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viernes, 23 de junio de 2023

La cárcel pública es ahora un banco

Hay mucha historia en la memoria de lo que fue la Cárcel Pública de Santiago.

Esa centenaria prisión estaba frente al cuartel de la policía de investigaciones cerca del barrio Mapocho.

Aquel día 11 en su interior quedaban presos políticos mayoritariamente militantes de la VOP, Vanguardia Organizada del Pueblo, quienes en un acto de justicia ejecutaron a quien fue ministro del interior durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, luego que diera la orden de disparar a los pobladores de Pampa Irigoin en la ciudad de Puerto Montt que dejó a nueve personas asesinadas por carabineros y un menor muerto asfixiado por efectos de las bombas lacrimógenas.

El director general de prisiones el día 11, Litre Quiroga Ortiz, encuentra en calidad de detenido desaparecido.

Desde aquel día fatídico todas las celdas se fueron abarrotando de prisioneros políticos al mismo tiempo que la Penitenciaria de Santiago. Cientos y cientos de obreros, estudiantes eran encerrados sin razón alguna luego de haber sido apaleados y torturados en cuarteles y regimientos.

Fue en la Cárcel Pública el lugar donde encerraron al general Alberto Bachelet, más específicamente en la galería 5. De público conocimiento es que fue en diversas ocasiones sacado de la prisión para ser llevado a la Academia de Guerra, donde sufrió largas jornadas de tortura, las que finalmente le ocasionaron su muerte.

En aquel tiempo el director del AGA era Fernando Mathei, ex miembro de la junta golpista y padre de la actual alcaldesa de Providencia.

No existieron condiciones mínimas para que los pocos abogados que valientemente se dedicaron a defender a los presos políticos fueran escuchados. Todos culpables, incluso muchos fueron dejados en libertad luego de algún tiempo sin saber los motivos de su injusto encierro.

La presión y solidaridad internacional comenzó a ofrecer visas para que los presos políticos pudieran abandonar el país junto a sus familiares, pero aquello no significó la disminución de detenidos políticos.

La resistencia popular se había comenzado a instalar entre obreros, campesinos y estudiantes al mismo tiempo que la DINA bajo el mando de Manuel Contreras iniciaba la caza al hombre. Así, fueron desapareciendo hombres, mujeres y de todos los partidos de la izquierda chilena.

Se iniciaba el largo recorrido de la resistencia popular para intentar digna y valientemente dar la batalla contra la dictadura para recuperar la democracia y detener la masacre que desde Pinochet y bajo el mando de todos los mandos uniformados fuera el exterminio la tarea a cumplir.

Villa Grimaldi y otros recintos en Santiago eran lugares de terror y muerte. La impunidad campeaba en el país entero. Todos los aparatos de Estado operaban dispuestos para cometer la peor de las tragedias que conoce la historia de Chile.

Todo un país entero fue convertido en una prisión constante. Regimientos, gimnasios, islas, buques de guerra y hasta La Esmeralda también fueron testigos del encierro de obreros, profesores, pescadores, estudiantes y sacerdotes. Recordaremos que Miguel Woodward fue llevado al buque escuela, torturado por oficiales de la marina y posteriormente desaparecido.

Chile, un largo país con cientos de lugares de tortura y exterminio.

Para centenares de ex prisioneros que caminaron por años los pasillos de la Cárcel Pública y que junto a otros se entregaron a la justa causa de luchar contra la dictadura para mantener la resistencia popular, saben que aquel lugar de encierro para con los familiares de los que sufrieron la represión desapareció, en su lugar hay un banco. Esos artilugios donde compran dinero barato para venderlo más caro.

Pero aquello es un intento de borra la historia. No es posible para un país al que se le han anunciado con campanas su acercamiento al desarrollo no puede soportar y mantener un recinto que deja constancia de lo oprobioso de la dictadura cívico/militar.

A la Cárcel Pública llegaban las esposas de los presos con sus hijos tres días en la semana para estar algunas horas con ellos y contar como estaban los asuntos fuera de las prisiones. Los sábados los hijos les contaban sus días en la escuela y de cómo aprendían a dibujar. También lentamente el miedo fue desapareciendo y pobladores comenzaron a visitar a sus vecinos encarcelados, algún gesto solidario o un paquete de cigarrillos compartido en las horas de encierro entre varios.

La Cárcel Pública no existe, la demolieron y sus torreones de estilo colonial español son parte de la nueva forma. Un banco.

Esos días calendarios ya van quedando lejos, los hijos crecieron, ya son padres y esos jóvenes encarcelados en los setenta y ochenta ya son abuelos. Pero la tozuda memoria no puede ser la que gane al olvido. La memoria sigue viva y los que la mantienen son todos aquellos que transitaron pasillos, rejas y candados.

Lejos de ser un lugar quieto, las prisiones fueron un frente más en la lucha contra la dictadura y batalla para la defensa de los Derechos Humanos. Las huelgas de hambre dejaban meridiana constancia de la criminalidad a la que era sometido un país mientras la creatividad hacía que las palabras de los presos se convirtieran en panfletos, rayados y también batallas superiores contra la dictadura.

El diario desafío en la mesa del tirano.

Fue en los años ochenta cuando la CNI planificó el envenenamiento de presos políticos, algunos de los cuales quedaron con secuelas que dejan en evidencia la maldad y el odio desesperado de los agentes de la dictadura. Hubo muertos envenenados. Algún tiempo después se conoció que con el mismo tipo de bacterias asesinaron en un magnicidio a Frei Montalva.

Recordar que por años vivieron en aquel lugar compañeros destacados en la lucha contra la dictadura. Los que para mantener los combates llegaron hasta asaltar a los bancos para dejar meridianamente claro que la lucha contra la dictadura debería hacerse con el dinero de los ricos y de sus empresas.

Todos los gobiernos con posterioridad a 1990 han sido muy lentos en la reparación con los que fueron agredidos por los agentes del Estado. Todos manifestaron su preocupación por los hijos de los prisioneros que crecieron yendo semana tras semana a las prisiones de todo un país, mientras esperaban que algún día ese buen hombre y la notable compañera los llevara de la mano a la escuela para mostrarles a sus compañeros de curso.

A la Cárcel no llegaban los derrotados.

Allí había un lugar más en el combate contra la dictadura. La denuncia era una herramienta que nunca fue abandonada, muy por el contrario. La inagotable y jamás cansada memoria deja constancia para que en los tiempos por llegar nada quede olvidado.

Para que las nuevas generaciones de hijos e hijas sepan que sus padres, hermanas y madres jamás se rindieron.

 

Por Pablo Varas

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