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viernes, 18 de septiembre de 2020

Opinión


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¡El gobierno no entiende nada! pero... ¿qué es lo que no entiende?

por  18 septiembre, 2020

¡El gobierno no entiende nada! pero... ¿qué es lo que no entiende?

Con distintas variaciones, tal vez la frase más repetida desde el inicio de la revuelta social de octubre pasado es que el gobierno, la derecha y la elite empresarial no entienden lo que sucede en Chile. Conclusión a la que no es difícil llegar luego de ver la forma como han enfrentado la situación que vive el país.

A estas alturas del colapso del gobierno creo que bien vale la pena cuestionarse, qué es lo que no comprenden o se niegan a aceptar, que no les permite reaccionar de un modo distinto, llevándolos por un camino plagado de desaciertos.

Las líneas que siguen (en éste y otros tres artículos) aventuran qué es lo que el gobierno, la derecha y la elite empresarial no logran entender.

Lo primero es que, pese a su monopolio de los medios tradicionales de comunicación, perdieron la capacidad de imponer una imagen única del país, como hasta hace unas décadas ello era posible.

Las redes sociales no sólo han dado instantaneidad a las comunicaciones, también han permitido que los ciudadanos confronten su realidad personal, familiar y local, con aquella que la elite intenta imponer como oficial. La verdad, hoy más que nunca, es inmediata y la construyen infinidad de actores. Ya no es necesario esperar a la mañana siguiente para que nos informen sobre cómo fue nuestra vida nacional el día anterior.

Pero dado que la élite, a pesar de repetirlo, no lo ha entendido, sigue esclava de sus periódicos, como El Mercurio u otros similares, que escriben desde y para ella. Ahí se codean en sus páginas sociales, analizan el curso de sus valores bursátiles y leen las noticias en el tono que les acomoda. El problema es que ello no basta para interpretar con acierto lo que sucede en Chile, aun cuando reporteen un amplio espectro de hechos o incluyan columnistas dominicales que, con calculada imprudencia, se desvíen de la línea editorial o con mansedumbre lambona les acaricien la mala conciencia. Así como tampoco es suficiente invitar cientistas sociales a sus galas empresariales para que les hablen del Chile que no conocen o instruyan a sus centros de pensamiento que les cuenten de la felicidad de los chilenos y chilenas. Ello no es suficiente para interpretar los cambios que han estado teniendo lugar en el país.

Su clausura cultural no hace más que agudizar su distancia territorial, económica y social con el resto de Chile.

Es, entonces, importante hacerles ver que el espacio público se articula hoy principalmente en torno a medios digitales y redes sociales, cada vez más veloces y ubicuas. Que en ellas las personas exponen lo que les sucede, generando una convivencia social en que se cruzan demasiadas realidades que se contraponen a la oficial. De acuerdo a las estadísticas de Valida correspondientes al segundo semestre de 2018, entre la Tercera y El Mercurio, en versiones papel y digital, sus lectores llegaban el domingo a un millón sesenta mil. Su día de máxima cobertura. Entonces, ni siquiera se trata de que los medios tradicionales no puedan competir, es aún más simple: no se conocen.

Cada persona porta consigo un teléfono que la transforma en reportera de su propia existencia y le permite compararla con la suerte de otros. La verdad oficial ya no logra convencer a los individuos de ser lo únicos circunstancialmente desviados de una promesa de desarrollo nacional a punto de cumplirse. Las redes hacen que esa verdad, la oficial, aparezca como lejana, ajena, y no mucho más que un desvarío de unos pocos privilegiados. Las realidades sociales se enlazan hoy en un espacio público virtual que no admite monopolios. El problema, sin embargo, se produce cuando la propia elite empieza a creer que esa verdad, escrita por ellos y para ellos, es real.

Entonces, lo primero que el gobierno, la derecha y la elite empresarial no entienden es que las personas más que nunca son conscientes de su propia realidad social. Ya no se trata de individuos desperdigados en campos, ciudades y pueblos, a la espera de las noticias nacionales oficiales, sino que entre todos comparten y suman su realidad social, percatándose que ella es mayoritaria.

Así, su parapeto cultural, desde el cual antes imponían su imagen del país, ya no los resguarda, sino que los aísla y aleja, aún más.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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