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lunes, 16 de febrero de 2026

La preocupación de la derecha y la pregunta que el feminismo debe hacerse

 

CHILE AL DÍA GÉNERO PORTADA


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Que un medio ultraconservador con es El Mercurio sitúe al 8 de marzo como “la prueba de convocatoria” y “el termómetro del futuro gobierno” no es un gesto inocente. Tampoco es necesariamente un ataque frontal. Es algo más interesante: es una medición. La derecha no está denunciando al movimiento feminista; lo está evaluando. Lo observa como actor político, como posible foco de resistencia, como variable relevante en la correlación de fuerzas del nuevo ciclo.

Esa mirada encierra una preocupación real: ¿existe todavía una capacidad de movilización que pueda incomodar al nuevo gobierno? ¿Hay energía social acumulada o estamos ante un ciclo de repliegue? El solo hecho de formular la pregunta revela que el movimiento feminista sigue siendo considerado un actor estructural, no un fenómeno pasajero.

Pero esas mismas preguntas deberían ser formuladas por el propio movimiento.

Porque más allá de la lectura mediática, el momento histórico es complejo. Después del rechazo constitucional de 2022, del segundo proceso fallido y de la derrota electoral de la izquierda frente a José Antonio Kast, los movimientos sociales —y el feminismo en particular— parecen atravesar una fase de desarticulación y desmovilización. No se trata simplemente de menos marchas. Se trata de una pérdida de horizonte estratégico claro.


Durante el ciclo abierto en 2019, la calle y la Convención Constitucional concentraron una energía transformadora inédita. Muchas organizaciones trasladaron su expectativa de cambio estructural al terreno institucional. La política parecía acelerada. El tiempo histórico parecía comprimido. Pero cuando el plebiscito se perdió, no cayó solo un texto constitucional: cayó una expectativa colectiva.

El impacto fue psicológico y estratégico.

Una parte del movimiento quedó asociada —justa o injustamente— al bloque político que impulsó ese proceso. Cuando ese bloque perdió legitimidad, esa pérdida arrastró simbólicamente a los movimientos. La autonomía se erosionó. Y sin autonomía, la movilización se vuelve frágil.

A eso se suma un factor menos ideológico y más material: el agotamiento. Cuatro años de estallido, pandemia, crisis económica y procesos electorales permanentes no pasan sin costo. Las sociedades no pueden sostener indefinidamente un estado de movilización intensa. Los ciclos de alta conflictividad son excepcionales por definición.

En ese contexto, la convocatoria al 8M de 2026 aparece como una apuesta arriesgada. ¿Es prematura? Depende de lo que se espere de ella.

Si se plantea como el inicio inmediato de una gran ofensiva contra el nuevo gobierno, el riesgo es alto. Si la movilización no alcanza niveles comparables a los años de auge, la narrativa de declive quedará instalada. La derecha tendrá el argumento listo: el ciclo terminó.

Pero si se entiende como un primer paso en un proceso de recomposición más largo, el sentido cambia completamente. No se trataría de medir fuerza acumulada, sino de comenzar a reconstruirla.

Los movimientos sociales atraviesan ciclos, igual que los sistemas políticos. Tras una derrota profunda, rara vez viene una nueva oleada inmediata. Lo que suele ocurrir es un período de digestión histórica: revisión de estrategias, redefinición de prioridades, rearticulación territorial, reconstrucción de liderazgos. Es un tiempo menos épico, pero más decisivo.

La pregunta estratégica entonces no es si el 8M será multitudinario, sino si puede convertirse en un punto de reorganización.

Para eso, hay al menos tres condiciones críticas.

La primera es recuperar autonomía estratégica. Los movimientos no pueden funcionar como extensión de una coalición gubernamental ni como simple oposición electoral. Su legitimidad depende de representar demandas sociales más amplias que las disputas partidarias. Si no se reconstruye esa distancia, cada derrota institucional seguirá debilitando la base social.

La segunda es simplificar la narrativa. En momentos de repliegue, el maximalismo suele ser contraproducente. No se trata de abandonar principios, sino de priorizar. Pocas demandas claras, comprensibles y defendibles permiten reconstruir legitimidad en sectores más amplios. La política eficaz en ciclos de baja intensidad no es la acumulación infinita de consignas, sino la construcción paciente de mayorías.

La tercera es abandonar la lógica del “todo o nada”. Los eventos masivos son importantes, pero no sustituyen el trabajo organizativo continuo. Redes territoriales, formación política, articulación intergeneracional: esas son las bases de un nuevo ciclo. Un 8M que consolide vínculos y reactive estructuras puede ser más valioso que uno que solo busque impacto mediático.

Paradójicamente, la “preocupación” de la derecha revela algo que el propio movimiento debería asumir: sigue siendo relevante. Si no lo fuera, no sería medido. El hecho de que se lo observe como posible foco de resistencia indica que conserva potencial.

Pero el potencial no se transforma automáticamente en fuerza efectiva. Requiere claridad estratégica sobre el momento histórico.

Hoy no estamos ante un momento emocional de explosión inmediata. Estamos, más bien, ante un momento estructural de transición. El ciclo progresista abierto en la década pasada parece haber concluido. El nuevo escenario exige menos épica y más inteligencia organizativa.

Las derechas fuertes suelen generar un doble efecto. En el corto plazo, producen miedo y repliegue. En el mediano plazo, generan clarificación y rearticulación. El desenlace depende de la capacidad de los movimientos para leer el momento sin sobredimensionarlo ni subestimarlo.

Convocar al 8M no es un error. Sería más riesgoso no hacerlo. Pero el sentido de esa convocatoria debe ser realista: no se trata de demostrar una hegemonía intacta, sino de iniciar una recomposición.

En última instancia, la pregunta que subyace no es si el movimiento feminista podrá incomodar al nuevo gobierno en marzo. Es si será capaz de reconstruir un proyecto de mediano plazo que trascienda derrotas electorales y ciclos institucionales.

Si logra transformar la preocupación de sus adversarios en autoconciencia estratégica, el 8M no será una prueba definitiva. Será el comienzo de algo más lento, menos espectacular, pero potencialmente más sólido.

Y en política, los ciclos largos suelen decidirse precisamente en esos momentos discretos en que todo parece haberse enfriado.

Paul Walder

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