Diario electrónico POLITIKA escribe Mauricio VargasLo escribí antes. Advertí antes. Denuncié antes. Dije entonces que no se trataba de una diferencia ideológica atendible, sino de una carencia estructural. Dije que había en él pobreza intelectual. Advertí también que era el más malo al arco. No porque no supiera moverse en la cancha electoral, sino porque había llegado hasta ahí sin espesor, sin pensamiento, sin herramientas conceptuales para sostener el lugar al que aspiraba. Intentó cubrir la precariedad con solemnidad, con frases aprendidas, con moralina. No funcionó. Nunca funcionó. Eso quedó escrito. Luego vino el triunfo. Y con él, algo más inquietante que el resultado electoral: la legitimación pública de esa precariedad.
Es después de eso, ya investido como presidente electo, cuando ocurre el encuentro con los máximos representantes de las Ciencias Sociales Chilenas; un almuerzo que el rector Carlos Peña - como un invitado más- observa y luego describe con una precisión sobria y casi profética en una columna titulada Almorzando entre vecinos. Peña no escribe con estridencia. Escribe con distancia. Y en esa distancia aparece lo más inquietante. Preguntas que abrían la posibilidad de articular pensamiento, de elevar la conversación, de mostrar que detrás del cargo había algo más que literalidad. Pero ocurrió... nada Las preguntas no derivaron en reflexión conceptual. Lo que hubo fue otra cosa: comodidad en la vecindad, “una cierta domesticidad intelectual” que anuló cualquier exigencia. El presidente electo parecía satisfecho en ese registro, incluso orgulloso. Como si descubriera profundidad en sus propias palabras. Peña incluso sugiere que aquello podría inspirar una novela titulada Desde el hogar. Menciono a Peña, no porque reemplace mi advertencia. Aquí conviene detenerse. Porque un presidente sin palabras adecuadas, no puede pensar políticas públicas complejas. No puede anticipar conflictos. No puede explicar sacrificios. Lo que puede hacer, entonces, es gestionar emociones básicas: miedo, resentimiento, cansancio, nostalgia. No construye futuro; administra presente degradado. Y eso tiene consecuencias. Porque cuando faltan palabras, sobran órdenes. La falta de palabras no es inocua. Es estructura de poder. Pienso que hay algo tanto o más inquietante que un presidente autoritario. Más peligroso que uno agresivo. Un presidente sin palabras. No sin discurso -eso abunda- sino sin lenguaje político. Sin densidad conceptual. Sin capacidad de nombrar conflictos reales, jerarquizar prioridades, articular sentidos, o siquiera sostener una idea compleja más allá del eslogan. Porque gobernar empieza ahí. En las palabras. El texto -“Almorzando entre vecinos”- del rector Peña, vale no sólo porque sea brillante, sino porque es involuntariamente devastador. Porque muestra a un presidente electo que, ya sin competencia, ya sin presión electoral, ya sin necesidad de fingir, sigue sin palabras. Sin palabras no hay política: hay administración menor, hay consigna, hay eslogan. La gira reciente lo dejó en evidencia. No como error aislado, no como tropiezo comunicacional, sino como plantilla estándar. El presidente electo no parecía un jefe de Estado enfrentando preguntas relevantes, sino alguien incómodo fuera del libreto; refugiado en la nimiedad permanente que siente que lo protege, incapaz de elevar una respuesta cuando la realidad exige altura. No fue casual. Fue coherente. Los lugares importan. Visitar espacios irrelevantes en términos estratégicos, culturales o políticos no es neutral. Revela un horizonte corto. Una concepción pobre del poder. Una idea mínima de país. La gira no buscó centros de decisión, ni polos de innovación, ni debates incómodos. Evitó universidades críticas, foros complejos, interlocutores exigentes. Prefirió escenarios amables, controlados, donde nada desborda y nadie repregunta. Eso no es cercanía. Es evasión. Cada almuerzo, cada paseo, cada escena cuidadosamente “normal” reforzó la misma imagen: un presidente cómodo en lo pequeño, incómodo en lo grande. Alguien que confunde austeridad con simpleza, y simpleza con vacío. Por lo mismo, entonces, no se trata de una gira mal diseñada, sino de una cosmovisión. La imperfección no como falla, sino como identidad política. Frente a alguna pregunta relevante, el presidente electo, no se elevaba: se achicaba. No respondía: rodeaba. Pero... en realidad, nada de esto es excepcional en José Antonio. Nada de esto es local. Trump no articulaba ideas: espectacularizaba el conflicto. En todos los casos, el patrón es el mismo: líderes sin lenguaje complejo, sin pensamiento articulado, sin capacidad real de gobernar sociedades diversas, pero expertos en convertir la mediocridad en identidad. El mundo está lleno de indignados sin proyecto, de libertarios sin pensamiento, de ultras sin horizonte, de neonazis con lenguaje de meme, de líderes incapaces de articular una frase que no sea consigna. No entran gritando. No marchan con botas -al principio-. Y mientras tanto, el lenguaje se empobrece. La gira internacional que hoy se intenta presentar como el inicio de la reinserción de Chile en el escenario global, no hace sino confirmar lo mismo, pero ahora amplificado. Se visitan países de segunda línea política. Se priorizan encuentros con líderes que representan versiones degradadas del autoritarismo contemporáneo. Se omiten deliberadamente escenarios relevantes. Argentina aparece como punto de partida simbólico, no por su peso actual, sino por afinidad emocional. Milei encarna exactamente lo que Kast admira: el desprecio por la complejidad, la glorificación del gesto violento, la sustitución del pensamiento por el grito. Perú, con autoridades debilitadas, cuestionadas, sin legitimidad democrática robusta. República Dominicana como postal migratoria simplificada, donde un problema histórico y humanitario se reduce a consigna exportable. El Salvador como fetiche autoritario, donde el régimen de excepción se vende como eficacia y la suspensión del Estado de derecho como éxito. Ninguno de esos países destaca hoy por crecimiento sostenido, fortalecimiento democrático o bienestar social. Son modelos agotados, autoritarios o directamente fallidos. Se anuncian futuras visitas como si fueran trofeos; sin advertir que esa lista no revela ambición estratégica, sino alineamiento ideológico estrecho. No hay una visión latinoamericana clara. No hay una propuesta multilateral robusta. No hay una lectura compleja del mundo fragmentado que habitamos. Y cuando se insiste, una y otra vez, en que el objetivo del viaje es “reinsertar a Chile en el mundo”, la frase no sólo incomoda: se vuelve majadera. Chile nunca salió del mundo. Chile ha firmado tratados, ha impulsado acuerdos, ha sido actor relevante en foros multilaterales, ha sostenido una política exterior reconocida por su profesionalismo incluso por gobiernos ideológicamente opuestos. El contraste en El Salvador, fue decidor. Junto a Kast, Nayib Bukele reconoció explícitamente el lugar de Chile en el mundo: su trayectoria, su institucionalidad, su distancia -años luz, dijo- respecto del modelo salvadoreño. Era la entrada de un liderazgo subalterno, incapaz de representar aquello que dice venir a restaurar. La gira, entonces, no eleva a Chile. Lo achica. No por lo que hace, sino por lo que revela: un presidente electo que se mueve cómodo en escenarios donde no se le exige demasiado, donde la conversación puede mantenerse en el nivel de la consigna, donde la falta de palabras no se nota porque nadie espera que las tenga. Y aquí volvemos a la advertencia inicial. Esto no es un problema personal. No es animadversión ideológica. Es algo más serio: la normalización de la imperfección como forma de liderazgo. Porque lo verdaderamente grave no es que un hombre limitado llegue al poder. Eso ha ocurrido antes. Que la ausencia de palabras se transforme en virtud. Pero Kast no es una anomalía chilena. Es una expresión más de un clima cultural global. El trumpismo en Estados Unidos, el bolsonarismo en Brasil, Vox en España, el orbanismo autoritario en Hungría, el melonismo en Italia, los libertarios, neonazis, los ultras, los indignados permanentes de redes sociales. Todos distintos, pero unidos por un hilo común: el desprecio por el pensamiento complejo, la hostilidad hacia la palabra elaborada, la glorificación de lo simple, lo inmediato, lo visceral. No llegan con libros. Llegan con gestos. No llegan con ideas. Llegan con slogans. Tampoco llegan con proyectos. Llegan con identidades cerradas. Y funcionan porque una parte de la sociedad está cansada, despolitizada, resentida, dispuesta a que se exija cada día menos. Y cuando el estándar cae lo suficiente, cualquiera parece firme o adecuada. Cuando la vara se baja, la mediocridad se vuelve mérito. La gira importa. No por los lugares visitados, sino por todos los que revela que no puede habitar. No por los discursos pronunciados, sino por los que jamás podría formular. No por lo que dice, sino por lo que es incapaz de decir. Cuando no hay palabras, no hay ideas. Cuando no hay ideas, solo queda la administración de reflejos. Y, en ese sentido, el periplo de segunda división, fue un manual. No buscó demostrar fuerza, sino normalizar la pequeñez: Hacerla amable. Vendible. Aplaudible, incluso. Por eso escribo esto. No para ganar una discusión. No para ajustar cuentas personales. Sino porque cuando una sociedad empieza a aplaudir lo que antes exigía superar; cuando convierte la mediocridad en identidad y la falta de pensamiento en virtud, el problema deja de ser un presidente y pasa a ser cultural. El fascismo no siempre entra gritando. A veces entra almorzando entre vecinos. POLITIKA |


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