Reseña sobre PLAN CÓNDOR. Viejos secretos y nuevos hallazgos, de Francesca Lessa y Sebastián Santana
Por Mariana Risso Fernández
FUENTE LOM

A cincuenta años de la conformación formal de la coordinación represiva de las dictaduras de nuestra América del Sur, la edición de este libro en Chile es, en sí misma, un hecho de enorme importancia.
El volumen se abre con la dedicatoria de sus autores: A la memoria de las víctimas del Cóndor, a sus familias y amistades, y a quienes trabajan de forma constante y tenaz para seguir buscando la verdad y lograr justicia. Esa frase inicial marca el tono. Aquí no solo se expone una investigación académica seria, sino también se presenta un compromiso.
Este libro reconstruye la historia del Plan Cóndor para desmadejar una trama continental de terror, pero también para dar cuenta de la larga lucha por memoria, verdad y justicia. A partir de una investigación rigurosa se sigue el hilo que va desde la Guerra Fría y la Doctrina de Seguridad Nacional hasta la conformación de la coordinación represiva entre las dictaduras de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Perú, Ecuador y Uruguay.

La investigación es minuciosa y permite aproximarse a una sucesión casi abrumadora de hechos, testimonios y documentos. Durante más de una década, Francesca Lessa fue capaz de investigar, gestionar, seleccionar, ordenar y explicar apoyándose en documentos, en testimonios y en la comprobación judicial. Uno de los grandes logros de este libro es justamente transformar una trama histórica y política de enorme densidad en una narración accesible e ilustrada.
Un rasgo distintivo del libro es su propuesta visual, la obra cuenta con ilustraciones originales de Sebastián Santana que amplían la experiencia sensible de la lectura. Las escenas en blanco y negro, su trazo expresivo y a menudo fragmentario, reconstruyen atmósferas del miedo, la clandestinidad, la solidaridad y la resistencia; no se limitan a acompañar el texto ni son un adorno, sino que abren nuevas capas de sentido. Cada dibujo, con sus contrastes y movimientos, condensa gestos cargados de emoción, haciendo de la ilustración una verdadera potencia de la obra.
Este libro, al igual que nuestras historias están hechas de trazos y de gestos, de los terribles y de los maravillosos. Detrás, delante y a los costados del horror está la solidaridad, la valentía y el compromiso de una amplia generación de luchadores que querían cambiar el mundo.
Francesca y Sebastián nos muestran cómo, por ejemplo, Buenos Aires desde 1976 pasó de ser refugio para miles de exiliados sudamericanos a convertirse en una trampa mortal, donde los grupos de tareas secuestraban, torturaban y hacían desaparecer personas de varias nacionalidades.

Entre los casos emblemáticos el libro dedica especial atención al asesinato de Orlando Letelier, exministro del gobierno de Salvador Allende, cometido en Washington el 21 de setiembre de 1976. El atentado, organizado por la DINA en coordinación con otros servicios de inteligencia y grupos anticastristas, materializó de forma brutal el alcance transnacional del Plan Cóndor, una bomba colocada en el auto de Letelier explotó en plena capital norteamericana, causando su muerte y la de su joven colaboradora Ronni Moffitt. Este crimen, planificado lejos de los límites formales de la dictadura chilena, muestra cómo la red operativa del Plan Cóndor ampliaba su territorio de caza para perseguir y eliminar opositores políticos. La violencia no se limitó a los centros clandestinos del Cono Sur ni a sus fronteras, sino que se proyectó con acciones de terrorismo internacional.
En esa misma línea, el libro nos ofrece un panorama amplio sobre la búsqueda de justicia y las enormes dificultades que enfrentaron quienes intentaron llevar estos crímenes ante los tribunales. Sobre la situación actual de las causas judiciales se destaca:
“El país con mayor cantidad de investigaciones es Uruguay (17 causas), seguido de Argentina (14), Chile (8) e Italia (6).
Estas causas están investigando los casos de 461 víctimas de la coordinación represiva entre 1969 y 1981, y los delitos bajo investigación son, principalmente, secuestros, homicidios y torturas.
La judicialización de los delitos del Plan Cóndor ha sido posible, sobre todo, gracias a los esfuerzos incesantes de sobrevivientes, familiares, activistas y abogados de derechos humanos, periodistas, profesionales de la justicia y académicos. Estas personas buscadoras de justicia tuvieron que superar las fronteras de varios países, como también muchos obstáculos, para recopilar las pruebas necesarias para realizar los juicios del Cóndor.” (p. 273)
Esta descripción lleva a preguntarse: ¿Cómo lo hicieron y siguen haciendo las víctimas? ¿Cómo persisten, aún frente a los nuevos horrores que nos atraviesan? Son preguntas que debemos formularnos una y mil veces; preguntas sin respuesta definitiva, que quedan abiertas porque no es posible contestarlas del todo.

Cuestionar y hacer preguntas es también una forma de responder a la impunidad y a las máquinas del odio, esas que construyen la indiferencia y que precisan enemigos y enemigas a las que exterminar.
El 22 de julio de 1985, en el Juicio a las Juntas, el escritor Jorge Luis Borges ciego y con 85 años, escuchó el testimonio de Víctor Basterra, sobreviviente de la ESMA. Días más tarde, escribió una crónica en la que decía: “De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella”.
La frase, breve y contenida, revela un deseo imposible, olvidar. El horror, una vez nombrado y escuchado, ya no se deja apartar. No hay forma de librarse de ese conocimiento. Esa expresión condensa la paradoja de quienes leen un libro para conocer esta historia, leer o escuchar por momentos duele y, al mismo tiempo, escuchar y leer es imprescindible.
Borges, con su aspiración imposible, planteó el dilema que nos atraviesa, somos personas que heredan el peso insoportable de saber y, a la vez, la necesidad de no dejar nunca de saber, porque es con ese conocimiento que debemos construir el futuro.
La violencia brutal es siempre cobarde y por eso este libro la trasciende. Nos habla de la importancia de la justicia y lo hace desde el reconocimiento a la lucha de quienes llevan décadas buscándola.
La justicia absoluta no existe, la reparación es imposible. Pero es precisamente esa aspiración solidaria la que nos permite diferenciarnos de la brutalidad sádica de los criminales, del pragmatismo utilitario de sus cómplices y de la cobardía de quienes siguen eligiendo el silencio.
La justicia humana, tan esquiva e imperfecta, cuando se concreta no desciende de ninguna construcción divina, somos las personas quienes la reivindicamos, la buscamos, la gritamos y la hacemos posible.
El filósofo del lenguaje John L. Austin demostró cómo las palabras no solo describen hechos sino que también hacen cosas. Esa afirmación adquiere un sentido profundo si la aplicamos para pensar la búsqueda de justicia y los juicios de lesa humanidad. Allí las palabras y las sentencias no sólo narran el horror, sino que lo reconocen públicamente, lo inscriben en la memoria colectiva y producen efectos concretos en la vida de las personas.
Una sentencia judicial no borra el daño ni restituye lo perdido; sin embargo, tiene un poderoso valor performativo, transforma la condición de las víctimas al reconocerlas, nombra a los responsables, desmonta el silencio y fija una verdad jurídica que se suma a la verdad histórica y social. En ese acto de nombrar y condenar, las palabras de la justicia trazan una frontera simbólica entre la legalidad democrática y la violencia criminal del terrorismo de Estado.

Este libro también hace cosas con sus palabras y con sus imágenes.
Francesca y Sebastián, con esta obra, nos ayudan a navegar lo doloroso de nuestra historia, nombran para romper la impunidad del silencio y del anonimato, y nos señalan un lugar común en el que podemos encontrarnos, mirarnos y reconocernos como parte de una misma trama de memoria, lucha y dignidad.
El miedo, el terror y el espanto crecen en el vacío del silencio. La fantasía autoritaria, como decíamos, busca alcanzar un punto en que ya no quede resistencia ni palabras, solo asentimiento.
Pero nuestros sueños son parlanchines. Convivimos todo el tiempo con el dolor y el conflicto, con la discusión, con la diferencia y también con la esperanza. Nuestros sueños vienen de antes del horror, y la imperiosa necesidad de recordar sigue gritando que de lo que se trata es, siempre, de insistir en abrir lugares, en abrir imágenes, en decir palabras que permitan que ocurra la vida. Porque el mundo debe ser cambiado, y nuestros sueños merecen un futuro mejor.
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