No había lucha que Taty Almeida no diera, aún las más lejanas a su mundo interior, a su dolor, a su vida guiada por la búsqueda de su querido hijo Alejandro. Iba a donde se lo pedían, donde se requería su voz, donde un desaparecido todavía no ha sido encontrado. Su presencia era como un arrullo, una compañía que nos empoderaba, la palabra justa que empujaba hacia adelante.
Taty no se guardaba nada y en sus últimos años apareció una y otra vez en clubes de fútbol, en la Unión Argentina de Rugby (UAR), en la presentación de un libro dedicado a los atletas que fueron víctimas del terrorismo de Estado y hasta en un potrero de Villa Fiorito para homenajear a Diego Maradona. Taty siempre estaba. De pie o en silla de ruedas, con su aureola de madre de todos y todas, tan frágil a los 95 como fuerte en su compromiso por los derechos humanos.
Recuerdo cuando nos acompañó a la UAR en sus oficinas de San Isidro. Había que pedirle a sus autoridades que hicieran el demorado reconocimiento a la memoria de los jugadores desaparecidos. Los rugbiers son casi el 70 por ciento de todos los deportistas asesinados por la dictadura genocida. Ella se sentó a la mesa y dijo por qué era una más en ese grupo donde estaban Charly Pisoni de HIJOS y varios integrantes de la Comisión Memoria Verdad y Justicia de Zona Norte.
Taty visitó la cancha de Racing el 7 de diciembre de 2021 cuando el club les restituyó sus carnets a 46 hinchas, socios y socias desaparecidas. Esa noche levantó orgullosa el de Alejandro, con el número 30 mil y su foto, con la firma al pie del presidente del club, Víctor Blanco. Entre los socios eternos –como los llama el sociólogo Julián Scher en su libro alusivo– hay otro poeta como su hijo, Roberto Santoro, autor de Literatura de la pelota.
Dos meses antes, en octubre de 2021, Taty había participado de otro acto en el estadio de Huracán donde se entregaron los carnets de socios a ocho detenidos-desparecidos. Ocupó una larga mesa de espaldas a la cancha junto a Lita Boitano cuando la pandemia todavía mataba. Después caminamos por el césped donde compartimos una foto con las tribunas de fondo.
El 31 de marzo pasado se sumó a la mesa en la presentación de Memorias para construir el futuro. Fui orgulloso a buscarla por su departamento de Palermo, conversamos en el trayecto, bromeó con la coincidencia de que mi nuera se llama igual, Taty Almeida, y entre risas exclamó: “¡No te puedo creer!”. En la charla repitió un vez más sus principios de siempre, franca, directa: “Justicia legal, jamás justicia por mano propia” y nos compartió ese deseo con el que se ilusionaba cada día y que no pudo cumplir. “Quiero tocar los huesos de Alejandro y no pierdo las esperanzas”, decía.
Taty empezó a tornarse omnipresente en los escenarios donde late el deporte, donde se define la política deportiva, donde los clubes son escuelas de vida que ella apoyaba para que no los transformaran en sociedades anónimas. Visitó a Diego cuando era técnico de Gimnasia, lo homenajeó en el potrero de Fiorito donde jugó de pibe y dio el puntapié inicial. Era la madrina del equipo de fútbol femenino Descamisadas en La Plata.
Madre consecuente, se hizo un momento para acompañar al atleta Martín Sharples cuando denunció al intendente de Quilmes durante la dictadura, Julio Cassanello, en la sede del Comité Olímpico Argentino que presidía. Corría 2008. Fue una de sus primeras apariciones en el ambiente deportivo.
Taty no faltaba nunca en la medida que ella podía, era una luchadora que trascendió las fronteras con su pañuelo blanco, su voz ronca, inconfundible. Nunca se cansaba de repetir: “Hemos pasado la posta”. Para seguir su legado, su compromiso, como el de todas las Madres y Abuelas que nos van dejando pero que siguen acá, marchando, diciendo: “No nos han vencido”.
gveiga@pagina12.com.ar

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