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lunes, 13 de abril de 2026

Opacidad en La Moneda: el almuerzo de Kast y el silencio impresentable del Gobierno

 

PODER Y POLÍTICA PORTADA


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La realización de un almuerzo privado en el Palacio de La Moneda por parte del presidente José Antonio Kast no sería, por sí sola, motivo de escándalo. Sin embargo, la falta de claridad sobre el financiamiento de la actividad y la respuesta evasiva del Gobierno han convertido este episodio en un caso preocupante de opacidad pública.

El evento —una comida con excompañeros de Derecho de la Universidad Católica— incluyó un menú elaborado y fue realizado en dependencias del principal edificio institucional del país. Más allá del carácter social de la reunión, la pregunta fundamental sigue sin respuesta: ¿se utilizaron recursos públicos para financiar total o parcialmente esta actividad?

Hasta ahora, no existe información oficial que lo aclare. Versiones extraoficiales señalan que el propio mandatario habría costeado el almuerzo. Pero esa afirmación, difundida sin respaldo documental, resulta insuficiente frente a la gravedad del asunto. En particular, porque incluso si el costo directo de la comida hubiese sido privado, persisten dudas sobre el uso de recursos estatales indirectos: personal de cocina, funcionarios de protocolo, seguridad y logística, todos elementos que implican gasto fiscal.

La gravedad del caso fue advertida por la senadora Daniella Cicardini y el diputado Daniel Manouchehri, quienes presentaron una denuncia ante la Contraloría General de la República. La acción busca determinar si hubo uso indebido de recursos públicos o infracciones a los principios de probidad administrativa. No se trata de una polémica menor ni de una disputa política superficial: es una cuestión de transparencia y responsabilidad en el uso del aparato estatal.

En este contexto, la respuesta de la ministra vocera Mara Sedini resulta, derechamente, impresentable. Consultada directamente sobre el origen de los recursos, Sedini optó por eludir cualquier precisión, limitándose a señalar que el Gobierno responderá “a través de los canales institucionales”. La fórmula, repetida en múltiples ocasiones, evidencia una estrategia comunicacional basada en la dilación más que en la transparencia.

El problema no es solo la falta de información, sino la negativa a entregarla cuando es requerida. En un contexto donde el propio Ejecutivo ha insistido en la necesidad de austeridad fiscal, el silencio frente a un evento de estas características resulta contradictorio y erosiona la confianza pública. La ciudadanía tiene derecho a saber si los recursos del Estado están siendo utilizados con fines privados, especialmente cuando se trata del Presidente de la República.

Además, el uso del Palacio de La Moneda para actividades no oficiales plantea un debate más amplio sobre los límites entre lo público y lo privado. La sede del Gobierno no es un espacio neutral ni doméstico: es un símbolo institucional cuyo uso debe estar estrictamente regulado y justificado. Cualquier ambigüedad en este punto debilita los estándares de probidad que se espera de las más altas autoridades.

La insistencia en responder “por canales institucionales” tampoco resiste análisis. La transparencia no es incompatible con los procedimientos formales; por el contrario, exige que la información relevante sea entregada de manera oportuna y clara. Postergar las respuestas solo alimenta las sospechas y agrava el costo político del episodio.

Este caso no se resolverá con declaraciones genéricas ni con filtraciones informales. Requiere antecedentes concretos: documentos, facturas, registros de gasto y protocolos utilizados. Hasta que esa información no sea pública, persistirá la duda legítima sobre un posible uso indebido de recursos estatales.

En democracia, la probidad no es opcional ni negociable. Y cuando el Gobierno opta por el silencio frente a cuestionamientos fundados, lo que está en juego no es solo un almuerzo, sino la credibilidad de las instituciones.

Simón del Valle

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