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domingo, 11 de octubre de 2026

ENTREVISTA AL FUNDADOR DE LA REVISTA APSI Y AUTOR DEL LIBRO "UN EDITOR EN DICTADURA"

 

Arturo Navarro y el fracaso de la prensa progresista durante y después de la dictadura: «En Chile no existen los empresarios de izquierda»

11.10.2026

Por Felipe Rodríguez C.

Autor de Un editor en dictadura, el sociólogo y periodista fundó Apsi y fue editor en La Época. En esta conversación recorre la prensa que desafió la censura de Pinochet, desde Quimantú hasta la campaña del No: recuerda cómo siguió el rastro de los libros de García Márquez quemados en 1986, critica el rol de El Mercurio y explica por qué esos proyectos periodísticos no lograron sostenerse por falta de avisos.

En los 80, el cineasta Miguel Littin era una figura mitificada en Europa. Algo así como un guerrillero cinematográfico. Más allá de sus películas comprometidas con la contingencia política latinoamericana, el artista realizó acciones donde actuaba al límite. A mediados de esa década, el director ingresó clandestinamente a Chile junto a un equipo de la televisión alemana para entrevistar a Augusto Pinochet en La Moneda. Nadie lo reconoció. A su salida del país, le contó la historia a su amigo Gabriel García Márquez, quien de inmediato olfateó un libro. Lo escribió y lo llamó La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile.

El Nobel colombiano, quien siempre defendió la revolución cubana, tenía cuentas pendientes con el dictador chileno. Cuando se enteró del golpe de Estado y las desapariciones anunció que no escribiría hasta que Pinochet dejara su cargo de facto. La promesa, por cierto, no la cumplió. Pero el autócrata no lo olvidó. Cuando se enteró de que 15 mil libros de ese relato viajaban vía marítima desde Colombia a Valparaíso para distribuirse en Chile, activó su venganza.

La Armada asaltó el barco que traía los textos y, tras pasar por varios lugares, fueron quemados por efectivos policiales. “Había una vieja rivalidad entre García Márquez y Pinochet. El escrito sobre Littin no era muy bueno. No tuvo mucho éxito y, en noviembre de 1986, cuando envían los ejemplares, se había decretado el último estado de sitio. Fui a Valparaíso en mi rol de ejecutivo de la editorial Oveja Negra, encargada de distribuirlo en Chile, a hablar con gente de la Armada y me dijeron que habían intervenido el barco, tomado los libros y los habían incinerado. Me ayudó un joven cónsul colombiano, Libardo Buitrago, a seguir los pasos de los textos y, efectivamente, los quemaron. No lo podía creer. Faltaban cinco meses para que viniera el papa al país y había una pequeña sensación de más libertad. E igualmente era increíble: era 1986 y se seguían quemando libros. Tomé todos los papeles que tenía sobre el paso a paso de la incineración y los entregué al museo de la memoria. Pinochet, en el fondo, estaba ajustando cuentas con García Márquez”, dice el periodista y sociólogo Arturo Navarro, testigo presencial de ese insólito hecho.

Autor de Un editor en dictadura, un libro que recorre desde fines de los 60, con recuerdos del gobierno de Allende hasta la campaña del No, Navarro fue protagonista de los cambios y la efervescencia social de una época tan esperanzadora como tumultuosa en la UP hasta la oscuridad de la dictadura.

En sus páginas, recrea su pasado por la editorial Quimantú, que implantó una idea inédita en Chile: fomentar la lectura en todos los rincones del país a bajos precios. “La idea de Allende era incentivar la entretención con el espíritu crítico. Algo que complementó con otra medida desconocida: el medio litro de leche para todos los niños”, indica.

A la llegada del régimen militar, estuvo en el Comité Pro Paz, luego en la Vicaría de la Solidaridad, la dirección de la revista Apsi, la conducción en el Diario de Cooperativa y la edición de un suplemento cultural en el diario La Época.

Profundamente concertacionista, tiene similitudes con Arturo Salah. Como el director técnico, durante la conversación habla con reiteración de “los procesos” al referirse a los cambios sociológicos chilenos. Aunque trata de mantener la humildad, más de alguna vez habla de sí mismo en tercera persona. Es extremadamente simpático y tiene el don de la palabra.

Cita historias junto a José Donoso, quien en una reunión social lo miraba en menos a él y sus amigos; recuerda al cardenal Raúl Silva Henríquez como un baluarte de la dignidad humana y menciona a Renato Poblete, sacerdote jesuita que murió como un santo y hasta con el nombre de un parque en Quinta Normal en su honor y que post mortem se descubrió que fue un abusador sexual y que tuvo varias parejas al mismo tiempo. “Me hizo clases de sociología. Nosotros ocupábamos un quinto piso, pero Poblete tenía problemas al corazón así es que no podía subir las escaleras. Era muy correcto. Y me sorprendí con lo que pasó con él. Muchos años después, arrendaba una casa en Maitencillo desde marzo a diciembre y todos los fines de semana íbamos allá con mi familia. Muchas veces vi a Poblete con distintas mujeres. Luego comprendí todo”, señala.

Navarro tiene excelente memoria. Recrea capítulos de su vida como si estuviera mirando una fotografía del pasado. Se autodenomina allendista y habla con cariño de su trabajo, especialmente, en Quimantú. Hace pocos días, dice, tomó una foto de un quiosco actual y la comparó con otra de comienzos de los 70. Mientras en la primera apenas se vendían dos diarios, unos cuantos caramelos y algunas sopas de letras, en la segunda estaba plagado de revistas y diarios de todos los colores políticos. Se entristeció.

“Siento una profunda nostalgia. Desde la época de Alessandri y Frei, en los quioscos encontrabas una diversidad de lo que ocurría en Chile. Todos podían opinar. El quiosquero te recomendaba lo que leía o le pedías revistas todas las semanas. Durante la época de Allende fue la única vez que la prensa de izquierda superó a la prensa de derecha. Se vendían un millón de ejemplares diarios de medios de izquierda”. Y se explaya: “En 1972, tuve que ir a Chiloé para ver cómo estaban funcionando los minilibros de Quimantú. Recuerdo que en uno de esos transbordadores, un campesino se metió la mano al bolsillo de atrás y sacó un minilibro y se fue leyendo. Sentí que era tarea cumplida. Hoy los aparatos electrónicos le han hecho mal a la gente”.

-¿Cómo fue el cambio violento del término de la democracia a una dictadura?

-Pasamos de la libertad de expresión a la ausencia de la misma. No fue de un día para otro que se apagó la luz. Fue un proceso. El país era muy organizado, tenía idea de comunidad. Yo, por ejemplo, tuve que dirigir, pero nunca me sentí un capo porque todo lo veíamos como un trabajo colectivo. Tuve el privilegio de fundar la revista Apsi en 1976 y el vuelito me duró hasta 1981 cuando me amenazan con la expulsión del país. Trabajé en el Comité Pro Paz y luego en la Vicaría y te enterabas de cosas atroces que pasaban. Teníamos atención psicológica semanal. Debíamos vomitar todo lo que sabíamos para seguir con una vida más o menos normal.

-¿Hubo mucho miedo en esos días?

-El miedo existía porque hubo presiones. Al ingresar al trabajo, nos contábamos todos los días. La actitud de la dictadura fue lanzar fuego desde distintos ángulos. Atacaban a los obispos, acosaban a funcionarios. Siempre tomaban detenidos a personas. Había militares que se identificaban y otros que no. Cuando no lo hacían, la gente desaparecía.

Tuve el privilegio de fundar la revista Apsi en 1976 y el vuelito me duró hasta 1981 cuando me amenazan con la expulsión del país. Trabajé en el Comité Pro Paz y luego en la Vicaría y te enterabas de cosas atroces que pasaban. Teníamos atención psicológica semanal. Debíamos vomitar todo lo que sabíamos para seguir con una vida más o menos normal.

 

Navarro asegura que durante ese periodo el periodismo de izquierda era muy profesional. Y que la solidaridad hizo que fueran apareciendo medios de oposición como Hoy, Análisis y Cauce. Apsi, el medio que dirigió, contaba con plumas como Rafael Otano y John Dinges, entre otros, y las compañías internacionales cablegráficas les pasaban su información sin costo.

En esa lucha ideológica, cuenta que El Mercurio se fue poniendo paulatinamente más agresivo. “Al principio, usaba a sus hijos, La Segunda y Las Últimas Noticias, para hacer el trabajo sucio. Ese diario siempre ha tenido sus regalones. Era muy favorable a la FEUC, a Jaime Guzmán, a la UDI. En otras palabras, al gremialismo”, indica.

El escaso impacto actual de los medios masivos lo ejemplifica en la marcha de la semana pasada por Alameda, cuando grupos de derecha salieron de la casa central de la Universidad Católica, justo cuando pasaban los manifestantes que protestaban contra los recortes en educación. En otros tiempos, asegura Navarro, la cobertura mercurial victimizando a los alumnos gremialistas hubiese movido la aguja a su favor en las elecciones recién pasadas en la FEUC. Pasó todo lo contrario: las dos listas de izquierda fueron las más votadas. “Ese caso demuestra el poco peso y la escasa importancia que ese diario está teniendo en las elites. La proyección fue mala porque las supuestas víctimas de ese día iban a ganar las elecciones. Y sucedió lo inverso”.

Pese a las dificultades por la falta de libertad de expresión en la dictadura, Navarro no estuvo de acuerdo con la irrupción del Frente Patriótico Manuel Rodríguez para volver a la democracia. “Fue malo. Evitó la unidad de la oposición”. Como discípulo de Allende, sostiene que el expresidente fue un demócrata que ganó en las urnas y que nunca estuvo por la vía violenta. “Después que descubrieron los arsenales en Carrizal Bajo, costó muchas vidas. Entre ellas, después del atentado a Pinochet, la del periodista Pepe Carrasco. En ese sentido, no fue una experiencia exitosa”.

Defensor de los procesos históricos, el periodista sostiene que la creación de La Época, un medio ideado a semejanza del español El País, generó esperanzas de mayor libertad editorial en 1987 con una mezcla donde estaban experimentados como el propio Navarro, el «Gato» Alberto Gamboa y Leonardo Cáceres junto a un grupo de reporteros que eran la primera generación de periodistas de la Universidad de Chile como Ascanio Cavallo. Pero el proyecto resultó defectuoso. Específicamente, porque el área empresarial no tuvo la misma fuerza que su par periodística. “En Chile hay un problema que es que no existen los empresarios de izquierda. Mira lo que pasó con el Clinic. Lo tuvieron que vender. Se pensó que la gente se volvería loca cuando apareciera La Época y no pasó. Estuve a cargo de La Época Semanal, que era una revista que aparecía los domingos con un contenido más liviano, menos contingente y con buenas plumas. A la gente le encantaba el trabajo editorial, pero fue un fracaso porque no conseguimos avisos”, señala.

Está convencido de que existió un boicot brutal contra el medio y que, con el tiempo, se fueron dando balazos en los pies con un deterioro informativo. La sección de servicios se equivocaba con los números de las patentes de los autos con restricción o escribían mal la cartelera de teatro. Y la gente dejó de seguirlos. “Los taxistas llegaban furiosos al diario porque se equivocaban con los datos. Con los teatros, lo mismo. Era terrible. No se hizo un diario completo y creo que fue culpa de la pobreza. Se creó un sindicato y hubo huelga. Nos pidieron a los editores que hiciéramos el diario y renuncié. No quise hacerlo”.

-¿Se hizo buen periodismo durante el periodo de la Concertación?

-Dejé de hacer periodismo. Luego de ser creador de varios proyectos, era muy atractivo después del retorno a la democracia iniciar un nuevo oficio de gestor cultural, que es lo que hice en el Centro Cultural Estación Mapocho por 30 años. Me introduje más en el mundo de la cultura. Y no salí de ahí.

Criteria: Kast cae al 27% de aprobación y el 82% cree que su Gobierno está bajo las expectativas

 

Criteria: Kast cae al 27% de aprobación y el 82% cree que su Gobierno está bajo las expectativasPAÍSAgencia Uno


La aprobación del Presidente bajó tres puntos y su desaprobación subió al 64%. El sondeo revela una caída del respaldo entre votantes de Kaiser, Matthei y Parisi. Además, un 76% rechaza reducir bonos y subsidios, mientras un 52% apoya disminuir funcionarios públicos.


Resumen

El Mostrador Fuente Preferida

La aprobación del Presidente José Antonio Kast registró una nueva caída y se situó en 27%, tres puntos porcentuales menos que en la medición anterior, mientras que su desaprobación aumentó cuatro puntos hasta alcanzar el 64%, según la última encuesta Agenda Criteria, publicada este domingo 11 de octubre.

El sondeo también reveló que un 82% de los encuestados considera que la administración del Mandatario ha estado por debajo de sus expectativas, frente a un 18% que sostiene que las ha superado.


En cuanto a la evaluación presidencial, un 9% de los consultados manifestó no saber si aprueba o desaprueba la gestión del jefe de Estado.

La medición evidencia una disminución del respaldo al Presidente desde el inicio de su administración. De acuerdo con Criteria, durante las primeras cuatro semanas de Gobierno la aprobación promedio alcanzó el 44%, mientras que en las últimas cuatro semanas descendió al 29%.


La encuesta también examinó la evolución del apoyo al Mandatario según las preferencias electorales de los consultados en la primera vuelta presidencial, mostrando retrocesos entre quienes respaldaron a distintas candidaturas.

Entre los votantes de Johannes Kaiser, la aprobación de Kast disminuyó del 86% al 61%, una caída de 25 puntos porcentuales.

Una reducción similar se registró entre quienes votaron por Evelyn Matthei, segmento en el que el respaldo al Presidente pasó del 53% al 30%, equivalente a una baja de 23 puntos.

En el caso de los electores de Franco Parisi, la aprobación descendió del 33% al 19%, lo que representa una disminución de 14 puntos porcentuales.

La tendencia también se observa entre quienes votaron por el propio Kast en primera vuelta. En ese grupo, la aprobación pasó del 86% al 73%, con una reducción de 13 puntos.

El sondeo profundizó, además, en la evaluación de las expectativas que distintos sectores del electorado tenían sobre la actual administración.

Entre los votantes de Kast en primera vuelta, un 57% considera que su Gobierno ha estado por debajo de lo esperado, mientras que el 43% estima que ha superado sus expectativas.

La evaluación negativa alcanza el 92% entre los electores de Matthei y el 75% entre quienes respaldaron a Kaiser.

Junto con la evaluación presidencial, Agenda Criteria abordó las percepciones ciudadanas sobre el gasto público y las eventuales medidas para reducir los recursos utilizados por el Estado.

Según los resultados, un 58% de los encuestados considera que el Estado gasta sus recursos de manera más bien ineficiente. En contraste, un 18% cree que los utiliza eficientemente y un 24% no manifiesta una opinión clara al respecto.

La percepción de ineficiencia disminuyó ocho puntos porcentuales en comparación con febrero de este año, cuando alcanzaba el 66%, durante la administración del expresidente Gabriel Boric.

Al desagregar los resultados por identificación política, el 81% de quienes se identifican con la izquierda considera que el Estado utiliza sus recursos de manera ineficiente.

La misma percepción alcanza al 65% de los encuestados de centro, al 40% de quienes se identifican con la derecha y al 54% de las personas sin identificación política.

Respecto de las medidas destinadas a disminuir el gasto público, un 52% de los consultados está de acuerdo con reducir el número de funcionarios del Estado.

En tanto, un 28% rechaza esa alternativa y un 20% declara no estar de acuerdo ni en desacuerdo.

Sin embargo, la encuesta muestra un escenario distinto cuando las eventuales reducciones presupuestarias afectan programas y beneficios sociales.

Un 66% de los encuestados se opone a disminuir el presupuesto destinado a determinados programas sociales, mientras que un 19% respalda esa medida.

El rechazo aumenta frente a la posibilidad de reducir las ayudas económicas que reciben las familias.

En ese ámbito, un 76% de los consultados se manifiesta contrario a disminuir bonos y subsidios, frente a un 8% que está de acuerdo con aplicar ese tipo de recortes.

Trump quería el Nobel: se lo dieron a una jueza y sancionó a La Haya

 

COLUMNISTAS


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El viernes, el Comité Noruego del Nobel otorgó el premio de la Paz a Navanethem «Navi» Pillay, jurista sudafricana de 85 años. Es nieta de trabajadores tamiles llevados a las plantaciones de azúcar de Natal y fue la primera mujer no blanca en llegar al Tribunal Supremo de su país. Horas después, el secretario de Estado Marco Rubio anunció nuevas sanciones contra el Tribunal Penal Internacional, del que Pillay fue jueza. La secuencia no necesita adjetivos. Basta ponerla en orden cronológico para saber quién defiende qué.

La trayectoria de la premiada es un mapa de la justicia internacional de las últimas tres décadas. Presidió el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, donde la sentencia Akayesu reconoció en 1998 la violación como acto de genocidio. Fue alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos. En septiembre de 2025, la comisión que presidía concluyó que Israel comete genocidio en Gaza. Al conocer la noticia preguntó: «¿Por qué necesito valentía para decir la verdad?». Esa pregunta resume la época.

El Comité no premió a un negociador ni a un jefe de Estado con buenas intenciones. Premió a una jueza, y la elección es una tesis. Su presidente, Jørgen Watne Frydnes, la formuló sin rodeos: el Estado de derecho «no es un complemento para la paz y la seguridad. Es una necesidad absoluta». Es una respuesta directa a la escuela «realista» en relaciones internacionales, que solo ve las relaciones de fuerzas, trata la justicia como un estorbo para la diplomacia y a la impunidad como el precio de los acuerdos.

Washington respondió con su propio idioma. Ya había sancionado a la presidenta del tribunal, Tomoko Akane, y a ocho jueces y cuatro fiscales, expulsándolos del sistema financiero estadounidense. Ahora el castigo alcanza a la institución entera y a cualquiera que colabore con ella, sean empresas, organismos o particulares. También pagarán las víctimas, cuya asistencia depende de esos circuitos. Rubio habla de un «tribunal díscolo» al que hay que cortarle los recursos. Es el vocabulario que se reserva a un cártel.


El comunicado tiene una franqueza que rara vez se permiten los imperios. Estados Unidos no «necesita» ni «quiere» un tribunal que investigue crímenes de guerra. Los aliados que «dependen de los militares estadounidenses para su defensa» deben pararle los pies. Si no lo hacen, Washington desmantelará el TPI «ladrillo a ladrillo». El mensaje es protección militar a cambio de renunciar a la jurisdicción penal universal. Eso no es política exterior. Es extorsión con membrete oficial.

El trasfondo tiene nombre: la orden de detención contra Benjamin Netanyahu por crímenes de guerra y de lesa humanidad en Gaza. Netanyahu felicitó a Washington y llamó al TPI «organismo político». Su cancillería escribió que Goebbels «aplaude desde el infierno» el premio a una mujer que creció bajo el apartheid. El insulto dice más de quien lo firma que de su destinataria. Rubio, por su parte, promete que ningún estadounidense será juzgado jamás. Con eso, la impunidad pasa a ser una doctrina de Estado exportable a los aliados.

Los chilenos conocemos el valor de esa arquitectura que hoy se quiere demoler. En 1998 se adoptó en julio el Estatuto de Roma, en septiembre llegó la sentencia Akayesu y en octubre Pinochet fue detenido en Londres. Ese año la impunidad dejó de ser una garantía vitalicia para los criminales de Estado. Lo que Trump persigue es volver a ese mundo anterior, donde el poder protegía a sus verdugos y las víctimas solo tenían la memoria.

Europa calificó las sanciones de «profundamente lamentables» y confía en que quede «margen para el diálogo» antes de que entren en vigor, dentro de seis meses. Dialogar con quien anuncia la demolición de la casa es una forma educada de esperar las grúas. Pillay bromeó con compartir el premio con Trump, a quien María Corina Machado ya regaló su medalla en la Casa Blanca. La medalla se puede regalar. La autoridad moral, no.

 

Leopoldo Lavín Mujica

Crece la tensión con Estados Unidos: 14 diputados exigen declarar persona non grata al embajador Brandon Judd

 


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Parlamentarios del Partido Comunista, Partido Socialista, Frente Amplio, Democracia Cristiana y Acción Humanista acusaron al representante de Washington de intervenir reiteradamente en asuntos internos de Chile. Sus declaraciones sobre el Estrecho de Magallanes y la Antártica reactivaron una controversia que también involucra el cable submarino con China, la política comercial y la adhesión al Escudo de las Américas. Cancillería ha manifestado sus reparos al diplomático, pero no contempla por ahora una nota formal de protesta.

La controversia diplomática entre Chile y Estados Unidos adquirió este sábado una nueva dimensión política. Catorce diputados de oposición solicitaron formalmente al ministro de Relaciones Exteriores, Francisco Pérez Mackenna, que declare persona non grata al embajador estadounidense Brandon Judd, a quien acusan de intervenir reiteradamente en decisiones soberanas del país y de pronunciarse sobre materias que excederían sus funciones diplomáticas.

La petición fue suscrita por parlamentarios de cinco sectores políticos, desde el Partido Comunista hasta la Democracia Cristiana, y representa una escalada en los cuestionamientos que durante los últimos meses ha provocado el representante del Gobierno de Donald Trump.
El episodio más reciente se produjo durante una actividad empresarial realizada esta semana, cuando Judd abordó la soberanía chilena en el Estrecho de Magallanes y la situación territorial de la Antártica.
Pero la carta parlamentaria va bastante más allá de esas declaraciones. Los diputados reconstruyen una sucesión de intervenciones del embajador sobre decisiones comerciales, infraestructura estratégica, legislación nacional y acontecimientos políticos internos, y cuestionan la respuesta que hasta ahora ha entregado la Cancillería.
En particular, los firmantes sostienen que la actuación del ministro Pérez Mackenna ha sido insuficiente para defender la autonomía de las decisiones chilenas frente a Washington.

 Una solicitud que reúne a cinco sectores de oposición

La declaración está firmada por Luis Cuello, Nathalie Castillo, Daniela Serrano, Lorena Pizarro y Boris Barrera, del Partido Comunista; Nelson Venegas, Juan Santana y Emilia Nuyado, del Partido Socialista; Consuelo Veloso, Gael Yeomans, Lorena Fries y Gonzalo Winter, del Frente Amplio; Patricio Pinilla, de la Democracia Cristiana; y Ana María Gazmuri, de Acción Humanista.

Los parlamentarios expresaron su preocupación por lo que consideran una actitud reiterada de intervención del embajador estadounidense en asuntos que corresponden exclusivamente al Estado chileno.
La carta acusa al canciller de mantener una posición de pasividad frente a esas declaraciones y sostiene que esa respuesta afecta la imagen internacional de Chile como Estado independiente.
Para fundamentar su solicitud, los diputados invocaron el artículo 41 de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, que establece el deber de los agentes diplomáticos de respetar las leyes del Estado receptor y no inmiscuirse en sus asuntos internos.
También citaron el principio de igualdad soberana de los Estados, establecido en la Carta de Naciones Unidas, y las disposiciones de la Carta de la Organización de Estados Americanos relativas a la no intervención.
Sobre esa base, solicitaron recurrir al artículo 9 de la Convención de Viena, que permite a un Estado declarar persona non grata a un integrante de una misión diplomática sin estar obligado a explicar los motivos de su decisión.
La aplicación de ese mecanismo obligaría al Estado acreditante a retirar al diplomático o poner término a sus funciones. Sin embargo, hasta ahora se trata de una petición parlamentaria: el Gobierno chileno no ha adoptado esa medida.

 Magallanes y la Antártica: el nuevo foco de controversia

Las declaraciones que desencadenaron esta nueva reacción fueron pronunciadas por Judd durante el Día del Comercio Global 2026, organizado por la Compañía Sud Americana de Vapores.
Al referirse a la cooperación entre Chile y Estados Unidos, el embajador vinculó un eventual respaldo estadounidense a los intereses chilenos en el Estrecho de Magallanes con la disposición del país a colaborar en materias consideradas prioritarias por Washington.
Sus palabras provocaron cuestionamientos porque el Estrecho constituye un espacio estratégico para la navegación internacional y para la soberanía chilena en el extremo austral.
Posteriormente, el diplomático afirmó que no existe una Antártica perteneciente a Chile, invocando el régimen jurídico establecido por el Tratado Antártico.

Esta última afirmación requiere una precisión importante.

Chile delimitó su Territorio Antártico mediante el Decreto Supremo 1747, dictado en 1940 durante el Gobierno de Pedro Aguirre Cerda. Esa reclamación continúa formando parte de la posición oficial del Estado chileno.
El Tratado Antártico, vigente desde 1961, no resuelve las reclamaciones territoriales existentes, pero tampoco las extingue. Su artículo IV establece un régimen que preserva las posiciones de los Estados reclamantes y evita que las actividades desarrolladas durante su vigencia sean utilizadas para fundamentar nuevas reclamaciones o ampliar las anteriores.
Estados Unidos no reconoce las reclamaciones territoriales antárticas, una posición histórica que explica parte de las diferencias jurídicas con Chile.
Sin embargo, la controversia actual no se limita a la interpretación del tratado. También involucra la conveniencia diplomática de que un embajador se pronuncie públicamente sobre una reivindicación territorial mantenida por el Estado ante el cual está acreditado.
El excanciller Teodoro Ribera sostuvo que Chile debe continuar reivindicando su declaración de límites de 1940, independientemente de la posición estadounidense.

 

La respuesta del canciller y las gestiones ante Judd
El ministro Francisco Pérez Mackenna respondió a la controversia reafirmando la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes.
«El Estrecho de Magallanes fue, es y será siempre chileno», declaró ante el Congreso.
El canciller agregó que Chile dispone de sus propios medios para resguardar sus derechos y que no necesita apoyo extranjero para defender su soberanía.
Las declaraciones muestran que el Gobierno no ha compartido públicamente los planteamientos del embajador en esta materia.
Además, según informó Emol este sábado, Pérez Mackenna conversó dos veces con Judd durante las últimas 24 horas y le manifestó los reparos de la Cancillería.
No obstante, fuentes citadas por ese medio señalaron que el envío de una nueva nota formal de protesta no estaría contemplado por ahora.
Esta diferencia entre las gestiones realizadas y las medidas solicitadas por los parlamentarios es uno de los elementos centrales de la controversia.
La oposición exige una respuesta diplomática de mayor alcance. El Ejecutivo, en cambio, ha optado hasta ahora por manifestar sus objeciones mediante declaraciones públicas y conversaciones con el representante estadounidense.
El Gobierno tampoco ha anunciado que vaya a solicitar el retiro de Judd.

 Los antecedentes de la controversia: China, el estallido social y la doctrina Donroe

La solicitud parlamentaria incorpora una serie de episodios anteriores que, a juicio de sus firmantes, muestran un patrón de intervenciones del embajador en materias de política interna.
Uno de ellos se relaciona con el proyecto de cable submarino entre Chile y China, iniciativa que ha generado tensiones con Washington por sus implicancias tecnológicas y estratégicas.
Los diputados cuestionan que Judd haya intervenido públicamente en la discusión sobre el futuro de ese proyecto y recuerdan las sanciones estadounidenses contra autoridades chilenas vinculadas a su tramitación.
También mencionan sus pronunciamientos sobre la denominada Ley Uber y las críticas que dirigió a ministros chilenos durante las controversias comerciales provocadas por los aranceles estadounidenses.
Otro antecedente corresponde a las declaraciones del embajador sobre el estallido social de octubre de 2019.
Judd afirmó que existían antecedentes de inteligencia estadounidense relacionados con la participación de organizaciones de izquierda en aquellos acontecimientos. Posteriormente matizó sus afirmaciones, que habían provocado cuestionamientos sobre la utilización de información de inteligencia extranjera para intervenir en el debate político chileno.
La carta incluye además sus referencias a la llamada doctrina Donroe, expresión utilizada para describir la reinterpretación de la histórica doctrina Monroe bajo la administración Trump.
En septiembre, Judd sostuvo que esa orientación estadounidense ya se estaba aplicando en Chile y que el Gobierno de Kast facilitaba su implementación.
Durante la interpelación parlamentaria del 28 de septiembre, Pérez Mackenna respondió que ningún embajador extranjero determina las decisiones del Estado chileno.
En esa misma sesión reconoció que Judd había recibido una nota de protesta del Gobierno chileno, pero aclaró que esa comunicación correspondía a la administración anterior, encabezada por Gabriel Boric.

 El Escudo de las Américas vuelve al centro de la discusión

La controversia también reactivó los cuestionamientos sobre la adhesión de Chile al Escudo de las Américas, iniciativa de cooperación en seguridad impulsada por el Gobierno estadounidense.
Durante septiembre, el Ejecutivo chileno anunció su incorporación a esta alianza, presentada como un mecanismo para fortalecer la cooperación regional contra el crimen organizado transnacional.
Sin embargo, parlamentarios de oposición han solicitado conocer los compromisos concretos asumidos por el país y sus eventuales consecuencias sobre materias de defensa, seguridad e intereses estratégicos.
La interpelación del 28 de septiembre buscó precisamente obtener antecedentes sobre esa decisión.
En esa oportunidad, el canciller sostuvo que la adhesión no había requerido la firma de un documento y que el mecanismo no tenía carácter jurídicamente vinculante.
La oposición considera insuficientes esas explicaciones y reclama información adicional sobre las condiciones de participación chilena.
Entre sus preocupaciones figuran la protección de recursos minerales estratégicos y la posibilidad de que futuros acuerdos contemplen operaciones de fuerzas extranjeras en territorio nacional.
Estas últimas cuestiones corresponden a riesgos planteados por los parlamentarios: no existe en los antecedentes examinados una confirmación de que Chile haya autorizado el despliegue de tropas estadounidenses como consecuencia de su adhesión al Escudo.
La controversia plantea, por tanto, dos discusiones distintas: la conveniencia política de participar en una iniciativa liderada por Washington y el alcance jurídico de los compromisos que eventualmente pueda asumir el Estado chileno.

Judd rechaza las acusaciones sobre Magallanes

El embajador estadounidense ha rechazado que sus declaraciones hayan buscado condicionar la soberanía chilena.
En una aclaración difundida después de la controversia del miércoles, Judd sostuvo que sus palabras habían sido sacadas de contexto y negó haber puesto condiciones al reconocimiento de los derechos territoriales de Chile.
El diplomático afirmó que su intervención buscaba destacar la cooperación bilateral y las oportunidades de trabajo conjunto en seguridad, comercio y desarrollo.
También agradeció al ministro de Defensa, Fernando Barros, y a quienes, según señaló, habían comprendido el contexto de sus declaraciones.
La explicación no cerró la controversia política.
Los parlamentarios que solicitan su retiro sostienen que el problema no se reduce a una frase aislada, sino a la reiteración de pronunciamientos sobre materias que consideran reservadas a las autoridades chilenas.
La Cancillería, por su parte, mantiene abiertos los canales diplomáticos con la embajada estadounidense.

Una decisión que corresponde al Ejecutivo

La declaración de persona non grata constituye uno de los mecanismos más severos previstos en las relaciones diplomáticas para expresar el rechazo a la actuación de un representante extranjero.
Su aplicación no requiere una sentencia judicial ni demostrar previamente una infracción ante un tribunal internacional. La Convención de Viena reconoce esa facultad al Estado receptor.
Sin embargo, se trata de una decisión con consecuencias políticas relevantes, pues puede deteriorar las relaciones bilaterales y provocar respuestas diplomáticas del país afectado.
En este caso, la solicitud de los 14 diputados no obliga jurídicamente al Gobierno a adoptar la medida.
Corresponde al Ejecutivo, a través de la conducción de las relaciones exteriores, evaluar si considera necesario recurrir a ese mecanismo o mantener las gestiones diplomáticas que ya ha iniciado.
La decisión se produce en un momento especialmente sensible para la relación entre Chile y Estados Unidos, marcada por las diferencias comerciales, la competencia estratégica entre Washington y Beijing, la cooperación en seguridad y la discusión sobre los intereses nacionales en la zona austral.
La controversia con Brandon Judd ha dejado así de concentrarse exclusivamente en las palabras del embajador. También ha instalado una discusión sobre la manera en que el Gobierno chileno responde a los pronunciamientos de representantes extranjeros y sobre los límites que deben regir las relaciones con sus principales socios internacionales.
Por ahora, el canciller Pérez Mackenna ha reafirmado públicamente la soberanía chilena y ha realizado gestiones ante Judd, mientras un grupo de diputados exige que el Gobierno avance hacia una medida diplomática de mayor gravedad.
El próximo paso dependerá de la respuesta del Ejecutivo a la petición parlamentaria y de la evolución de una controversia que ya involucra al Congreso, la Cancillería y la representación diplomática de Estados Unidos.

 

Redacción Clarín

 

Fuentes: La Tercera, El Paín, Emol, BioBío, El Mostrador.

sábado, 10 de octubre de 2026

De Octubre del 19 a la lucha actual por una Huelga General: la cuestión de la dirección y el agotamiento de la democracia burguesa

 

TEXTOS DESTACADOS


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La democracia burguesa chilena no atraviesa simplemente una crisis de legitimidad, como acostumbran afirmar los analistas del régimen cada vez que las encuestas registran una caída de confianza en el Parlamento, los partidos o las instituciones. Lo que se encuentra crecientemente cuestionado es algo bastante más profundo: la capacidad misma de los mecanismos de representación establecidos para procesar las contradicciones sociales producidas por un régimen económico fundado en la concentración de la propiedad, el endeudamiento, la precarización del trabajo y la subordinación de todas las necesidades sociales a la acumulación del capital. El agotamiento de las ilusiones democráticas no significa que millones hayan llegado espontáneamente a una conclusión socialista ni que hayan dejado de votar; significa que la experiencia cotidiana demuestra, cada vez con mayor brutalidad, que la alternancia electoral no altera las relaciones fundamentales de poder. Cambian los gobiernos, las coaliciones, los nombres de los ministros y los discursos presidenciales, pero permanecen la propiedad de la gran minería, los bancos, las AFP, las grandes cadenas comerciales, los puertos, los medios de comunicación y las plataformas que crecientemente organizan la esfera pública. La democracia burguesa puede ampliar o restringir derechos, reformar constituciones y reemplazar administradores, pero no puede democratizar realmente una sociedad mientras preserve como derecho fundamental el poder privado del capital sobre la vida social.

La cuestión, por consiguiente, no consiste en oponer a esa democracia una denuncia moral acerca de sus imperfecciones. Desde un punto de vista marxista, la democracia burguesa constituye una forma histórica específica de la dominación de clase precisamente porque universaliza políticamente al ciudadano al mismo tiempo que reproduce materialmente al trabajador asalariado, al propietario y al capitalista como sujetos profundamente desiguales. El dueño de un banco y el trabajador que ese banco despide poseen formalmente un voto cada uno, pero sólo uno de ellos puede movilizar enormes recursos económicos, contratar equipos profesionales, financiar producción comunicacional, influir sobre asociaciones empresariales y participar cotidianamente de los espacios donde se articulan decisiones económicas decisivas. La igualdad jurídica termina exactamente donde comienza la propiedad. Ésta es la materialidad contemporánea de aquella definición leninista según la cual la república democrática constituye la mejor envoltura política posible para el capitalismo: no porque toda elección sea fraudulenta ni porque toda libertad sea ficticia, sino porque las libertades políticas funcionan sobre una estructura social que distribuye de manera radicalmente desigual las condiciones materiales para ejercerlas.

Chile ofrece una demostración extraordinariamente precisa de esta contradicción. El régimen de partidos establece poderosas barreras materiales para la intervención independiente; el financiamiento electoral reproduce ventajas previamente conquistadas; los grandes medios de comunicación permanecen concentrados; la publicidad estatal contribuye objetivamente a sostener una estructura comunicacional dominada por grandes empresas; las plataformas digitales han transferido una porción creciente de la formación de opinión hacia algoritmos administrados por corporaciones transnacionales; y, cuando el conflicto abandona los límites de la representación y se instala en las calles, reaparece todo el arsenal coercitivo del Estado: Ley de Seguridad del Estado, legislación antiterrorista, técnicas especiales de investigación, criminalización de bloqueos, persecución judicial y dispositivos policiales. La democracia burguesa chilena revela así su verdadera anatomía cuando la voluntad social pretende transformarse en fuerza material. Mientras el ciudadano escoge representantes, el régimen tolera e incluso celebra su participación; cuando los trabajadores, estudiantes o pobladores buscan alterar directamente las condiciones de funcionamiento de la sociedad, el conflicto comienza inmediatamente a desplazarse desde el derecho político hacia el derecho penal.

Octubre y la aparición material de una crisis de poder

El glorioso levantamiento popular iniciado el 18 de octubre de 2019 puso violentamente al descubierto esta contradicción. Su carácter revolucionario no depende de atribuirle retrospectivamente un programa que no tuvo ni de afirmar que existiera una dirección preparada para disputar el poder. Fue una ola revolucionaria porque durante meses millones dejaron de comportarse como espectadores de la política y entraron directamente en escena, quebrando los mecanismos habituales de representación y la ocupación militar de las ciudades, desbordando a las organizaciones existentes y colocando al Gobierno y al conjunto del régimen ante una crisis que no podía resolverse mediante los procedimientos ordinarios. El estado de emergencia, los militares en las calles, la represión y las concesiones parciales fueron incapaces de restablecer inmediatamente la normalidad. La movilización iniciada en octubre se prolongó, con distintos grados de intensidad, hasta marzo de 2020 y fue finalmente interrumpida materialmente por la pandemia. No fue una sucesión de manifestaciones: constituyó durante meses una modificación extraordinaria de la relación entre las masas y el Estado.

El 25 de octubre de 2019 representó el punto máximo de amplitud política de aquella irrupción. Alrededor de 1,2 millones de personas ocuparon Santiago según cifras de la propia autoridad y las movilizaciones se reprodujeron en las principales ciudades del país. Más allá de la cifra, aquella jornada estableció un hecho político decisivo: ninguna institución podía seriamente afirmar que representaba a esa multitud. Los partidos que habían gobernado durante tres décadas, la oposición parlamentaria, las centrales sindicales burocratizadas y el propio Gobierno fueron sobrepasados por una movilización cuya principal característica era precisamente no reconocer una conducción institucional. El país contempló algo extremadamente peligroso para cualquier régimen de dominación: una mayoría social comenzaba a reconocerse a sí misma fuera de los canales diseñados para representarla.

Pero la extraordinaria marcha del 25 de octubre mostró simultáneamente una limitación objetiva. La movilización de masas podía ocupar las calles, hacer retroceder al Gobierno, paralizar parcialmente las ciudades y producir una crisis política monumental, pero los grandes resortes materiales de la economía continuaban funcionando. Los bancos, las grandes empresas, la minería, los puertos, las telecomunicaciones, los supermercados y una parte sustancial del aparato productivo permanecían bajo control empresarial. Millones habían descubierto su fuerza numérica, pero todavía no habían convertido plenamente esa fuerza en poder social organizado. Ése es el significado decisivo de la diferencia entre la manifestación y la huelga. Una multitud demuestra que el régimen ha perdido autoridad; una huelga general comienza a demostrar que los explotados poseen la capacidad material de interrumpir la reproducción de ese régimen.

Por esa razón las jornadas del 11 y, sobre todo, del 12 de noviembre constituyen el segundo punto neurálgico de Octubre. Durante el 11 se desarrollaron movilizaciones educacionales y múltiples preparativos sectoriales de la paralización; el día 12, organizaciones portuarias, empleados públicos, profesores, trabajadores de la construcción, sectores de la salud, de la minería y numerosos sindicatos confluyeron en una huelga nacional convocada por Unidad Social y otras organizaciones. Aunque no alcanzó a ser una paralización absoluta del país por primera vez desde el comienzo del levantamiento apareció, en escala nacional, la posibilidad de transformar la rebelión social en una acción organizada desde los lugares de trabajo. El contenido político de aquella experiencia era incomparablemente más profundo que su porcentaje exacto de adhesión: la clase trabajadora comenzaba a aparecer no solamente como columna vertebral del levantamiento, sino como fuerza capaz de señalar una perspectiva de poder y paralizar la sociedad.

Ése fue el momento más peligroso para el régimen. El 25 de octubre había planteado una crisis general de legitimidad. El 12 de noviembre comenzó a insinuar una crisis material de autoridad. La pregunta dejaba de ser solamente cuántas personas podían marchar contra el Gobierno y comenzaba a transformarse en otra: quién podía hacer funcionar el país. El trabajador portuario descubría que sin su trabajo el puerto se detenía; el funcionario, que sin su actividad la administración no funcionaba; el profesor, que la escuela dependía materialmente de quienes trabajan en ella; los trabajadores del transporte, la industria y los servicios podían comprobar que aquella sociedad presentada ideológicamente como obra de empresarios, inversionistas y administradores era reproducida cada día por millones de asalariados. La huelga, ransformaba así una intuición política en una experiencia material.

El Acuerdo por la Paz: la operación de salvataje del régimen

Es precisamente en este punto donde adquiere su verdadero significado histórico el Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución del 15 de noviembre. Presentarlo únicamente como la apertura de un proceso constitucional significa aceptar retrospectivamente la narración que los propios partidos construyeron para legitimar su intervención. El acuerdo fue mucho más que eso. Constituyó la principal operación política de contención del levantamiento popular, destinada a trasladar el centro de gravedad desde la calle hacia el Congreso, desde la acción directa hacia el calendario electoral, desde los organismos embrionarios de coordinación social hacia los partidos del régimen y desde la crisis inmediata del poder hacia una promesa constitucional cuya realización quedaba cuidadosamente sometida a procedimientos, quórums, elecciones y plazos establecidos por las instituciones existentes.

No fue firmado literalmente por todos los partidos. El Partido Comunista y la Federación Regionalista Verde Social quedaron formalmente fuera del acuerdo, y existieron diferencias y rupturas dentro del entonces Frente Amplio. Pero la precisión formal no modifica el significado político fundamental: el núcleo decisivo del oficialismo y de la oposición parlamentaria se agrupó alrededor de una salida común cuyo propósito contrarrevolucionario expresamente declarado era restablecer «la paz social y el orden institucional«. La propia Cámara de Diputados describió el pacto como un acuerdo alcanzado entre legisladores de Gobierno y oposición y la información institucional del Senado destacó explícitamente su compromiso con el restablecimiento de la “paz social y el orden público”. El Acuerdo unificó, allí donde hasta pocos días antes los partidos aparecían enfrentados, una defensa superior: la continuidad del Estado y la recuperación del monopolio institucional sobre la política.

La secuencia histórica resulta reveladora. El 12 de noviembre se desarrolló la huelga nacional; esa misma noche el criminal de lesa humanidad Sebastián Piñera —temiendo por su integridad personal— llamó públicamente a construir un acuerdo político; tres días después, oficialismo y una parte decisiva de la oposición sellaban el mecanismo institucional que terminaría conduciendo al proceso constituyente. Piñera fue rescatado del basurero de la historia y reinstalado en el poder por quienes suscribieron y se sometieron a tal Acuerdo. La burguesía y sus representaciones políticas comprendieron que el principal peligro no residía en que las masas exigieran una nueva Constitución, sino en que comenzaran a experimentar formas de acción independientes de todas las instituciones encargadas de administrarlas.

El Acuerdo por la Paz fue exitoso precisamente porque consiguió invertir esa dinámica. A partir de entonces la discusión comenzó progresivamente a desplazarse desde la organización del movimiento hacia las reglas de la Convención, desde la generalización de la huelga hacia los quórums constitucionales, desde la cuestión del poder hacia la discusión sobre el texto jurídico que debía reemplazar a la Constitución de 1980. Una energía social gigantesca fue transformándose paulatinamente en expectativa electoral. Los sectores que habían irrumpido directamente sobre el escenario político fueron convocados a delegar nuevamente su decisión, esta vez bajo la promesa de que el resultado electoral abriría finalmente las puertas de una transformación estructural.

Aquí reside la importancia estratégica del fracaso posterior del proceso constituyente. Más allá de las múltiples causas de la derrota constitucional, su desenlace confirmó un problema fundamental: la transferencia de la iniciativa desde las masas movilizadas hacia las instituciones permitió al régimen recomponer su autoridad. El proceso terminó organizándose dentro de un terreno donde los partidos, los medios de comunicación, los grandes propietarios, los recursos económicos y los mecanismos institucionales recuperaban progresivamente la ventaja. Lo que había comenzado como crisis de poder terminó convertido en una discusión acerca de la mejor arquitectura jurídica del mismo Estado. El régimen no venció a Octubre mediante una derrota militar en las calles. Lo contuvo políticamente, absorbió una parte de sus demandas, dividió sus fuerzas, recuperó la iniciativa y transformó la movilización en procedimiento. Ésa fue la función histórica fundamental del Acuerdo por la Paz.

La dirección revolucionaria no se construye antes de la lucha

La experiencia, por todo lo expuesto, plantea inmediatamente el problema de la dirección. Pero vamos por partes. Una explicación extendida dentro de sectores de la izquierda revolucionaria sostiene que Octubre fue derrotado porque no existía previamente una organización revolucionaria con suficiente implantación para disputarle la conducción al régimen. La primera parte de esta afirmación es evidente: no existió una dirección revolucionaria capaz de formular una salida política independiente. El error comienza cuando esa constatación se transforma en una estrategia según la cual sería necesario construir primero dicha dirección y sólo después plantear tareas capaces de generalizar la lucha.

Esta concepción separa artificialmente aquello que la lucha de clases mantiene unido. Una dirección revolucionaria no puede construirse fuera de la experiencia mediante la cual sectores reales de trabajadores verifican programas, consignas, métodos y organizaciones. Puede existir durante años un núcleo revolucionario doctrinariamente preparado y políticamente firme; pero únicamente se convierte en dirección cuando establece una relación material con franjas de la clase capaces de reconocer en su política una orientación para sus propios combates. La construcción de esa relación no comienza después de constituido el partido. Es el proceso mismo mediante el cual ese partido puede llegar a existir como dirección efectiva y no meramente como organización autoproclamada.

Octubre vuelve brutalmente concreta esta cuestión. Si después del 25 de octubre la tarea era simplemente “construir partido” mientras se aguardaba una nueva oportunidad histórica, entonces nada se comprendió de aquella experiencia. La cuestión era cómo llevar la enorme energía desplegada en las calles hacia los lugares de trabajo, cómo multiplicar coordinaciones, cómo disputar a las burocracias sindicales la dirección del movimiento, cómo transformar las asambleas territoriales en instancias capaces de establecer relaciones permanentes con organizaciones obreras y, después del 12 de noviembre, cómo preparar una nueva paralización superior a la anterior. Una política semejante no garantizaba la victoria. Ninguna consigna puede eliminar mecánicamente la correlación de fuerzas. Pero habría creado el terreno sobre el cual podían desarrollarse organismos independientes, probarse nuevas direcciones, seleccionarse cuadros, clarificarse programas y comenzar a disputar efectivamente la conducción de millones.

Esperar a poseer la dirección antes de formular tareas de generalización equivale a postergar indefinidamente la construcción de la propia dirección. Las grandes organizaciones revolucionarias de la historia nunca alcanzaron influencia sobre las masas limitándose a proclamar la corrección de sus programas. Se desarrollaron porque pudieron intervenir en acontecimientos reales y ofrecer respuestas a problemas que millones comenzaban a experimentar. La autoridad política se conquista demostrando capacidad para orientar la lucha, prever sus desarrollos y explicar sus derrotas. Una dirección no se fabrica únicamente mediante educación interna; se selecciona también en la confrontación, mediante victorias y fracasos, en la capacidad de transformar una reivindicación particular en experiencia política general.

Es en este punto donde la necesidad de conformar un movimiento por una huelga general adquiere importancia capital. La huelga general debe ser concebida no como una proclamación maximalista ni como el episodio final que ocurrirá cuando todo lo demás se encuentre previamente resuelto, sino como una tarea inmediata de construcción política. Por supuesto, no se trata de fijar arbitrariamente una fecha cuando las condiciones no existen, ni de convertir la fórmula en una consigna vacía repetida frente a cualquier conflicto. Se trata de organizar desde ahora la tendencia hacia la convergencia: impulsar coordinaciones entre organizaciones que luchan, levantar encuentros de sindicatos combativos, reconstruir la unidad obrero-estudiantil, conectar las movilizaciones por vivienda con las luchas salariales, unir trabajadores públicos y privados, desarrollar fondos de huelga, defender organizaciones perseguidas y colocar ante cada sector en conflicto el problema de cómo evitar que su combate sea derrotado aisladamente.

La huelga general se constituye en este sentido en un método de organización antes incluso de transformarse en acontecimiento. Obliga a pensar la lucha como totalidad. Obliga a superar el corporativismo que reduce cada conflicto al pliego correspondiente. Obliga a preguntarse qué programa puede unir al trabajador portuario, al profesor, al funcionario, al estudiante endeudado, al poblador amenazado por el costo de la vivienda y al asalariado precarizado. Obliga, en definitiva, a construir aquella vanguardia social que no surge simplemente de una declaración ideológica, sino de la experiencia compartida de luchar contra enemigos comunes.

Una Europa que vuelve a la calle

Esta discusión adquiere una extraordinaria actualidad internacional. Lejos de encontrarnos ante un período de estabilización de las democracias occidentales, Europa comienza nuevamente a mostrar síntomas profundos de agotamiento de los mecanismos mediante los cuales durante décadas consiguió transformar el conflicto de clase en negociación institucional. El viejo régimen de transacción social —salarios y derechos negociados dentro de determinados márgenes, servicios públicos relativamente extensos, partidos reformistas capaces de administrar las expectativas populares y burocracias sindicales integradas a mecanismos permanentes de concertación— encuentra crecientes dificultades materiales para reproducirse bajo condiciones de estancamiento, endeudamiento público, crisis de vivienda, deterioro de los servicios y presión por nuevos ajustes fiscales.

España constituye hoy un ejemplo extraordinariamente significativo. Las movilizaciones por la vivienda realizadas el 3 de octubre se extendieron por más de cincuenta ciudades. Sólo en Madrid, la Delegación del Gobierno calculó alrededor de 70.000 participantes mientras los organizadores entregaron cifras muy superiores. Lo fundamental no es nuevamente el debate aritmético: las movilizaciones adoptaron explícitamente la consigna “Hacia la huelga general” y la presión inicial del movimiento de inquilinos terminó arrastrando a las principales organizaciones sindicales.

La dinámica resulta particularmente instructiva para nuestra discusión. La iniciativa no nació de las grandes burocracias sindicales. El Sindicato de Inquilinas y organizaciones del sindicalismo alternativo comenzaron planteando la necesidad de una paralización; la magnitud de la protesta terminó obligando a CCOO y UGT a convocar una huelga general de 24 horas, fijada para el 11 de noviembre de 2026, la primera respaldada conjuntamente por ambas centrales en catorce años. La reivindicación que articula el movimiento tampoco surge directamente del contrato laboral tradicional: es el acceso a la vivienda. Precisamente por ello posee enorme importancia política. La contradicción clase entre salario y renta inmobiliaria comienza a conectar el lugar de trabajo con las condiciones generales de reproducción de la vida. Incluso los burócratas de CCOO y UGT han debido justificar la huelga señalando que un sindicato no negocia únicamente condiciones laborales, sino también condiciones de vida.

España muestra, por consiguiente, cómo una reivindicación inicialmente sectorial puede comenzar a actuar como eje de generalización. La incapacidad del Parlamento para resolver la crisis de vivienda no condujo simplemente a nuevas negociaciones: produjo acampadas, manifestaciones masivas, el desplome de la legislatura, elecciones anticipadas y una convocatoria a huelga general. Es exactamente la relación que interesa destacar: allí donde las instituciones dejan de ofrecer una mediación creíble, la acción directa comienza nuevamente a presentarse como mecanismo político.

En Francia, el proceso adopta otra forma pero expresa una contradicción semejante. El movimiento iniciado en septiembre entre estudiantes secundarios contra el deterioro de la educación pública se extendió en pocas semanas a centenares de establecimientos y adquirió una dimensión nacional. Más de mil liceos llegaron a incorporarse a las protestas durante una jornada de comienzos de octubre, y el 6 de octubre las movilizaciones reunieron oficialmente alrededor de 266.000 personas, mientras las organizaciones convocantes estimaron unas 450.000. Estudiantes universitarios, docentes, sindicatos y padres comenzaron a incorporarse a un conflicto que originalmente parecía limitado a la falta de profesores, el hacinamiento escolar, las condiciones de infraestructura y el rechazo a Parcoursup.

El Gobierno francés se encuentra frente a una dificultad característica de la etapa. En movilizaciones anteriores, la concesión fiscal permitió en diferentes ocasiones descomprimir conflictos sociales; hoy el margen se encuentra severamente restringido por el déficit, la deuda y las presiones financieras. Reuters ha señalado precisamente que la actual crisis se diferencia de otros grandes ciclos franceses porque el Estado dispone de mucho menos espacio fiscal para comprar paz social mediante gasto adicional. Éste es un punto decisivo. El problema europeo ya no consiste solamente en que los gobiernos adopten políticas equivocadas. Se deterioran las bases materiales del compromiso social mediante el cual el capitalismo europeo integró durante décadas a amplios sectores de la clase trabajadora.

La respuesta represiva francesa confirma la tendencia. Miles de detenciones, denuncias por violencia policial, investigaciones sobre lesiones graves a estudiantes y el despliegue de armamento antidisturbios contra menores muestran nuevamente el tránsito extraordinariamente rápido desde la ciudadanía democrática hacia el problema del orden público cuando la protesta adquiere capacidad de perturbación. Al mismo tiempo, la movilización consiguió ya arrancar una primera concesión gubernamental: el compromiso de incorporar miles de docentes calificados a establecimientos particularmente afectados. Los estudiantes han respondido anunciando que continuarán la movilización.

No se trata de sostener que España o Francia se encuentran inmediatamente ante situaciones revolucionarias. Sería una caracterización irresponsable. Se trata de comprender algo más importante: se multiplican las señales de agotamiento de los mecanismos tradicionales de mediación política y social. La vivienda, la educación, las pensiones, los salarios, los servicios públicos y el costo de la vida comienzan a producir conflictos cuya resolución supera crecientemente las posibilidades del compromiso parlamentario ordinario. Al mismo tiempo, el deterioro de los viejos partidos del centro político alimenta también a la extrema derecha, demostrando que el derrumbe de las ilusiones democráticas no posee por sí mismo un contenido progresivo. Si la clase trabajadora no construye una alternativa independiente, la descomposición del centro puede ser capitalizada por fuerzas reaccionarias que convierten la frustración social en nacionalismo, racismo y autoritarismo.

Una tarea para construir una nueva dirección

Es aquí donde la discusión deja de ser histórica y adquiere carácter urgente. La crisis de la democracia burguesa no produce automáticamente conciencia revolucionaria. El agotamiento de las expectativas parlamentarias puede conducir hacia la izquierda, hacia la abstención, hacia el cinismo o hacia la extrema derecha. La cuestión decisiva es quién organiza políticamente esa experiencia y alrededor de qué tarea concreta. En Chile no basta con esperar otro Octubre porque aunque rime la historia no se repite. Tampoco basta con declarar que hace falta construir una dirección revolucionaria.

La fórmula, aislada de una tarea, corre el riesgo de convertirse en una tautología: necesitamos una dirección para conducir las luchas y necesitamos luchas para construir una dirección. La única manera de resolver materialmente hoy esta contradicción es adoptar una orientación capaz de organizar desde ahora a la vanguardia dispersa, poner en contacto a los sectores que combaten y permitir que nuevos cuadros se prueben en la experiencia común. Esa tarea es trabajar conscientemente por la huelga general.

No como ultimátum artificial a organizaciones que no se encuentran preparadas. No como sustituto de un programa socialista. No como fantasía según la cual bastaría detener el país un día para que desapareciera el Estado burgués. Sino como eje de aglutinamiento político: construir desde cada conflicto las condiciones para una acción común de clase; establecer coordinaciones permanentes entre sindicatos en lucha; incorporar al movimiento estudiantil, de vivienda y territorial; levantar un programa que relacione salario, empleo, vivienda, educación, pensiones y libertades democráticas; enfrentar la criminalización de la protesta; disputar a las burocracias sindicales su política de aislamiento y colocar nuevamente sobre la escena nacional la posibilidad de que los explotados intervengan como fuerza independiente.

Octubre enseñó que millones pueden irrumpir espontáneamente contra un régimen. El 25 de octubre mostró la potencia de la multitud. El 12 de noviembre mostró, todavía embrionariamente, la potencia superior de la clase cuando comienza a paralizar. El 15 de noviembre mostró, a su vez, la capacidad del régimen para reaccionar políticamente, agrupar a sus fuerzas decisivas y transformar una crisis de poder en un calendario institucional. La lección no puede consistir en esperar pasivamente que aparezca una dirección mejor antes del próximo levantamiento. La lección es exactamente la inversa.

La nueva dirección debe construirse preparando desde ahora las condiciones para que el próximo ascenso de masas no pueda ser nuevamente reducido a un itinerario parlamentario.

Eso exige organizar una vanguardia alrededor de una tarea verificable. Crear vínculos donde hoy existen luchas aisladas. Construir organismos donde hoy existen solamente direcciones burocráticas. Desarrollar solidaridad de clase donde hoy domina el corporativismo. Preparar una paralización nacional no fijando ficticiamente su fecha, sino multiplicando los puntos de apoyo materiales que un día permitan realizarla.

La actualidad europea confirma la pertinencia de esta perspectiva. En España, un movimiento por la vivienda ha conseguido colocar una huelga general en la agenda de todo el país. En Francia, un conflicto iniciado por estudiantes secundarios comienza a arrastrar docentes, universitarios y organizaciones sindicales mientras desnuda simultáneamente la crisis fiscal del Estado y la violencia policial. Bélgica ha visto también decenas de miles movilizados contra reformas de pensiones, desempleo y austeridad. No asistimos a un retorno mecánico de 1968 ni a una revolución europea en marcha. Asistimos a algo previo y políticamente decisivo: el debilitamiento progresivo de un orden que durante décadas pudo prometer que los antagonismos sociales encontrarían solución dentro de la alternancia electoral, la negociación colectiva y la expansión gradual de derechos.

La promesa del Estado de Bienestar, conque la burguesía a sustentando su legitimidad como clase gobernante, pierde materialidad. Y cuando se derrumba una mediación histórica, comienza una disputa por aquello que la sustituirá. La extrema derecha ofrece una respuesta: Estado fuerte, nacionalismo, disciplina social, persecución de inmigrantes y destrucción de las organizaciones obreras. El reformismo ofrece otra: reconstruir mediante nuevas elecciones la confianza en instituciones cuyos márgenes materiales de concesión son cada vez menores. Una política revolucionaria necesita ofrecer una tercera: la organización independiente de los trabajadores y de todos los sectores explotados alrededor de su propia capacidad de lucha y una estrategia de poder, de gobierno obrero sustentado en una concepción insurreccional. Por eso la huelga general no debe ser entendida simplemente como una consigna para mañana. Debe convertirse desde hoy en un principio de construcción. La tarea no consiste en proclamar que la dirección revolucionaria ya existe. Consiste en empezar a construirla allí donde realmente puede nacer: en la lucha por unir aquello que el capitalismo necesita mantener separado.

 

Gustavo Burgos

 

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