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sábado, 2 de mayo de 2026

REPORTAJES

 

Adelanto del libro de conversaciones íntimas con Carolina Tohá, primera parte: “Hay dos niñeces en mi vida: la niñez con mi papá y la niñez sin mi papá”

Llega a librerías "La política se metió conmigo", un libro de conversaciones con Carolina Tohá, realizadas por Daniel Hopenhayn. Ahí, la exministra repasa su vida completa, de manera cándida y sin las reservas clásicas de la figura pública. Su familia, la política, su padre, el exilio, el retorno y más. The Clinic publica un primer adelanto, del capítulo titulado “El primer mundo: la niña, la hija y la nieta”, donde Tohá revisa su relación con su padre. "Yo tenía absoluta conciencia de que estaba metida en un proceso político intenso, que mi padre se dedicaba a una causa que era mucho más grande que nosotros, que había una tarea que era el socialismo y que eso mandaba todo", explica.

Por 2 DE MAYO DE 2026
Imagenes: Archivo personal de Carolina Tohá
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 asociada su nostalgia de la niñez?

—A mi papá. Bueno, es que hay dos niñeces en mi vida: la niñez con mi papá y la niñez sin mi papá. Una fue en Chile, hasta los ocho años, y la otra en México. Y las dos fueron épocas bien felices, no podría decir otra cosa. Con un quiebre entremedio dramático, estrepitoso, pero fue una niñez bonita. Y la niñez en Chile está muy asociada a mis barrios de infancia, que son los de aquí mismo: Parque Forestal, Mercado Central, caminar con mi papá por el centro, mucha gente que lo saludaba, la calle Tenderini, donde él trabajaba cuando dirigía el diario Las Noticias de Última Hora. Todas mis anécdotas de niñita son en esos lugares, escuchando las historias de ese mundo.

¿Hay en su memoria un Santiago previo al exilio que ya no era el mismo cuando volvió?

—Lo que pasa es que el centro de Santiago, en mis recuerdos de esos años, parece Nueva York: una ciudad con mucha gente, con autos grandes, como cincuenteros, el comercio, una vida muy de metrópoli. Pero yo también conocí otro Santiago, porque para el gobierno de la Unidad Popular nos fuimos a vivir cerca de mi abuela, en el barrio El Golf. Y esa era otra morfología de ciudad, con jardines, casas, distancias largas. En el centro se hacía todo caminando y de repente me fui a una ciudad de autos. Imagínate que vivíamos en la calle Enrique Foster y mi colegio, la Escuela 120, quedaba en Tomás Moro con Fleming, y atravesar esa distancia todos los días para mí ya era un desplazamiento mayúsculo. Me iba en transporte escolar, nos llevaba un señor Lerman, en una camioneta color verde menta. Y cuando volví de México, el año 79, ese Santiago estilo Providencia, parte baja de Las Condes, estaba totalmente cambiado. Porque justo en esa época había empezado la dinámica de los edificios, esta cosa de botar esas casonas y construir edificios de departamentos. Los primeros edificios residenciales, de gente acomodada, son de ese barrio.

¿Qué tan teñidos por la política están sus recuerdos de esa infancia?

—Totalmente teñidos. Yo tenía absoluta conciencia de que estaba metida en un proceso político intenso, que mi padre se dedicaba a una causa que era mucho más grande que nosotros, que había una tarea que era el socialismo y que eso mandaba todo. No era como “la pega de mi papá”, era algo muy central en nuestra vida, incluso antes de que él fuera ministro. El año 68 o 69 yo pasé casi un año viviendo con mi abuela, porque mi papá se fue al sur a hacer la campaña parlamentaria y mi mamá partió con él.

¿Era de esos hijos de políticos que ven poco a sus padres?

—Quizás no los veía mucho, pero estaban muy presentes. Yo igual me daba cuenta de que mi familia funcionaba de una manera totalmente anómala, sobre todo desde que llegaron al gobierno. Pero había un sistema de casa muy bien armado. Porque mi mamá era —y sigue siendo hasta hoy— una mamá que se hace cargo de todo, muy organizadora, preocupada de todos los detalles. Entonces nos llevaba de aquí para allá, nos juntaba con amigos, nos mandaba con mi abuela, siempre había algo funcionando para que no quedáramos varados en la casa con mi hermano. Nunca tuve la sensación de estar botada, ni de que hubiera ausencia de mis padres, a pesar de que había mucha ausencia. Mi papá y yo, además, teníamos una relación muy cercana, de mucha complicidad. Y como fue papá grande, era de esos papás que conversan harto con los hijos, entonces desde chiquitita siempre me estuvo hablando de este gran proyecto político. Es decir, la política no era una cosa de ellos, también era nuestro mundo. Y había muchas cercanías: Allende iba a nuestra casa, nosotros íbamos a la casa de él, mi papá se juntaba con otros dirigentes, éramos amigos de sus hijos…

¿Para usted Allende era como un tío?

—Sí, pero un tío que tenía un rol bien particular en esta historia de la que participábamos. Con mi papá tenían una relación de complicidad total, pero donde claramente Allende era el líder. O sea, Allende siempre era la cabeza de esta historia.

Cuando sus padres se casaron, fue el padrino de matrimonio.

—Claro, ellos tenían una vida social, no solo de militancia. Ahora, cuando Allende pasó a ser presidente, mi papá formalizó el vínculo y lo pasó a tratar de “usted” y de “presidente”, hasta el final. Y yo ahora al presidente Boric también le digo “usted”, a pesar de que es veinte años menor que yo… ¡Más de veinte años!

[Pág. 35-37]

No tiene mucha gracia que usted lo diga, pero todas las semblanzas sobre su padre insisten en lo mismo: que este era un señor bueno, el colmo de lo bueno. 

—Sí, eso se repite mucho y con gente muy distinta. Cuando yo estaba en la universidad, donde había todo ese mundo de profesores muy momios, muchos de ellos se me acercaron a hablarme de mi papá y que era una persona tan noble, que era tan bondadoso, que era tan gentil, que era un caballero, todas esas palabras que ocupaba la gente antes. Ahora nadie las ocuparía.

Ocupando el escritorio de su padre. Foto: Archivo personal Carolina Tohá

Es que el personaje era de antes, ¿o no? Lo comparaban mucho con el Quijote, porque además se parecía.

—Sí, tenía una bonhomía antigua, como ligada a la caballerosidad. Pero yo creo que ese tipo de carácter no era común antes ni ahora, por algo todo el mundo lo recuerda tanto. Porque en el medio de la dureza que tuvo esa etapa, mi padre construyó relaciones de mucha calidez con personas con las que tenía enormes diferencias. Y ese fue un recurso súper importante mientras él tuvo el rol de ministro del Interior. A mí se me han acercado distintas personas a lo largo de la vida —ahora ya no tanto, porque han ido muriendo todos— que fueron parte de la acusación constitucional contra mi papá. Y se acercaban a decirme cómo habían lamentado toda la vida esa acusación constitucional. Porque ahí había un puente que funcionaba y que después de eso quedó muy debilitado, por decir lo menos.

Lo que hoy no se vería tan bondadoso es que le gustaba cazar.

—Sí, tenían su pequeña tradición los hombres de la familia. Porque mi abuelo, en la época de Chillán, se compró un campo hacia el interior, un campo de montaña, camino a las termas. Entonces ellos pasaban veranos enteros allá y salían a cazar los tres hermanos juntos. Conejitos, perdices, ese tipo de cosas. Cuando yo volví de México, ese campo todavía estaba y me llevaban a cazar con mis tíos, pero nunca enganché y nunca cacé nada. Ahora, te diría que ese era el único deporte que mi papá practicó, porque era negado. Iba al estadio, iba al box, le gustaba el tenis, le gustaba todo. Pero tocar él mismo una pelota, un guante, olvídate. No se sacaba los pantalones largos ni por casualidad.

En sus memorias de prisionero en Isla Dawson, Sergio Bitar evoca esto: “José Tohá disertó sobre el lenguaje vivo, sobre el manejo del castellano y nos reprochó a todos el mal uso que estábamos haciendo del idioma en el campamento, alentándonos para aprovechar nuestra permanencia allí en enriquecer nuestro vocabulario, nuestra gramática, nuestra capacidad expositiva”.

—¡Ja, ja, ja!

Eso habla mucho de alguien.

—Bueno, pero lo que pasa es que en Dawson, para pasar el tiempo, inventaron todo tipo de talleres que se hacían entre ellos. Y como cada uno enseñaba lo que podía, mi papá optó por esto.

Pero ese sentido de la corrección, además tan ligado a la fe en el progreso, es como un cuadro de época.

—Sí, de esa izquierda tradicional que tenía todo este concepto de la decencia, de la educación. Bueno, en mi casa estaban prohibidos los garabatos, no existían, mi tío Jaime aprendió a decir garabatos ya casi en la vejez. Y cuando yo era chica, con mi papá todavía vivo, esto de ser una buena estudiante era un mandato inapelable. A mí me gustaba el colegio, así que no era tan difícil, pero si me hubiera ido mal en el colegio me habría sentido pésimo, pero pésimo, me hubiera mortificado mucho.

¿También se sentía en el deber de ser inteligente?

—Sí. No como algo tortuoso, pero sí, lo sentía. Este tema de la inteligencia, además, es algo que siempre me transmitían de mi papá. Bondadoso-inteligente, esas eran las dos cosas.

Con su madre, Moy. Foto: Archivo Personal Carolina Tohá.

¿La suya era de esas familias en que la formación y la transmisión de valores le dejaban poco lugar a las demostraciones de afecto?

—No. Mi mamá era muy cariñosa y mi papá conmigo era papá enamorado, como son los papás viejos. Entonces en ese amor me hablaba de sus temas, pero era parte del juego, de la dinámica cómplice, coqueta, hablar del socialismo y de que va a venir el no sé qué. Me lo contaba con un ánimo de cuento, como los cuentos que uno le cuenta a un niño.

¿Era incapaz de retarla?

—Yo creo que sí me retaba, pero no tengo recuerdo de ningún reto… Sí, recuerdo uno. Una vez en El Tabo, debo haber tenido cuatro años, me metí al mar y me llevó para adentro. Mi papá no sabía nadar, ni siquiera se ponía traje de baño. Entonces se metió al agua con ropa, pero no progresó mucho y me rescató otro caballero que me sacó del pelo. De aquí arriba me agarró, me entregó a mi papá y yo salí del agua abrazada a él. Tengo esa imagen guardada: mirando al mar, mientras mi papá me llevaba abrazada, y yo con esa sensación de cuando respiras agua y sientes que te arde todo por dentro. Y me acuerdo de haber llegado a la arena y que me haya pegado un reto ahí.

¿Siente que alcanzó a conocerlo bien?

—No. Siento que alcancé a tener una relación muy intensa con él. Pero no es una relación de conocimiento, es un vínculo emocional. Es una relación que tiene profundidad, pero poca información.

Pero conocerlo también puede ser captarlo, aunque falte información.

—Yo creo que como papá lo capté mucho, mucho. Lo que pasa es que las personas tienen otras dimensiones. Pero nosotros teníamos nuestros rituales, hacíamos cosas los dos solos, él me llevaba a lugares, yo lo acompañaba a la oficina. O sea, no era solo la dinámica de la familia, sino que a él le gustaba hacer cosas conmigo. Entonces ahí se generó como un mundito nuestro, tengo esa sensación muy marcada. La sensación que me daban esos espacios con él, donde había mucha risa y mucho de llevarme él a su mundo, ir a sus reuniones, caminar con él por la calle, contemplar a mi papá siendo adulto con los otros adultos. Eso generó una admiración desde muy chica, porque lo veía moverse en ese círculo donde era notorio que los demás lo respetaban, que él ocupaba un cierto lugar. Y eso se replicaba en la familia, porque mi abuela tenía una devoción por él. Ella vivía con dos de sus hijas, pero cuando nosotros íbamos a la casa todo giraba en torno a él, era como un ritual de adoración al niño. Y súmale a eso la importancia que tenían en mi casa sus roles políticos: que mi papá era ministro, que mi papá había sido vicepresidente, que mi papá había estado el 11 con Allende en La Moneda. Todas esas cosas eran parte de nuestro relato de papá.

No es por abusar de la nota freudiana, pero tanto él como usted fueron presidentes del centro de alumnos en el colegio, los dos estudiaron Derecho en la Universidad de Chile, ninguno terminó siendo abogado, los dos fueron dirigentes de la FECH, los dos ministros del Interior…

—Bueno, pero por algo será que yo terminé siendo de Colo-Colo y no de la U, que al final no me fui al Partido Socialista y me quedé en el PPD. Hice mis pequeñas rebeldías.

No le gustó nada ese paralelo.

—No, si yo también lo hago, es cierto que hay una influencia grande y cosas que se repiten. Pero hay tantas cosas distintas, también.

No le digo que usted quiso imitarlo, hay destinos parecidos…

—No, si te entiendo. Y por supuesto que es una marca fuerte una historia como la que yo tuve de chica. La tienes ahí medio a medio, no te suelta.

¿Se acordó de él cuando enfrentó la acusación constitucional en el Congreso?

—Me acordé mucho, la verdad. Porque además ya era mucha la casualidad. Por suerte no prosperó, porque ya la casualidad se hubiera puesto trágica. Pero estuvo ahí presente ese recuerdo.

¿Lo pasaba mal en esos años cuando a su papá lo atacaban?

—No, porque eso no lo percibía. Sabía que había muchos problemas, que había tensiones. Había periodos en que mi papá llegaba achacado a la casa, fines de semana en que estaba mucho tiempo en la pieza…

“Es poco comunicativo y las cosas malas no me las cuenta nunca”, contaba su mamá por entonces.

—Sí, creo que él tendía a llevar la procesión por dentro, a no comentar estas cosas fuera de su entorno político y del trabajo. Y yo como niña notaba que había dificultades, pero nunca percibí que a mi papá lo atacaran, estaba protegida de eso. Toda esa agresividad, esa ira, esos odios que se estaban incubando, para mí fueron como una olla que se vino a destapar cuando fue el golpe. Hasta ese momento, esas cosas no existían.

[Pág. 39 – 43]


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