien en 2021 destapó el caso con las primeras auditorías— y decenas de ex funcionarios municipales, contadores, ejecutivos bancarios y conductores que trasladaban los sobres con dinero.

A ellos se suman 5 peritos especializados en análisis forense digital, documentología, electrónica e investigación patrimonial. Y como base documental: más de 2.200 documentos y evidencias, que van desde cartolas bancarias y decretos alcaldicios hasta teléfonos celulares incautados y registros contables de las corporaciones Vita.

La génesis de la caída

El caso tiene su punto de partida en julio de 2021, cuando la nueva alcaldesa de Vitacura, Camila Merino (Evópoli), presentó una denuncia ante la Fiscalía Nacional tras ordenar auditorías internas que revelaron irregularidades en los programas Vita. Ese mismo agosto, la PDI allanó el domicilio de Torrealba y encontró el efectivo.

En junio de 2023, tras dos años de investigación, Torrealba fue formalizado y enviado al Anexo Penitenciario Capitán Yáber, donde permaneció hasta febrero de 2024, cuando —tras ocho meses en prisión preventiva y luego de reconocer parte de los hechos y pagar $100 millones— el tribunal accedió al arresto domiciliario total.

Durante el proceso, la mayoría de los imputados —Renato Sepúlveda, Antonia Larraín, Domingo Prieto, Augusto Silva y Arnaldo Cañas— llegaron a acuerdos de juicio abreviado con la Fiscalía y ya fueron condenados. Con Torrealba, el Ministerio Público también exploró esa vía: en junio de 2025 lo reformalizó abriendo la posibilidad de un procedimiento abreviado. Sin embargo, el acuerdo no prosperó. La acusación formal presentada esta semana despeja cualquier duda: el ex alcalde irá a juicio oral, y la Fiscalía pide pena efectiva de cárcel.

La perspectiva de morir preso

Raúl Torrealba tiene 77 años. Nació el 4 de diciembre de 1948 en Puente Alto y gobernó Vitacura durante un cuarto de siglo, entre 1996 y 2021. Hoy cumple arresto domiciliario parcial en su departamento de avenida Santa María, en la misma comuna que administró.

Si el tribunal acoge las penas solicitadas por el Ministerio Público, Torrealba enfrentaría una condena de 28 años. Con 77 años de edad, eso significa, sin eufemismos, terminar el resto de su vida en prisión.

El caso Vitacura se transformó en el símbolo más nítido de lo que puede ocurrir cuando el poder municipal se ejerce sin contrapesos: un alcalde que se perpetuó por 25 años, usó las instituciones del Estado como caja propia y convirtió los programas sociales de la comuna más rica del país en un mecanismo de enriquecimiento personal.

Ahora el tribunal deberá preparar el juicio. Todo, eso sí, depende de la voluntad de Torrealba: la Fiscalía y el CDE están abiertos a un procedimiento abreviado en que admita los actos de corrupción y devuelva los dineros defraudados, aunque con una parte de la condena en prisión. Algo que sus abogados defensores no han querido visar, y que a algunos querellantes tampoco les parece el cierre ideal. El hombre que gobernó Vitacura por 25 años, que nunca perdió una elección y que juraba no haber tocado un peso de los programas Vita, tiene ahora una sola decisión pendiente. 

La desconfianza se instala en La Moneda: dos de cada tres chilenos no creen que Kast cumplirá sus promesas

 

PODER Y POLÍTICA PORTADA

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La nueva encuesta CEP entrega una señal política inquietante para el gobierno. Más allá de la aprobación o desaprobación presidencial, el sondeo revela una profunda crisis de credibilidad: un 67% de los encuestados tiene poca o ninguna confianza en que José Antonio Kast cumpla los compromisos que asumió durante la campaña.

A poco más de tres meses de iniciado el gobierno de José Antonio Kast, la principal dificultad que enfrenta La Moneda podría no estar en la economía, en la oposición o en la compleja situación internacional. La nueva encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP), dada a conocer este miércoles, sugiere que el problema más profundo es otro: una mayoría de los chilenos simplemente no le cree.

Según el sondeo, un 39% declara tener poca confianza y un 28% ninguna confianza en que el mandatario cumplirá las promesas realizadas durante la campaña presidencial. En total, un 67% manifiesta desconfianza. Solo un 30% señala tener mucha o bastante confianza.

Se trata de un dato particularmente significativo porque mide algo distinto a la aprobación presidencial. Mientras la aprobación refleja una evaluación coyuntural de la gestión, la confianza se relaciona con la credibilidad política, con la percepción de que las palabras del gobernante tienen valor y que sus compromisos serán efectivamente cumplidos.


Y es precisamente ahí donde la encuesta muestra una señal de alarma para el Ejecutivo.

El costo de las promesas incumplidas

La campaña presidencial de Kast estuvo marcada por propuestas categóricas y mensajes de fuerte impacto comunicacional. La promesa de expulsar a cientos de miles de migrantes irregulares, el compromiso de restablecer rápidamente el orden público, la reducción de impuestos para impulsar la inversión y el crecimiento, así como el objetivo de alcanzar el equilibrio fiscal durante el mandato, formaron parte central de su oferta electoral.

Sin embargo, varias de esas promesas comenzaron a relativizarse apenas iniciada la administración.

Uno de los episodios más comentados fue la declaración del propio Presidente respecto de las expulsiones masivas de migrantes. Kast sostuvo que se trataba de una “metáfora”, una explicación que fue interpretada por amplios sectores como una rectificación de una de sus principales banderas de campaña.

A ello se sumaron las dificultades para cumplir las metas fiscales comprometidas. Hace pocos días, el propio Ministerio de Hacienda reconoció que el equilibrio fiscal prometido no podrá alcanzarse dentro de los plazos anunciados originalmente.

En paralelo, la llamada «megarreforma» económica ha encontrado resistencia tanto en la oposición como en sectores de centro, mientras los recortes presupuestarios en áreas sensibles como salud y programas sociales han generado controversias que han desgastado el discurso gubernamental.

Un problema más profundo que la desaprobación

La encuesta CEP muestra además que Kast registra un 34% de aprobación y un 52% de desaprobación.

Son cifras complejas, pero no extraordinarias para un gobierno que enfrenta dificultades económicas y conflictos políticos. Lo verdaderamente relevante aparece cuando se observa la distancia entre aprobación y confianza.

Un gobierno puede ser criticado por sus resultados y aun así mantener una reserva de credibilidad. Puede existir la percepción de que los objetivos son correctos aunque los resultados demoren.

Lo que refleja la CEP es algo diferente: una mayoría significativa no solo cuestiona la gestión, sino que duda de la sinceridad o viabilidad de los compromisos presidenciales.

Esa diferencia es crucial.

La desaprobación puede revertirse con mejores indicadores económicos o con éxitos políticos. La pérdida de confianza suele ser más difícil de recuperar porque afecta la relación básica entre gobernantes y ciudadanía.

La política de las expectativas

Las cifras también pueden interpretarse como una consecuencia de la enorme expectativa generada por la campaña presidencial.

Kast llegó al poder prometiendo cambios rápidos en materias particularmente sensibles para la población: seguridad, migración, crecimiento económico y control del gasto público.

Sin embargo, los primeros meses han mostrado que muchas de esas transformaciones enfrentan límites institucionales, restricciones presupuestarias y resistencias políticas que dificultan su implementación.

La distancia entre las expectativas creadas y los resultados observados comienza a traducirse en frustración ciudadana.

En ese contexto, la encuesta CEP parece registrar un fenómeno que otras mediciones han insinuado durante las últimas semanas: la percepción de que el gobierno prometió más de lo que realmente podía cumplir.

Una advertencia para La Moneda

El dato del 67% de desconfianza debería ser leído en La Moneda como una advertencia estratégica.

Los gobiernos suelen concentrarse en las cifras de aprobación porque son las que dominan el debate público. Sin embargo, la confianza es un indicador más estructural y suele anticipar tendencias futuras.

Cuando una mayoría de ciudadanos deja de creer en las promesas de una administración, cada nuevo anuncio pierde eficacia política. Las iniciativas gubernamentales generan menos adhesión, los mensajes tienen menor impacto y los costos de los errores se vuelven más altos.

La CEP muestra que ese proceso podría estar comenzando.

A tres meses del inicio de su mandato, José Antonio Kast enfrenta un escenario complejo: no solo debe convencer a los chilenos de que sus políticas son correctas. Antes que eso, debe convencerlos de que realmente cumplirá lo que prometió.

Y según la principal encuesta de opinión pública del país, hoy la mayoría no está convencida de ello.

Simón del Valle

Fuentes: Encuesta CEP N.º 96, El País Chile, La Tercera, Cooperativa.

El “Museo de la Verdad”: la nueva ofensiva de la ultraderecha sobre la memoria histórica

COLUMNISTAS


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Cada cierto tiempo, sectores de la derecha más dura vuelven sobre una vieja obsesión: disputar el relato histórico sobre la Unidad Popular, el golpe de Estado y la dictadura. Esta vez lo hacen a través de una propuesta tan llamativa como reveladora: la creación de un llamado «Museo de la Verdad» destinado a mostrar los supuestos atropellos, el hambre y la humillación sufridos por los chilenos durante el gobierno de Salvador Allende.

Más allá de su impacto mediático, la iniciativa tiene un problema de origen. No surge desde el mundo académico. No es el resultado de nuevas investigaciones. No responde a un debate historiográfico abierto ni a descubrimientos documentales que obliguen a revisar lo que sabemos sobre ese período.

Detrás de la iniciativa aparecen siete diputados del Partido Nacional Libertario, encabezados por Johannes Kaiser, principal referente de la nueva derecha radical chilena. Pero más revelador que quienes la firman son quienes están ausentes. El proyecto no cuenta con el respaldo conocido de universidades, historiadores, centros de estudios, investigadores especializados en la Unidad Popular, museólogos o instituciones patrimoniales. No nace desde el mundo de la investigación histórica sino desde un sector político que desde hace años cuestiona los consensos democráticos construidos en torno a la memoria del golpe de Estado y la dictadura.

Es, simplemente, una propuesta política.


Y ni siquiera una propuesta política nueva. La idea de un «Museo de la Verdad» circula desde hace más de una década en sectores vinculados al pinochetismo que nunca aceptaron plenamente el consenso democrático construido en Chile después de 1990.

Lo curioso es que nadie discute los hechos que sus promotores dicen querer rescatar. La inflación, el desabastecimiento, la polarización social, la intervención extranjera, los conflictos políticos y económicos de la Unidad Popular han sido objeto de miles de libros, investigaciones, tesis universitarias y estudios publicados dentro y fuera de Chile. Son temas ampliamente conocidos y debatidos.

No existe una conspiración historiográfica que los haya ocultado.

Por eso resulta difícil entender qué verdad nueva pretenden revelar.

La paradoja es evidente. Mientras el Museo de la Memoria se apoya en informes oficiales del Estado, sentencias judiciales, archivos desclasificados, testimonios de víctimas y décadas de investigación nacional e internacional sobre violaciones a los derechos humanos, el llamado «Museo de la Verdad» parece apoyarse fundamentalmente en una convicción ideológica: que la memoria democrática construida durante los últimos treinta años debe ser relativizada.

La diferencia no es menor.

Una cosa es investigar la historia. Otra muy distinta es intentar corregirla para acomodarla a una identidad política.

En realidad, el nombre escogido delata el propósito de la iniciativa. Los historiadores serios rara vez hablan de «la verdad». Hablan de evidencias, interpretaciones, contextos y debates. Quienes proclaman poseer la verdad histórica suelen estar haciendo política, no historiografía.

Y eso parece ser exactamente lo que ocurre aquí.

La propuesta no busca ampliar el conocimiento sobre el pasado. Busca disputar el significado político del pasado.

Por eso el objetivo no parece ser Salvador Allende. Tampoco la Unidad Popular. El verdadero adversario es el consenso democrático que terminó estableciendo algo que para la inmensa mayoría de los investigadores del período resulta indiscutible: que el golpe de Estado destruyó la democracia chilena y que la dictadura instauró un sistema de represión sistemática documentado por tribunales, organismos internacionales y el propio Estado de Chile.

La operación es conocida. No se niegan necesariamente los crímenes. Se intenta construir una equivalencia moral. Se busca instalar la idea de que todo fue consecuencia inevitable de lo ocurrido antes y que, por tanto, la discusión sobre las responsabilidades históricas debería reabrirse.

Es una estrategia que ha sido observada en numerosos movimientos de ultraderecha en distintas partes del mundo: desplazar el debate desde los hechos hacia la legitimidad de la memoria colectiva.

Por eso la pregunta relevante no es si el proyecto tendrá éxito. Probablemente no lo tendrá.

La pregunta es por qué, a más de cincuenta años del golpe de Estado, ciertos sectores siguen necesitando construir museos para justificar o relativizar lo que la historia, la justicia y la investigación académica llevan décadas estableciendo.

Quizás porque la verdadera batalla nunca ha sido por la verdad.

Ha sido por la memoria. Y por quién tiene el poder de contar la historia de Chile

Félix Montano

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