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sábado, 2 de mayo de 2026

Ecología chilensis: ranitas de Darwin y pirgüines de Kast

COLUMNISTAS


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Los anuncios de recortes presupuestarios, los desatinos de la vocera de gobierno, la ineptitud de la ministra de seguridad, la pelea entre colegas del gabinete, entre otras maravillas, han desatado un sinnúmero de opiniones, comparaciones odiosas y otras no tanto, chistes, discusiones acerca de pertinencias, capacidades, historiales y muchos memes.

Pero lo que resulta comparativamente más grave es la ignorancia sublimada a grados mayores que ha desplegado el presidente José Antonio Kast, sin que nadie lo haya obligado.

Su definición de humedal, la que cualquier interesado puede encontrar con solo poner la palabra en un buscador o haber pasado quinto año básico, ha debido hacer palidecer a algún asesor o ministro más o menos conocedor del tema.

De haberlo.

Repitámoslo: este país jamás se liberó del todo de las consecuencias más trágicas de la dictadura. Para decir las cosas como son, se permitió y facilitó por aquello de las tratativas secretas de lo que fue la Concertación, que los sectores que propiciaron, prepararon, financiaron, sostuvieron y defendieron la asonada criminal y la posterior dictadura, tengan ahora una pátina de gente decente, democrática, respetuosa de lo diferente y genuinamente patriótica. Y de paso, que se hayan adueñado de todo lo que les restaba.

Entonces, como resultado necesario y según se trata la política, aquellos que se alzaron como triunfadores en las últimas elecciones asumieron su legítimo derecho de imponer sus condiciones.

Embarcados en esto de dirigir un país, a este gente no le complica mucho la derivación compleja de las explicaciones, programas y planes. Haciendo gala de una mentalidad pragmática y sin muchos vericuetos, se adentran en tomar decisiones, dar opiniones, entregar informaciones sin temor al qué dirán si se falta a lo preciso o a lo que obliga lo verdadero. O al conocimiento elemental.

Y la explicación puede ser muy simple en su brutalidad: les da lo mismo porque se criaron en un sustrato de impunidad que los exime de los efectos del qué dirán de los resentidos de siempre que critican todo, aquella mácula que debe ser anulada para bien de la sociedad. Después de todo, si ellos no saben habrá otros que, vicariamente, sabrán por ellos.

Para eso son millonarios.

La cultura ultraderechista está anclada indisolublemente a principios religiosos duros e intransigentes en los que las cosas son porque sí no más, tal lo dicen las escrituras. Eso de buscarle explicación a todo es una maniobra típica de comunistas ateos, inhumanos, anormales y genocidas a los que más vale tener presos o muertos.

Todo eso y más oculta la subcultura patriarcal ultraderechista en la que se oculta más de lo que se muestra en términos de conocimiento, dobles y triples vidas, cuentas en paraísos fiscales, misas diarias puntualmente traicionadas, negación de derechos y de vez en cuando la necesidad de una repasada con infantería, tanques y aviación para poner las cosas en su lugar.

Mientras tanto, no queda más que asumir el tener un presidente que cree que ranitas, pirgüines y un área húmeda hace un humedal o que las aguas de un río se desperdician porque caen al mar. Alguien con ese nivel de poder e ignorancia, en vez de risas, debería generar comprensible temor.

Sobre todo, si fue electo con casi el 60% de los votos.

 

Ricardo Candia Cares

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