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lunes, 2 de agosto de 2021

OPINIÓN


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Violencia y política

por  2 agosto, 2021

Violencia y política
Si bien la violencia política ha formado parte de importantes procesos de cambio social, existe la tendencia a homologar su descripción y análisis con la incitación a valerse de la misma. Aun cuando Hannah Arendt condenó abiertamente el carácter instrumental de la violencia en política, reconoció que “nadie que piense en la historia y la política puede ignorar el enorme papel que siempre ha jugado la violencia en los asuntos humanos. [Esta] puede servir para dramatizar las quejas y llamar la atención del público” (Sobre la violencia, 1970). Desde esta perspectiva es posible analizar algunas coyunturas políticas nacionales.

La presentación de la Convención Constitucional ante el Senado solicitando la “tramitación con la máxima celeridad” del proyecto de ley de indulto general a personas imputadas y condenadas por determinados delitos cometidos en el contexto del denominado “estallido social” (Boletín: 13941-17), fue inmediatamente calificada como apología a la violencia. Así, la afirmación de Fernando Atria sobre la incoherencia de “celebrar el proceso constituyente y al mismo tiempo pretender tratar, sin más, como delitos a los hechos que lo hicieron posible”, provocó fuertes críticas. En página editorial, El Mercurio la calificó “como una forma de justificar una serie de graves delitos” (“La semana política”, 11.07.21).

Al igual que el Senado, Atria analizó esta solicitud de amnistía en el contexto de la gran protesta nacional del 18/O, ya que –a su juicio– “toda amnistía se refiere a hechos que son delictuales y que continuarán siendo delictuales, pero que ocurrieron en un contexto en el cual esos hechos son reconocidos como portadores de un sentido político que excede el que puede ser expresado a través de las normas y sanciones penales”. Aun cuando ha insistido en que “lo anterior no es una evaluación normativa del 18 de octubre [y que es] una descripción de lo ocurrido” (El Desconcierto, 19.07.2021), las condenas continuaron.

Esta confusión entre lo analítico y lo normativo impide establecer relaciones de sentido entre violencia y política, las que se han reiterado en las últimas cuatro décadas en el país.

Si analizamos el 18/O, vemos que en esta crisis confluyeron diversos factores. Por una parte, las reiteradas muestras de desconexión entre las elites en el poder y las creencias y valores colectivos vigentes en la sociedad, evidenciadas en los reiterados escándalos de colusión empresarial; la incumplible promesa de un adecuado sistema previsional vía AFP; la captura de recursos fiscales por el sector privado en educación, salud y vivienda; el ocultamiento de pederastas por la Iglesia católica; los escándalos de probidad en las Fuerzas Armadas y Carabineros; y el financiamiento irregular de la política, entre otros. Estas conductas mostraron el uso malicioso del poder privado o corporativo que las instituciones existentes no fueron capaces de impedir o contener. Poder que no se ocupaba del interés colectivo, privilegiaba lo privado e individual, ante lo cual gran parte de la sociedad se indignó. 

Como lo indica David Beetham, “el poder que no es legítimo ofende nuestro sentido moral”. En efecto, a la deslegitimación de la forma de ejercer el poder por quienes lo detentaban, se sumaron permanentes afrentas morales por parte de autoridades gubernamentales. A las declaraciones del exministro de Economía, Juan Andrés Fontaine, a propósito del alza de treinta pesos en la tarifa del Metro (“El que madrugue será ayudado, de manera que alguien que sale más temprano y toma el metro a las 7 de la mañana tiene la posibilidad de una tarifa más baja que la de hoy”), se sumaron las del entonces ministro de Hacienda, Felipe Larraín, comentando el IPC (“Los que quieran regalar flores en este mes, las flores han caído un 3,6%”), del subsecretario de Redes Asistenciales de la época, Luis Castillo, ante la crisis del sistema de salud público (“Los pacientes siempre quieren ir temprano a un consultorio, algunos de ellos, porque no solamente van a ver al médico, sino que es un elemento social, de reunión social”), del ahora exministro de Vivienda y Urbanismo, Cristián Monckeberg, y actual constituyente, comentando la situación de vivienda en el país (“La gran mayoría son o somos propietarios, no tenemos mucho más, porque es nuestro patrimonio... La casita, dos departamentos”), a las que se sumaron las del ministro de Economía, Lucas Palacios, ante las críticas del profesorado por el regreso presencial a clases (“Llama la atención que busquen por todas las formas no trabajar. Es un caso único en el mundo y yo diría que de estudio”). 

De esta forma, la afrenta moral contenida en los permanentes lapsus de las autoridades de Gobierno se sumó a la indignación antes señalada, resultando en las acciones colectivas que terminaron dando origen al momento constitucional existente. Tal como lo recuerda Peter Sloterdijk, “el ataque de furia sabe a dónde dirigirse: quien se encuentra en un estado de ira exagerada ‘se dirige al mundo como la bala a la batalla’” (Ira y tiempo, 2006). 

En ese contexto de “ira exagerada” se firmó el “Acuerdo por la paz y la nueva Constitución”, momento en el cual el presidente del Senado, Jaime Quintana, señaló que “esta Constitución se la vamos a deber a las personas que llevan semanas en la calle manifestándose”. Desde la otra vereda, Francisco Covarrubias reconocía que “si aquí el terror no hubiera estado presente, las reacciones posiblemente hubieran sido distintas”, y agregó que durante el 18/O “existió la posibilidad de que el Presidente de Chile tuviera que salir en helicóptero”. Lo que posteriormente fue reafirmado por el exministro Gonzalo Blumel: “No exagero si digo que lo que estaba en juego en ese momento era nuestro sistema democrático”. La percepción mayoritaria en el país después de ese fin de semana se reflejó en el 59% de los entrevistados que percibió que la democracia estuvo en peligro (Activa Research, 2019). 

La violencia observada en ese período fue parte indisociable del inicio del “momento constitucional”, constatación que no conlleva una defensa de la misma. Tal como lo señaló Jorge Millas, “ya es un problema la determinación del mero concepto de la violencia. Aunque este tiene como centro la simple noción de fuerza, no se reduce a ella. También connota determinaciones cuantitativas, como la de grado; lógicas como la de ilegitimidad; axiológicas, como la de injusticia; psicológicas, como las de temor; pragmáticas, como las de absolutismo y sujeción. [...] La empiria del fenómeno pertenece al historiador, al sociólogo, al psicólogo. A ellos compete exponer su génesis y sus leyes. Por ellos sabemos que la violencia es una constante histórica, y que a ella están ligados muchos malos y algunos buenos acontecimientos de la vida colectiva” (Proyecto de Obras Completas, 2008). 

Sociológicamente, esta constante histórica se expresó en la transición a la democracia en los ochenta. Como señaló el historiador Víctor Figueroa Clark, “lejos de ser irrelevante o contraproductiva, las formas de resistencia activa de la izquierda y el uso de la ‘violencia aguda’ jugó un importante papel en darle forma a la transición chilena”. (“The Forgotten History of the Chilean Transition: Armed Resistance Against Pinochet and US Policy towards Chile in the 1980s”, 2015). En la misma dirección, el historiador de la diplomacia de los Estados Unidos hacia Chile, Pablo Rubio Apiolaza, muestra que en los documentos oficiales estadounidenses la represión tras el atentado a Pinochet “junto con provocar el regreso de la violencia, obligó a algunos a reafirmar la salida institucional y pactada al régimen militar, debido al inminente temor a un estallido o desborde social mayor con peores consecuencias” (Por los Ojos del Águila. La transición democrática chilena vista desde el gobierno de los Estados Unidos, 1981-1994, por aparecer). Igualmente, señala que “Estados Unidos buscó la promoción de una cierta estabilidad social y política, quitando simultáneamente el apoyo a la propia figura de Pinochet, a quien atribuía el aumento de la violencia política y la violación de los Derechos Humanos” (“Los Estados Unidos y la transición a la democracia en Chile: Lecturas e influencias entre 1985 y 1988”, 2019).

En el caso del creciente conflicto mapuche, esta asociación entre violencia y política se vuelve a repetir. Así, la doctora en Derecho, Nancy Yáñez, ha establecido la estrecha relación entre la falta de respuesta a las demandas del pueblo mapuche y la violencia existente en el Wallmapu: “Violencia política como resultado de la pérdida de sus tierras ancestrales. Estas condiciones alertan que el pueblo mapuche enfrenta un serio riesgo de sobrevivencia como pueblo. Es responsabilidad del Estado de Chile revertir esta situación” (“Los mapuche rurales y urbanos 2016: un análisis desde el enfoque de derechos indígenas”, Centro de Estudios Públicos, 2017).

En estas tres coyunturas políticas se encuentra presente un alto grado de violencia que la derecha en el poder no ha sido capaz de prevenir. Tal como lo recordó Genaro Arriagada, la derecha “en 2018 aseguró ¡no habrá reforma! Pero en 2019 debió sumarse a un acuerdo para abrir un proceso político que diera salida a un gobierno muy debilitado, con 20 estaciones de metro incendiadas y la policía sobrepasada” (“Hablemos sobre la derecha”, El Mercurio, 12.07.21). Por ello, Juan Luis Ossa, reflexionando sobre la incapacidad de estos sectores para prevenir tales situaciones, señaló: “El pensador conservador Edmund Burke decía que una reforma hecha a tiempo, impide una revolución. Uno de los déficits de la centroderecha es que se opuso a las reformas o más bien se opuso a tener un espíritu o una cultura reformista para el siglo XXI y, por momentos, la vi muy anclada en los 90” (Entrevista, Ex-Ante, julio 21, 2021). 

Cabe preguntarse, entonces, el porqué de esta incapacidad de la derecha para prever la eclosión de la violencia política y proveer la paz social como bien público. Esta incompetencia ya la había razonado Maquiavelo en El Príncipe, cuando expresó que “no existe hombre lo suficientemente dúctil como para adaptarse a todas las circunstancias, ya porque no puede desviarse de aquello a lo que la naturaleza lo inclina, ya porque no puede resignarse a abandonar un camino que siempre le ha sido próspero”. Quizás por estas razones, la conclusión a la que forzadamente llegó Cecilia Morel, después del 18/O (“Vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás”), siempre llega tarde.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

domingo, 1 de agosto de 2021

DDHH CHILE.

 Domingo 1 de agosto 2021


Ministro en visita confirma identidad de osamentas de detenido desaparecido encontradas en Chillán
Los restos de Juan Mauricio Poblete Tropa fueron hallados en 1990 en el Cementerio de Chillán. Un oficial (r) de carabineros pasará de ser acusado de secuestro a homicidio calificado por la desaparición del joven en 1973.
Carlos Aldana, ministro en visita para causas por violaciones a los Derechos Humanos, le informó a la familia del detenido desaparecido, Juan Mauricio Poblete Tropa, que las osamentas localizadas en el Cementerio de Chillán en 1990 corresponden al joven asesinado en dictadura.
Acompañado por los profesionales que realizaron los peritajes del Servicio Médico Legal, y en compañía de abogados del la Oficina de Derechos Humanos del Tribunal de alzada de Concepción, Aldana le pudo confirmar a la familia de Poblete Tropa que las osamentas periciadas corresponden al joven de 20 años que fue detenido por carabineros en 1973.
Según consigna Radio Bio Bio, el ministro Aldana les dijo a los familiares que pueden retirar y disponer de los restos de Juan Mauricio Poblete Tropa para realizar su funeral. Por su parte, y según detalla el mismo medio, la familia le agradeció al ministro en visita por «el compromiso que ha demostrado para lograr el esclarecimiento de los hechos». Así lo manifestó a la radio mencionada, María Cristina Poblete Tropa, hermana de la víctima.
En dicha causa por la desaparición forzada y asesinato de Poblete Tropa en dictadura, el ministro Aldana acusó en calidad de autor al general (r) de Carabineros, Patricio Jeldres Rodríguez. El hecho habría ocurrido a partir del 23 de septiembre de 1973 en Chillán, fecha y lugar donde se supo de Poblete por última vez.
Según detalla la carpeta investigativa, se logró verificar que cerca de la medianoche del 23 de septiembre de 1973 el comerciante de 20 años, y sin militancia política conocida, fue sacado del hogar de sus padres por un grupo de carabineros comandados por el entonces teniente Jeldres. Posteriormente, el 27 de septiembre de ese año su madre pudo saber por última vez de Poblete, quien fue visto subiéndose a un furgón con rumbo desconocido.
De Poblete no se supo más de él hasta que la madre recibió de Mario Weitzel Trincado algunos artículos personales de su hijo, que fueron hallados en un cuerpo sin cabeza, en las cercanías del Puente «El Ala» el 24 de diciembre de 1973. Junto a él, Weitzel Trincado encontró el cuerpo de su hijo, Patricio Lautaro Weitzel Pérez.
Ahora, al confirmar la identidad de Poblete Tropa, su nombre saldrá de la lista de detenidos desaparecidos. Asimismo, la acusación por secuestro en contra de Patricio Jeldres será retipificada como homicidio calificado en contra del joven asesinado.
VER VIDEO AQUI

Confirman que osamentas halladas en cementerio de Chillán en 1990 eran de detenido desaparecido Juan Poblete Tropa

  01 agosto 2021

Después de 30 años, finalmente la justicia chilena en conjunto con el Servicio Médico Legal (SML), confirmaron este domingo que los restos inhumados en el cementerio de Chillán corresponden al detenido desaparecido Juan Mauricio Poblete Tropa.

El paradero de Poblete era desconocido por sus familiares desde septiembre de 1973, cuando en medio del golpe militar propiciado por los militares chilenos en el país, desapareció y desde entonces su búsqueda se hizo infructuosa hasta 1990, cuando se encontraron unas osamentas de un cuerpo que, presumiblemente, pertenecían a otro detenido desaparecido.

Fue en una reunión virtual, en la que participó el ministro en visita de la causa, Carlos Aldana, y familiares de Poblete, que se entregaron los resultados de los peritajes efectuados a las osamentas y que ratificaron que ellas correspondían al joven desaparecido en la dictadura militar.

Según informó radio Bío Bío, desde 1990, cuando fueron hallados los restos del cuerpo inhumado, hubo variadas sospechas de que dichas osamentas “pertenecían a otros detenidos desaparecidos, como Arturo Prat Martí y José Gregorio Retamal”, razón por la cual los peritajes resultaron cruciales para determinar la real identidad del cuerpo.

Algo que la abogada de los familiares del fallecido, Patricia Parra, valoró ya que permitió darle tranquilidad a los parientes de Poblete y aclarar las dudas que mantenían los familiares de los otros detenidos desaparecidos.

“Ha sido reparador y sanador, la certeza, no solamente íntima y personal de que los restos inhumados ahí eran los del hijo, hermano y tío, sino también para la tranquilidad de quienes pudieran pensar que ahí se pudieran encontrar los restos de quienes serían sus familiares”, señaló la abogada Parra, que confirmó además que tras este resultado pericial, el nombre de Poblete saldrá de la lista de detenidos desaparecidos.

Esto, agregó la abogada, cambiará de igual forma la carátula del delito de secuestro por el que está imputado el general en retiro de Carabineros, Patricio Jeldres, quien ahora deberá responder a la justicia por el homicidio calificado de Poblete.

El detenido de 20 años fue aprehendido por una patrulla compuesta por carabineros y militares y llevado a una comisaría de Chillán. Ahí habría sido asesinado por uniformados y su cuerpo lanzado a un río cercano.

CHILE PAÍS DE IMPUNIDAD.

 Domingo 1 de agosto 2021

Esto es el Gobierno de Piñera y la Derecha.
Queremos justicia para todas y todos los que hemos sido víctima del Terrorismo de Estado del Gobierno de Miguel Juan Sebastián Piñera.
Marcos Rodriguez G
DDHH CHILE.
Puede ser una imagen de 6 personas y texto

CHILE PAÍS DE EXTERMINIO.

 Domingo 1 de agosto 2021

Ante este genocidio del Gobierno de Sebastián Piñera y la Derecha
Comparto este aviso.
Puede ser una imagen de 1 persona y texto que dice "START NEXT Solidarität mit den verlorenen Augen Helfen Sie der "Coordinadora de Victimas de Trauma Ocular" aus Chile."
👁️Crowdfunding Internacional. Se ha lanzado "Die verlorenen Augen/Los ojos perdidos", un cortometraje con las imágenes de víctimas de trauma ocular que han sufrido violencia estatal.
Este video se exhibe en la muestra "Represión y resistencia social en Chile- ayer y hoy", en Berlín, Alemania 🇩🇪 con el fin de recaudar fondos para nuestra coordinadora a través de un Crowdfunding internacional, entendiendo a que las necesidades de las víctimas se incrementan y la reparación estatal es vergonzosa.
Para donaciones ➡️https://www.startnext.com/solidaritaet-mit-den-verlorenen-augen
Se agradece difusión en redes internacionales 🙏 si conocen grupos de Chilenxs en el extranjero por favor háganle llegar esta información, solo nos quedan 25 días de recaudación.

En pedir, no hay engaño: Iván Moreira (UDI) pide indulto para detenidos por violaciones a los derechos humanos presos en Punta Peuco

 01 agosto 2021

Los senadores Iván Moreira (UDI) y Juan Ignacio Latorre (RD) tuvieron un cruce de palabras respecto a los recientes incidentes en Barrio Lastarria, luego de las manifestaciones ocurridas el pasado viernes en el centro de Santiago.

Ambos solidarizaron con los locatarios afectados, pero Latorre recalcó que el vandalismo no ocurrió producto de los dichos de Fabiola Campillai, quien durante esa jornada llamó a “quemarlo y destruirlo todo” tras conocer la revocación de la prisión preventiva del ex carabinero Patricio Maturana, imputado por el ataque que provocó la pérdida de tres sentidos a la mujer de 36 años.

“A ella no se le puede responsabilizar por los desmanes que ocurrieron en el Barrio Lastarria”, señaló el senador RD, quien señaló que “la frustración y la rabia de esa persona es brutal”.

En ese sentido, expresó: “la rabia, la injusticia y la impunidad que un agente del Estado te deje ciego y la Justicia lo deje en arresto domiciliario, mientras hay otras personas con sesgo de clases, jóvenes, pobladores y estudiantes que salen a protestar los encierran por desórdenes públicos, esa es una injusticia brutal“.

“Mayoritariamente en Chile se encarcela a la pobreza y a la exclusión social, los delincuentes de cuello y corbata o mira la plata que se han robado en el Ejército, firma mensual y arraigo nacional. No pisan un día la cárcel. Violadores de DD.HH. con arresto domiciliario, esa es la Justicia que hay en este país“, agregó el parlamentario de oposición.

Precisamente estas últimas palabras provocaron la molestia de Iván Moreira en Chilevisión, quien criticó el proyecto de indulto a los “presos de la revuelta” y pidió el mismo trato para quienes cumplen condena en el recinto penal Punta Peuco, donde se encuentran algunos acusados por violaciones a los DD.HH. durante la dictadura militar.

“Ustedes a los violentistas que destruyen el país le ofrecen una salida política, mientras hay hombres que tienen cáncer, están enfermos, se están pudriendo en Punta Peuco. Para ellos no hay compasión, indulto ni nada, pero para la izquierda sí hay”, aseveró el senador UDI.

En ese contexto, sostuvo: “Tú me podrás decir que son crímenes de lesa humanidad, pero una persona que tiene 90 años y tiene cáncer, ¿esa persona no tiene derecho a morir en su casa con su familia? ¿qué beneficio tienen esas personas? Ninguna”.

OPINION.

 

¿Dónde está el pueblo?

Por: Javier Agüero Águila | Publicado: 01.08.2021
¿Dónde está el pueblo?|
Lo que nos interesa y moviliza estos párrafos son las siguientes preguntas: ¿dónde está el pueblo hoy en Chile?, ¿es el pueblo chileno aquel que se manifestó espontáneamente el 18 de octubre de 2019, cruzando nuestra geografía, en todos los puntos cardinales, repleto de simbolismo y construyendo un relato tan históricamente justo como urgente? O ¿el pueblo es aquel democrático que votó por echar abajo la Constitución de Jaime Guzmán el 25 de octubre del 2020?, ¿está el pueblo representado en la Convención Constituyente?, ¿se condensa el pueblo en la “Lista del Pueblo”?, ¿cuál es el nombre de nuestro pueblo si existe algo así como “nuestro” pueblo?

El actual escenario político chileno ha traído de vuelta y repuesto, de manera rotunda, la palabra “pueblo”. Ésta no era tan relevante ni tenía tanta escena, quizás, desde los tiempos de la Unidad Popular. Durante la dictadura el término, asociado al marxismo, fue barrido del mapa. Después, durante la transición, de pueblo se pasó a “gente”, para evitar despeñaderos y mantener tranquilo al abyecto general que amenazaba de la siguiente manera: “El león dormita pero no duerme” (Pinochet, 1998); y favorecer así el tránsito a una bizarra “normalización social”. Luego, ya en el siglo XXI, ingresó con fuerza la noción de ciudadanía que, probablemente, esté a medio camino entre pueblo y gente. Con todo, al día de hoy, su sólo nombre exige y demanda análisis.

En principio, no es posible, y según lo que parece indicar la historia, situar a la noción de pueblo, instituirle un lugar específico o una definición absoluta. Tampoco el pueblo es propiedad de una ideología particular o de un tratamiento político único, por el contrario, la palabra misma se revela extremadamente resbalosa y carece de un domicilio compartido a lo largo del devenir histórico. En este sentido las ciencias sociales, la filosofía, y por supuesto la historia, dan cuenta del carácter fundamentalmente resignificativo de esta palabra y de cómo tras su supuesta pureza y condición inmune a todo campo ideológico-bacterial, lo que finalmente subyace es una poderosa operación que siempre pretende obtener rédito político, desplegándose tras ella una trama de poder de orden mayor que ha rentabilizado o constituido sistemas completos invocando el nombre: “pueblo”.

Diremos, como generalidad, que el pueblo, en su determinación simbólica, tiende a estar rodeado, acechado, abriendo el permanente apetito de los poderes o ideologías de una época. No obstante, si lo sometemos a una mirada analítica algo más amplia, el pueblo es incategorizable y escapa largamente a cualquier intento de apropiación. Dicho de otro modo: desde el poder, el pueblo siempre será entendido como un espacio vacío de significación, el cual se “completa”, instrumentalmente, en tanto es el poder mismo quien le injerta al pueblo aquello que, se entiende, le falta para lograr su realización.

Como sostiene el filósofo francés Alain Badiou, en el breve libro colectivo ¿Qué es un pueblo? (Qu’est-ce qu’un peuple?, de 2013), se trataría de la fórmula siguiente: “pueblo + adjetivo”. Esta ecuación permite entender al pueblo en su espiral de resignificación continua. Queremos decir con esto que el pueblo como tal nunca termina de estibar y, más bien, abre siempre a una nueva retórica que estará defendiendo una u otra posición dominante.

Es en esta dirección, por ejemplo, que Hitler hablaba del “pueblo alemán”, siendo el lema del nazismo “¡Un pueblo, un imperio, un guía!” (Ein Volk, ein Reich, ein Führer!), romantizando la palabra y haciendo de ella un significante solidario de la barbarie. Si el pueblo, en esta perspectiva, se comprende como una sociedad entera que se cuadra tras la figura del führer, venerándolo y contribuyendo a lo que el poeta francés Paul Claudel –pensando en los horrores de Auschwitz– denominó “las monstruosas orgías del odio”, pues es preciso decir que el pueblo en este sentido es un vector clave cuando del exterminio se ha tratado y que, de noble y puro, no tiene nada.

Otra significación posible, y esta vez no deshumanizante sino que heroica, es la que se dio en Francia durante la resistencia al nazismo. Durante este periodo, la unión de diferentes fuerzas contra la invasión alemana dio lugar a la creación del movimiento llamado “La resistencia francesa”, y en la que la palabra pueblo ocupó un lugar principal. Famosa es la frase de Charles de Gaulle el 25 de agosto de 1944 (día de la liberación de París): “¡París ultrajada! ¡París destrozada! ¡París martirizada! Pero París ha sido liberada, liberada por ella misma, liberada por su pueblo”. El pueblo, en este contexto, adquiere una dimensión y una retórica que inspira, casi poéticamente, formas de luchas justas al interior de las cuales el pueblo mismo se levanta para evitar la agresión y recuperarse en la dignidad de la resistencia y la liberación. Del mismo modo el pueblo se entiende, en la frase de Charles de Gaulle, como aquello que libera y es liberado, todo en un sólo movimiento.

Citaremos un último ejemplo que, quizás, nos es más cercano. El peronismo o “justicialismo” surgido en Argentina a mediados de la década de los 40 (y que definió y define la articulación de la política en ese país hasta al día de hoy), eleva la categoría de pueblo a una órbita casi religiosa. No se trata, a diferencia de los anteriores, de un culto al líder hipnóticamente brutal como lo fue a Hitler, ni del heroísmo propio de la resistencia francesa, sino más bien de una suerte de una canonización de la palabra que le permite al peronismo edificar un discurso completo, radical y con un tilde fascista no menos notorio; no en el sentido de la enajenada violencia típica del fascismo a la italiana ni de sus conocidos métodos de tortura y muerte, sino que en tanto el peronismo deambuló sin complejos entre un acentuando nacionalismo y una retórica extendidamente populista, la que, sin embargo, se cultiva y rebota con inusitada potencia en la realidad de las clases trabajadoras, quienes ven en Perón y Evita figuras mesiánicas que echaban por tierra la necesidad de una política de corte partidista. Conocidas son las “Veinte verdades peronistas” que Perón mismo da a conocer el 17 de octubre de 1950, con motivo del 5° aniversario del “Día de la Lealtad”. Destacamos la siguiente: «El gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés: el del pueblo».

En fin, los ejemplos son innumerables, y en cada uno de ellos, con mayor o menor justicia, la categoría de pueblo ha sido el eco de épocas, momentos, intereses y objetivos específicos. En esta línea bien vale preguntarse si existe algo así como una “ontología del pueblo”, es decir, una suerte de sustancia previa y fundamental donde todos los imaginarios y usos de la palabra tengan una suerte de respaldo metafísico. No lo creo: el pueblo es un significante vacío (por usar burdamente el término lacaniano) que siempre está disponible para ser llenado con significado histórico y político. Su realidad, si algo así existe, es la de no tener ni punto de partida ni punto de llegada. Tampoco, como se ha intentado mostrar, el pueblo es intrínsecamente bueno, noble, puro, pudiendo ser también un agente central que tributa de los salvajismos y de las histerias colectivas que nos han dejado, a modo de herencia, las cicatrices más atroces de la historia.

Ahora bien, es importante, brevemente, hacer la diferencia entre pueblo y populismo. El populismo es un sistema político de gobierno difundido centralmente a partir de una retórica de amplio alcance que se coordina con un discurso anti-élites, y que tiene por “objeto” a las clases populares. Su intención es, primero, captar su atención, hacer inteligible el mensaje y definir la adhesión. Tal como lo plantea Ernesto Laclau en La razón populista (2005), y con lo que no puedo estar más de acuerdo: “El populismo es, simplemente, un modo de construir lo político”. De esta manera, populismo y pueblo se mimetizan, dando sentido a las reivindicaciones de los sectores más postergados de una sociedad. Este era, creemos, también el imaginario de Salvador Allende, quien tuvo la sensibilidad para identificar a “un” pueblo y su época, sus necesidades y sueños, sus desgracias y anhelos. El populismo no es, necesariamente, una categoría peyorativa o una caricatura artificialmente creada por el primermundismo para describir lo que ocurre en su dúctil y útil periferia.

Lo que nos interesa y moviliza estos párrafos son las siguientes preguntas: ¿dónde está el pueblo hoy en Chile?, ¿es el pueblo chileno aquel que se manifestó espontáneamente el 18 de octubre de 2019, cruzando nuestra geografía, en todos los puntos cardinales, repleto de simbolismo y construyendo un relato tan históricamente justo como urgente? O ¿el pueblo es aquel democrático que votó por echar abajo la Constitución de Jaime Guzmán el 25 de octubre del 2020?, ¿está el pueblo representado en la Convención Constituyente?, ¿se condensa el pueblo en la “Lista del Pueblo”?, ¿cuál es el nombre de nuestro pueblo si existe algo así como “nuestro” pueblo?

Las preguntas pueden ser múltiples y heterogéneas tal como el pueblo mismo lo es. Quizás no hay “pueblo” sino “pueblos”, pero de esto tampoco tengo seguridad. Lo que sí creo que saber (o quiero creer) es que de existir el pueblo éste no es definible, resumible, abreviable, situado, sino más bien indefinible, heterogéneo, expansivo, inubicable y, sobre todo, sin cristalización ni objetivación posibles. Por lo tanto, no apropiable por nada ni nadie y siempre abierto a su propia emancipación. Pero quiero creer, sobre todo, que el pueblo no tiene mesías y sólo él, en su absoluta indeterminación, es dueño de su propia épica.

Javier Agüero Águila
Director del Departamento de Filosofía de la Universidad Católica del Maule.

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