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viernes, 23 de junio de 2023

Allende en mi memoria

 

Alamedas
 

La autoridad y el respeto no vienen porque se asume una función: es toda una trayectoria la que determina la autoridad y el respeto. En la materia Salvador Allende no necesitó ni de la violencia represiva, ni de la pompa que acompaña el poder. Su comportamiento, a lo largo de toda su vida, le ganó la autoridad natural que surgía de su figura, y el respeto de todos los países del mundo. Su imagen seguirá siendo para siempre la de un hombre justo y consecuente.


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por Roberto Pizarro Hofer


A 115 años del nacimiento de Salvador Allende es momento de agradecer y recordar sus largos años de lucha, su difícil gestión de gobierno y su admirable acto final de consecuencia política y moral. Pero, sobre todo, quienes nos sentimos sus herederos reconocemos en su pensamiento y acción aquellos aportes que, tarde o temprano, ayudarán a construir un Chile digno, con justicia social y democracia plena.

Mi padre, Oscar Pizarro Gutiérrez, era miembro de una de las cuatro organizaciones que se unieron para formar el Partido Socialista en el año 1933. A mi casa llegaba con frecuencia su amigo Carlos Charlín, quien había tenido una participación destacada en la rebelión civil militar del 4 de junio de 1932 y, luego, en el gobierno socialista de 12 días de Marmaduke Grove.

La militancia de mi padre hizo posible que conociera a Salvador Allende, en torno a la campaña presidencial de 1958, en mi casa de la calle Club Hípico, cuando yo era estudiante del Liceo de Aplicación. Pero, en realidad, sólo en una oportunidad tuve un contacto más estrecho con Allende, cuando era presidente.

En efecto, en octubre de 1971, con ocasión de un seminario sobre la “transición al socialismo, en la experiencia chilena”, organizado por el Centro de Estudios, que yo dirigía, el presidente Allende me invitó a almorzar a La Moneda, junto a los participantes extranjeros del seminario: Paul Sweezy, economista norteamericano, director de la famosa revista Monthly Review, Rossana Rosanda, resistente antifascista y fundadora de la revista Il Manifesto y Lelio Basso, destacado intelectual y dirigente del socialismo italiano.

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Reunidos en la mesa, el presidente Allende me pidió le contara sobre el trabajo realizado en el seminario. Le dije que las ponencias y discusiones habían sido exitosas y un aporte para el proceso que vivíamos en nuestro país. Sin embargo, le representé mi preocupación, porque el diario Puro Chile, cercano al gobierno, había criticado duramente las opiniones “izquierdizantes” de nuestros invitados sobre el proceso de la Unidad Popular, otorgándoles el «Huevo de Oro».

El presidente, sin dudarlo un momento, me dijo lo siguiente: «Roberto, yo también he recibido varias veces el Huevo de Oro, por críticas a iniciativas que he impulsado. Pero, no te olvides que la vía chilena al socialismo se caracteriza por la más irrestricta libertad de prensa y que nuestro proyecto transformador debe ser un ejemplo de funcionamiento pleno de la democracia». Jamás he olvidado esas palabras.

Lo que me dijo en esa oportunidad simboliza la visión del socialismo que Allende tenía para Chile. Crear una nueva sociedad en democracia y con libertades ampliadas para todas las familias, donde chilenas y chilenos pudiesen satisfacer sus necesidades materiales, asegurando a cada hombre, mujer, joven y niño los mismos derechos y oportunidades en la vida.

Allende trascendía el pensamiento de su época. Mientras la guerra fría dividía al mundo y las empresas norteamericanas habían expoliado nuestras riquezas básicas, el presidente pudo convencer y comprometer a toda la clase política en la nacionalización de las minas de cobre, mediante una ley en el Parlamento.

Por otra parte, mientras la revolución cubana empujaba a las juventudes latinoamericanas a adoptar la lucha armada para enfrentar a los poderes dominantes, Allende, en cambio, insistía en transitar desde el capitalismo al socialismo, sin violencia, mediante el ejercicio pleno de las libertades democráticas y el respeto de los derechos humanos.

Su propuesta era: transformar radicalmente, pero en el marco de las instituciones vigentes. Reconocía en Fidel Castro un ejemplo de lucha, pero no asumía sus métodos. Precisamente a ello se refiere Allende en una entrevista con el periodista Julio Lanzarotti: «Yo he dicho al país que mientras sea presidente habrá elecciones. Ha habido cinco elecciones complementarias y una elección general y nadie ha reclamado». Y agrega en otro párrafo «este país es uno de los países en que hay más libertad de reunión, de información, de asociación y de prensa. Y le puedo afirmar categóricamente que la democracia funciona ampliamente».

Mientras la revolución cubana empujaba a las juventudes latinoamericanas a adoptar la lucha armada para enfrentar a los poderes dominantes, Allende, en cambio, insistía en transitar desde el capitalismo al socialismo, sin violencia, mediante el ejercicio pleno de las libertades democráticas y el respeto de los derechos humanos.

En el Pleno Nacional del PS, el 18 de marzo de 1972, cuando los socialistas endurecen sus posturas, el presidente Allende llama a la razón. Rechaza los conceptos leninistas sobre el Estado, desplegando argumentos teóricos y prácticos sobre la vía chilena al socialismo: “No está en la destrucción, en la quiebra violenta del aparato estatal el camino que la revolución chilena tiene por delante. El camino que el pueblo chileno ha abierto, a lo largo de varias generaciones de lucha, le lleva en estos momentos a aprovechar las condiciones creadas por nuestra historia para reemplazar el vigente régimen institucional, de fundamento capitalista, por otro distinto, que se adecue a la nueva realidad social de Chile”.

Durante sus tres años de gobierno, Allende fue perseverante en la defensa de la democracia, pero sin renunciar a las transformaciones que necesitaba el país.

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En efecto, el gobierno de la Unidad Popular impulsó transformaciones que multiplicaron las esperanzas de un mundo mejor en el pueblo chileno. La nacionalización del cobre permitió recuperar la riqueza que se llevaban las empresas norteamericanas; la profundización de la reforma agraria hizo posible que campesinos y mapuches se beneficiaran de las tierras que trabajaban; el control público de la banca y de las empresas monopólicas intentó terminar con la usura en el crédito y los precios injustos a los consumidores; la participación de los trabajadores en las empresas fue un hecho inédito, que abrió puertas a una democracia económica; las universidades con educación para los obreros, se democratizaron; y, el arte y la cultura alcanzaron alturas reconocidas internacionalmente.

Simultáneamente, durante los mil días de la Unidad Popular la democracia y las libertades públicas se potencian como nunca había ocurrido en la historia republicana. Estaban presentes periódicos, radios y canales de TV de variado tinte político, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda; trabajadores, que nunca antes habían podido manifestarse, multiplicaban los sindicatos y hablaban de igual a igual con los patrones, exigiendo sus reivindicaciones y aportando a las decisiones de las empresas; estudiantes que participaban en el destino de sus universidades, con los mismos derechos de las autoridades académicas; campesinos que se organizaban y reunían libremente para acceder a la propiedad y cultivo de la tierra; y, mujeres y hombres en los barrios que se organizaban en juntas de vecinos.

No eran sólo las libertades de la democracia representativa, las que se desplegaban en el país, sino que había mucho más. Se instala en Chile una democracia que potenciaba la participación de todos los ciudadanos y que, con formas directas, se incorporaban a la construcción del país de la que antes se encontraban excluidos.

Allende no quería un partido único, una prensa uniforme, ni un estado monolítico. Por el contrario, anhelaba que las opiniones fuesen variadas, que se abrieran las oportunidades para los jóvenes, las mujeres y las de todos aquellos que por décadas habían sido explotados y reprimidos por un sistema injusto.

El 11 de septiembre de 1973, los militares no sólo terminaron con el gobierno de la Unidad Popular, sino se clausuró un ciclo de largas décadas de lucha y auge del movimiento popular en que la clase obrera, los campesinos, los intelectuales y la gente humilde de nuestro país fueron derrotados. La resistencia de la oligarquía nacional y del imperialismo al proyecto de justicia social impidieron que se materializaran los anhelos de Allende.

Sin embargo, la experiencia de los tres años de la Unidad Popular y la figura de Salvador Allende se han instalado en la memoria colectiva y no podrán ser erradicados de la historia.

Los asesinatos, el exilio, la represión y el neoliberalismo no podrán borrar de nuestra memoria que durante los mil días de la Unidad Popular, los obreros, los campesinos, los jóvenes y los desamparados pudieron expresarse con plenitud, hablar de igual a igual con los dueños del capital y desafiar a aquellos que por décadas habían usufructuado de la riqueza y el poder en nuestro país. Ese periodo de felicidad no será olvidado. Y se lo debemos a Salvador Allende.

No sólo los trabajadores de nuestro país, sino los demócratas del mundo entero han reconocido en Allende al líder que se propuso transformar a la sociedad chilena por medios pacíficos y respeto a las libertades públicas. Nuestro país, que en el extremo del mundo quiso construir una sociedad más igualitaria se conoció en los lugares más recónditos de la tierra, gracias a la consecuencia, dignidad y valentía de un verdadero demócrata y revolucionario. Es el reconocimiento a un estadista que explica, al mismo tiempo, el repudio internacional al dictador que lo derrocó de forma artera: Augusto Pinochet.

No sólo los trabajadores de nuestro país, sino los demócratas del mundo entero han reconocido en Allende al líder que se propuso transformar a la sociedad chilena por medios pacíficos y respeto a las libertades públicas.
Lamentablemente, las transformaciones en favor de la igualdad y libertad, que generaron un desborde de alegría popular, terminaron abruptamente. Con el triunfo de la dictadura se instaló un sistema político excluyente y un modelo económico de desigualdades que han hecho retroceder a nuestro país en muchas décadas.

La minoría oligárquica ha multiplicado la riqueza que producen todos los chilenos. La economía se ha concentrado en la producción de recursos naturales, terminando con la industria y cerrando puertas al trabajo decente. Las desigualdades en la salud, la educación y la hegemonía del pensamiento de los poderosos se manifiestan a diario en las filas de los hospitales, en el deterioro de las escuelas, en universidades que educan en un pensamiento único y con una prensa que protege los intereses de la clase dominante.

Los que tuvimos la fortuna de conocer los esfuerzos de Salvador Allende por transformar la sociedad probablemente comprendemos mejor que las nuevas generaciones la tragedia que significó su derrocamiento. Se podrá discutir en torno a los errores del gobierno de la Unidad Popular; pero, lo indiscutible es que el presidente Allende estuvo siempre del lado de los trabajadores y de las libertades de los chilenos. Los grandes intereses internacionales y nacionales no aceptaron retroceder en el control absoluto de su poder, comprometiendo a los militares en la sucia tarea de restaurar la injusticia.

Salvador Allende, junto a Simón Bolívar y Augusto C. Sandino, se ha convertido en un referente para las luchas libertarias en América Latina. Un revolucionario y antiimperialista que no retrocedió en impulsar las trasformaciones que prometió a su pueblo, sino que, al mismo tiempo, fue un firme defensor de la democracia. En el 115 aniversario de su nacimiento, y a 50 años de su infausto derrocamiento, su legado sigue presente para alimentar las luchas actuales y futuras de quienes añoramos una patria justa y soberana. Por ello, Allende permanece en mi memoria.

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