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miércoles, 7 de octubre de 2015

PULSO SINDICAL EXTRA Nº 18 EL QUE NACIO DOS VECES


A los caídos en el campo de prisioneros del Cerro Chena, en San Bernardo.
Mi recuerdo y el compromiso de seguir junto a la clase trabajadora.

                              ***********

Había salido temprano el sol ese 3 de octubre de 1973. 
El dolor recorre todo el cuerpo, pero sentir como el sol traspasa la ropa y abraza, es una sensación maravillosa. 
No se puede ver  la caída del fuego vivificador, la apretada venda lo impide, pero está ahí, encaramándose por el cielo desde la cordillera, rompiendo por entre todos las rendijas del campo de prisioneros, avanzado sin prisas en su camino hasta el mar, allá lejos tras las espaldas de los presos y del cerro.

Abajo se escucha el motor del vehiculo que trae a los que torturan. Se contrae involuntariamente el cuerpo, como cuando se recogen en si mismo los chanchito de tierra.
Algunas carreras por el sector, la orden de ¡Silencio! y a tomar la posición de preso.

¿Como estarán los padres y hermanos, los amigos del barrio y de colegio y esos vecinos que no han dejado de preguntar si hay alguna novedad y que luego se retiran con la vista pegada al piso?,
Han de ir perdiendo, con cada hora que pasa,  la esperanza de volver a vernos. Lo mismo nos pasa a quienes estamos aquí, invisibles para todos excepto para nosotros mismos, 
No es necesario ver, para entender que se aleja inexorablemente la vida. 

¿Volveremos a ver con tranquilidad la luz del día, las luminarias y las sombras de la noche,  dar y recibir abrazos, besar y acariciar en la intimidad?

Se detiene el vehiculo.
El sonido seco de las botas de los que viajan en la parte de atrás al golpear el suelo, es la señal de que comienza otro día interminable de golpes y torturas, de necesidad de agua, ansiedad por alimentos, carencias que satisfaremos al fin del día con un banquete  de cáscaras de naranja.

¿Será hoy mi turno de pasar por los siniestros cuartos, ubicados al costado norte de este centro clandestino de detención, o deberé escuchar los gritos de dolor y las suplicas de los que hasta ahora me han antecedido?.

Como pasa de lento el tiempo, los tipos han llegado, los gorilas han llegado, los animales salvajes han llegado, pero parece ser que nada se mueve.

Por que este silencio? 
Que sucede mas allá de la sucia venda que enceguece?

Un rugido, la voz de la bestia, rompe la mañana y silencia a los pájaros.
Desaparece el sonido monótono y eterno, que indica el paso de la electricidad por los cables de alta tensión que están por allí arriba, sobre nuestra cabezas.

¡De pie los prisioneros!, es la orden.
¡Manos en la nuca y silencio. No los quiero oír ni respirar mierdas..................Si lo hacen, se mueren!!.
Y ahí estamos, vista al frente sin ver, sin saber quien está adelante, al lado o detrás de cada uno de nosotros.
Solo el paso cansino de los que vigilan, metralla en mano. Dispuestos a todo por si esta tropa de subversivos ciegos, cubiertos de llagas y con sus músculos agarrotados, se decide a atacarlos.

Silencio. 
Quejidos débiles. 

Es tanto el silencio, que semeja una explosión el golpe que recibe aquel que osó quejarse y fue escuchado. 
Se doblará, enroscará en si mismo, lentamente. Si le quedan fuerzas pondrá una o las dos rodillas en tierra. Buscará con desesperación aire para beberlo en abundancia, y comenzar a levantarse. 
Si no puede hacerlo y cae al suelo, las botas le recorrerán entero, hasta saciar su hambre.
Lo tomarán bruscamente del pelo, de cualquiera parte de su cuerpo y lo volverán a la fila. 
Un nuevo quejido casi imperceptible, da cuenta de su derrota en este desigual combate.

Los pasos se repiten y retumban en los oídos. 
Suenan como esos míticos pasos de los monstruos de nuestra infancia, o aquellos gigantes buenos que ayudaban a cumplir los sueños.

Las manos tomadas por detrás de la nuca comienzan a pesar, con cada segundo que transcurre. Lentamente y sin aceptar la orden, se separan los dedos.
Por mucho que se quiera tener la fuerza de un titán, ellos, los dedos, terminan deshaciendo el nudo que se habían juramentado no romper.
Cuanto tiempo llevan tomados?
Minutos, horas?. 
No importa cuanto. Aunque el cerebro les ordena no soltarse, porque sabe lo que viene después de esa separación involuntaria, no hacen caso y se abren.

En el mismo momento en que los dedos toman caminos diferentes, un golpe seco en las costillas o en la boca del estomago, deja claro que siempre alguien observó al que no ve, para golpearlo e indicarle que el poder de la vida y de la muerte está en sus manos,

El arma que golpea a unos y a otros es la misma y sin embargo los quejidos, los gritos son distintos.
Es Manuel, es Ricardo, es Joel, los que se llevaron ayer tarde y fueron hacía  cuesta Chada, es Ramon, es Adiel, es Raúl.

Silencio. 
El señor de las tinieblas ruge de nuevo. 
¡Los nombrados darán un paso al costado! 

Que pasará con los otros?. 
Es lo que se deben haber preguntado todos los que están con sus manos en la cabeza en ese momento.

Comienza la lectura. 
Un apellido y después el nombre. 
Pies que se arrastran. 
Ni una palabra, solo respiración entrecortada y pies que se arrastran.
Son los que se van?, pensaran todos cuando escuchan nombrar a uno. 

Hay tortura mas grande que esta?. Decenas de hombres agotados, carentes de todo salvo de las ganas de vivir, yacen pendientes, expectantes del próximo nombre, sin saber si el llamado compra pasajes a las tinieblas o a la luz. 
Y sin embargo todos, sin excepción, esperan ser el próximo apellido y nombre  
Continúan de pie, sosteniendo unos a otros a esos dedos adormecidos, que quieren descansar junto a todo el brazo, a un costado del tronco.

Que hora es?, se preguntan cuando ya no escucharon mas nombres ni apellidos. No fueron llamados.
Siguen parados ahí, las lágrimas corren por esas barbas de varios días. Seguro que la venda se empapó y ya no pudo contenerlas.
Unos dicen oraciones, se entregan a sus dioses y santos. Invocan el perdón para los martirizadores. 

Otros buscan explicación, una razón, una sola, del porque tanta maldad, Reafirman su convicción en que el hombre será libre cuando se desprenda de sus lastres y esa libertad permitirá sembrar y distribuir con igualdad los frutos

Vamos a morir, dicen todos sin hablar.
Gritando en silencio se despiden de la vida, del amor.
Se abrazan invisiblemente los nombrados y los ignorados. 

Sea lo que sea que venga ahora, unos y otros descansarán por fin al terminar el día. 
Caminaran por calles desiertas, buscando los brazos de aquellos que ya van perdiendo las esperanzas, cuando es ya 3 de octubre y hay sol.
O bien recibirán un tiro en la cabeza o muchos en distintas partes del cuerpo, hasta que nada más que el silencio reine.
No habrá más golpes. Todos saben que la libertad esta cerca, a unos pasos. Aunque esa libertad será para unos la vida y para otros la muerte.

Largo tiempo transcurre, lejana las notas de un tema musical de moda, gritos que se pierden, los cables de alta tensión que parecen haber recuperado todo su poder, braman en las torretas.
Ahí adentro, en el costado norte de la casa de techo colorado o la casa blanca como será recordado por siempre este lugar del Cerro Chena en San Bernardo, repiten las mismas preguntas.
Se sigue jugando al gato y el ratón, solo que el roedor continúa amarrado y con venda en los ojos. 
Será el quien va a encontrarse con la muerte?


A las 15 horas mas doce minutos, cae de bruces al suelo, esta mojado.
Es agua o sangre?

Sigue vendado pero sus manos están libres de ataduras.
Acaricia el pasto y los arbustos pequeños que parecen rodearlo. Respira ansioso, tanto que se ahoga. Resopla y comienza de nuevo.
Se estira cuan largo es y rasga los restos de ropa que le cubren el torax.
Los músculos se distienden y aunque tiene dolor se estira de nuevo, una y otra vez.
Esta dolido, sucio, pero se percibe entero. 
Será agua o sangre lo que aún le recorre el cuerpo?
El pecho adolescente recibe directo, desde las alturas, el abrazo del sol, que lo toca, lo cubre, lo acaricia, lo adormece.

Es uno de los que se va, al menos de allí. Parece un parto.
Es el parto de la vida.
Sin volver a las entrañas de la madre, vuelve a nacer.

Llora y se entrega al sol. No sabe si está mojado por el agua o la sangre, pero percibe que este sol le va secando.

Pasadas las 6 de la tarde de ese 3 de octubre le tocó volver al mundo. Paradojas de la vida, debió gritar vivas a los que lo habían flagelado física y mentalmente.

La noche estaba encima de ellos. La pesadilla tenía aún un capitulo por desarrollar, y pese a que la parca cobró todavía otras vidas, fueron 3 los que volvieron a ver el sol ese 4 de octubre de 1973. 
Amanecieron en "libertad".

Todavía hoy da gracias por eso y no ha olvidado a los que fueron nombrados y no volvieron a ver la luz.



MANUEL AHUMADA LILLO
Presidente C.G.T. CHILE

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