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Durante décadas, Chile discutió quiénes fueron —psicológicamente— los ejecutores de la represión estatal en dictadura. En tribunales, informes de verdad y debates públicos se enfrentaron hipótesis morales e históricas: ¿fanáticos ideológicos?, ¿soldados obedientes?, ¿hombres desbordados por el contexto?, ¿personalidades especialmente predispuestas a la violencia? La conversación fue intensa, pero siempre especulativa. Nunca clínica.
Ese vacío comenzó a cerrarse cuando la psicóloga forense Elizabeth León-Mayer y la psicóloga Joanna Rocuant ingresaron durante más de un año al penal de Punta Peuco para entrevistar y evaluar al 84% de los condenados por crímenes de lesa humanidad allí recluidos. No lo hicieron a partir de testimonios indirectos ni interpretaciones ideológicas, sino aplicando el principal instrumento internacional para medir psicopatía en contextos forenses: la Psychopathy Checklist-Revised (PCL-R), creada por el psicólogo canadiense Robert D. Hare.
El resultado fue publicado en el Journal of Criminal Justice, con la firma de León-Mayer, Rocuant, Hare y otros investigadores internacionales. Se trata del primer estudio científico directo sobre violadores de derechos humanos en Chile que ha publicado The Clinic Y sus hallazgos incomodan: menos impulsividad que en la delincuencia común, pero niveles excepcionalmente altos de frialdad emocional, manipulación y ausencia de culpa.
“¿Qué víctima? Yo solo maté comunistas”
La escena es reveladora. Un adulto mayor, condenado por delitos de lesa humanidad y recluido en Punta Peuco, se sienta frente a León-Mayer. La entrevista es estructurada, clínica. En un momento, ella formula una pregunta directa: si alguna vez ha pensado en sus víctimas.
El hombre la mira fijo.
—¿Qué víctima? —responde.
La psicóloga insiste. Entonces él agrega:
—Yo solo maté comunistas.
En la evaluación no aparecen signos de culpa ni de conflicto interno. Sin embargo, al día siguiente, León-Mayer lo ve en televisión, sentado junto a un sacerdote, pidiendo perdón públicamente. El religioso habla de reflexión y arrepentimiento. La escena contrasta brutalmente con la entrevista del día anterior. “Yo quedé helada”, recuerda ella.
Ese desfase entre el discurso público y la vivencia privada del acto cometido es, precisamente, uno de los patrones que el estudio terminaría documentando: frialdad emocional, manejo instrumental del relato y ausencia de atribución interna de responsabilidad.
El dato que cambia la discusión
El estudio evaluó a 101 condenados, equivalentes al 84% de la población total del penal. Todos fueron sometidos al PCL-R, instrumento ampliamente utilizado en el mundo para medir psicopatía en contextos penitenciarios.
El primer resultado parece desconcertante: el puntaje promedio de los internos de Punta Peuco fue 21,06, prácticamente idéntico al de delincuentes comunes (20,93). A simple vista, no habría diferencias sustantivas.
Pero el hallazgo decisivo surge al desagregar los factores que componen la psicopatía. El PCL-R distingue, entre otros, un componente interpersonal-afectivo (manipulación, narcisismo, falta de empatía, ausencia de culpa) y un componente conductual-antisocial (impulsividad, descontrol, historial delictivo temprano).
En el caso de Punta Peuco, los niveles en el factor interpersonal-afectivo fueron excepcionalmente altos, ubicándose cerca del percentil 92 en comparación con delincuentes internacionales. Un 10% alcanzó el puntaje máximo posible en esa dimensión; entre delincuentes comunes, eso ocurre apenas en el 0,5% de los casos.
En contraste, los internos obtuvieron puntajes bajos en impulsividad y desorganización vital. No aparecen como sujetos desbordados ni caóticos. La violencia no fue producto del impulso: fue planificada.
El perfil “callous–conning”
Los investigadores concluyen que la mayoría de los evaluados encaja en un perfil denominado “callous–conning”: sujetos fríos, calculadores, socialmente funcionales, capaces de ejercer violencia extrema sin remordimiento y sin antecedentes visibles de conducta antisocial.
No se trata del estereotipo del criminal marginal con historia de delitos tempranos. Muchos de los evaluados terminaron la educación escolar, formaron familia y mantuvieron trayectorias laborales estables. El 77% estaba casado; la edad promedio era de 71 años; dos tercios provenían del Ejército y un tercio de fuerzas policiales; el 65% correspondía a oficiales.
No presentaban diagnósticos psiquiátricos relevantes ni deterioro cognitivo significativo. Tampoco altos niveles de consumo problemático de sustancias. La “normalidad” externa no excluía rasgos psicopáticos; los encubría.
En palabras de Rocuant, en las cárceles tradicionales los puntajes más altos suelen concentrarse en la trayectoria antisocial temprana. En Punta Peuco ocurre lo inverso: predominan la manipulación, el control, el narcisismo y la falta de empatía, sin impulsividad marcada.
Son, en cierto sentido, “criminales al revés”: más fríos que explosivos.
Selección y estructura
Uno de los hallazgos más inquietantes no se refiere solo a la personalidad individual, sino al funcionamiento institucional. Según León-Mayer, muchos mandos medios y bajos no fueron simplemente obedientes: fueron escogidos.
Cuando algunos entrevistados afirmaban “a mí me mandaron”, la psicóloga lo interpretaba de otro modo: no eran piezas azarosas. Habían sido seleccionados por su capacidad de ejercer poder sin empatía, por su antisocialidad funcional.
La hipótesis es que estructuras jerárquicas pueden no solo tolerar este perfil, sino detectarlo y promoverlo. Sujetos con alta frialdad emocional y capacidad de manipulación pueden adaptarse con eficacia a sistemas donde el control, la obediencia y la violencia se institucionalizan.
Esto desmonta la imagen cultural del torturador como alguien desbordado o sádico en el sentido caótico del término. En las entrevistas no aparecía impulsividad ni descontrol. Aparecía convicción, planificación y coherencia narrativa.
Psicopatía a lo largo de la vida
La edad avanzada de los evaluados —entre 50 y 90 años— permitió observar la estabilidad del rasgo en el tiempo. Según León-Mayer, la psicopatía se manifiesta desde edades tempranas y se mantiene a lo largo de la vida; lo que cambia es su forma de expresión.
Un hombre de 75 años ya no puede actuar como a los 30. Pero la estructura de personalidad no desaparece. La ausencia de culpa, la incapacidad de empatía y el déficit en el sentido atribucional interno —reconocer como propios los actos cometidos— persisten.
En las entrevistas, la pregunta por las víctimas solía generar respuestas de negación o despersonalización. “¿Qué víctima?” no era solo una frase; era una posición psicológica. Para algunos, el otro no calificaba como persona. Sin reconocimiento del otro, no hay culpa posible.
Una evidencia ignorada
El estudio fue publicado hace tres años en una revista internacional revisada por pares. Sin embargo, en Chile pasó casi inadvertido. León-Mayer afirma haber enviado los resultados a la Subsecretaría de Derechos Humanos con la expectativa de que el Estado incorporara esta evidencia al debate público y a las políticas de memoria. No obtuvo respuesta.
La investigación constituye un caso único en el mundo: una evaluación clínica sistemática de un grupo amplio de condenados por violaciones de derechos humanos. No es una interpretación histórica ni un alegato político. Es evidencia empírica.
Memoria, justicia y conocimiento
¿Qué hace una sociedad con este tipo de información? La respuesta no es simple. El estudio no reemplaza los procesos judiciales ni las discusiones éticas. Pero aporta un elemento nuevo: comprensión clínica del perfil psicológico de quienes ejecutaron la represión.
En un país que instaló el “nunca más” como horizonte moral, conocer la estructura de personalidad que hizo posible esa violencia no es un ejercicio morboso, sino preventivo. Si ciertos rasgos pueden pasar inadvertidos —o incluso ser promovidos— en contextos jerárquicos, ignorarlos no los elimina.
Muchos de los evaluados están muriendo. Con ellos se extinguen historias individuales. Pero la evidencia permanece. Y plantea una lección incómoda: la violencia estatal no fue necesariamente obra de hombres caóticos o fuera de sí, sino de sujetos fríos, funcionales y socialmente integrados, capaces de ejercer crueldad sin remordimiento.
Comprender eso no reabre heridas por sí mismo. Las ilumina desde otro ángulo. Porque la memoria no es solo recordar lo que ocurrió, sino entender quiénes lo hicieron —y cómo fueron posibles.
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