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“La cultura, el alma del pueblo, debe tratarse con amor”. Dionisio Albarrán
¿Regresa la censura a nuestro país? Algo empieza a oler mal en el Reino de Chile. ¿Y cuál es la inquietud, queridos feligreses, donde se incluyen los ateos e iconoclastas? Veamos este ejemplo el que llega a estremecer los pilares de la cultura. En Chile, el actual Pase Cultural es un beneficio de $50.000, que permite pagar diversos bienes, servicios y experiencias culturales, como: cine, teatro y danza. Así se entiende hasta hoy y el sistema funciona bien, aunque algunos sinvergüenzas lo utilizan en forma torcida. Todo dentro de nuestra cultura criolla, entendida en su amplia variedad. De súbito, don Francisco Undurraga, quien se hará cargo del Ministerio de la Cultura desde marzo, en la administración de Antonio Kast, anuncia que lo suprimirá. Quizá, tuvo un sueño maligno como los faraones, donde vio síntomas del Apocalipsis, a causa de la Inteligencia Artificial. Hordas de Patipelados concurriendo al Museo de Bellas Artes, al palacio de La Moneda o al teatro Municipal, a perturbar su quietud y a ensuciar con barro sus pulcras alfombras persas, fabricadas en China.
Casi, uno se atreve a pensar en la dictadura de la oligarquía-militar, desde 1973-1990 y que nos salpica hasta hoy. En aquella nefanda época de miedo y muerte, la censura asfixiaba el pensamiento. Cavilar distinto a como lo hacían las instituciones perversas del régimen, constituía una temeridad. El destino de quienes infringían esta norma, en el mejor de los casos, se llamaba cárcel o destierro. Época, donde la cultura y los medios de comunicación, críticos al régimen, permanecían sepultados en el cementerio del olvido. Publicar libros, revistas, diarios o la lira popular que se vendía en los trenes, debían someterse a la censura. Se podía escribir y pensar distinto, aunque en la clandestinidad. A escondidas. Funcionaba la Sociedad de escritores de Chile, desde luego a medio andar, vigilada por la DINA o la CNI.
¿Acaso, Francisco Undurraga aspira a restaurar aquellos días de oscurantismo? Extraño por no decir sorprendente. En aquella época maligna, andaba en bicicleta y su mundo se desenvolvía sin apremios. ¿Ha evaluado las consecuencias de una medida acelerada? ¿Ha apresurado su andar, como don Quijote de la Mancha, en busca de aventuras? Nadie sabe en una época donde pocos saben, cuánto va a suceder el día de mañana. Algo tiene de su jefe don Antonio Kast, quien anduvo de viaje protocolar, visitando cárceles en estos días, y ni siquiera se asomó por una universidad, o institución cultural, empeñado en conocer su funcionamiento. Sí, al parecer, estuvo en una clínica de emergencia a curase el meñique, el cual se atrapó en una puerta giratoria. No visitó fábricas de armamentos, pues habría sido un mayúsculo disparate.
En los medios de la cultura, don Francisco Undurraga, es un aparecido de última hora. Alguien sin anclajes para dirigir un Ministerio en permanente ebullición, donde las certezas no existen. Un ministro testaferro, barnizado a la diabla, llamado a perturbar la cultura. A revolver el gallinero en un espacio que día a día se renueva. Donde todo se cuestiona y se halla en permanente ebullición. Quizá, él lo ignore y si no lo ignora, se ha atrevido a ponerle el cascabel al gato. Aún es tiempo de recular, Undurraga, donde siempre el piso está jabonado. Consulta con la almohada tus equívocos pasos, que quizá te conduzcan a la defenestración, unido al repudio popular. Demuestra la sensatez, que te atribuye el escritor Jaime Hales. Aún es tiempo de enmendar rumbos en el tormentoso Estrecho de Magallanes. No siempre la audacia es sabiduría y el cementerio es el mejor ejemplo.
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