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jueves, 15 de junio de 2017

OPINIÓN





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Nacen nuevas formas de organización

por  15 junio, 2017



Hasta 1973, la base de la organización popular en Chile se encontraba en las fábricas. Allí los sindicatos eran fuertes, porque agrupaban a todos los trabajadores pertenecientes a estas. El ingreso a una fábrica traía consigo automáticamente el ingreso al sindicato. Las empresas que contaban con más de 30 obreros tenían que permitir, por ley, la constitución del sindicato. Pese a que muchas se esforzaban en no contratar más de 29 trabajadores, el desarrollo de la organización era vertiginoso hacia fines de los años 70. Nacían los Sindicatos Únicos de obreros y empleados, se impulsaban los sindicatos por rama y había una búsqueda constante de la UNIDAD tras una única Central de Trabajadores. El centro de trabajo constituía, ideológica y objetivamente, el escenario principal del desarrollo de la lucha de clases.
La organización barrial tuvo un cierto impulso con la Promoción Popular de Eduardo Frei en 1964 dentro de la cual se constituyeron Juntas de Vecinos en las poblaciones y otras organizaciones que unían a pobladores, pero ellas jugaron un papel más reivindicativo que político. Poco antes del golpe de estado nacieron los Cordones Industriales, pero aunque tuvieron expresión comunal, su base también la constituyeron los centros de trabajo y los sindicatos. En suma, la organización política barrial nunca fue fuerte en Chile.
El régimen militar destruyó esta organización, los propietarios ya no podían soportar el avance reivindicativo y político de la organización popular y la tarea destructora continuó sistemáticamente en democracia. La clase dominante lo logró a través de la aplicación de la Constitución del 80, de una legislación laboral retrógrada, con un sistema binominal poderoso recién eliminado, y desarrollando infinitos mecanismos de cooptación de los líderes de izquierda a través del financiamiento de sus campañas.
Mientras no surjan nuevas formas de favorecer la lucha social, está claro que es el barrio donde, desde diferentes puntos de vista, se siente con más fuerza el impacto de la desigualdad, pese a que el sistema se ha encargado de dividir a la población en guettos, ya sean regionales versus la capital, entre comunas y localidades, donde hay jóvenes que no conocen el centro de Santiago o pobladores que nunca han subido de la Plaza Italia hacia arriba.
Con el avance tecnológico de la cuarta revolución industrial, la clase obrera se convirtió en desechable y polifuncional en Chile y en todos los países industrializados o semi industrializados. La manufactura del mundo se instaló en los países más pobres de Asia, África y América Latina en condiciones de semi esclavitud, con trabajo infantil, sin ningún derecho laboral, social, ni humano.
El poder de las grandes corporaciones es más grande que nunca en la historia, por lo que estas decidieron no solo externalizar costos laborales, sino también los “costos de la modernización”, es decir sus desechos tóxicos, basura pestilente, alimentos en mal estado, emanaciones contaminantes de plantas de aguas servidas recientemente privatizadas, inundaciones por calles o casas mal construidas, plagas de ratones, termitas y garrapatas por las nuevas construcciones, incumplimientos de contratos y malas prácticas de todo tipo, como el costo arbitrario en los servicios públicos, artículos electrónicos quemados. Además estimularon el consumismo ofreciendo créditos usureros con el mismo mecanismo de los comisariatos de las salitreras. El Estado no protege, porque los considera “conflictos entre privados” y, salvo algunas organizaciones de consumidores como Conadecus, a la que el SERNAC solo trata de quitarles poder, la población carece de protección.
El trabajador perdió su identidad junto a su capacidad de lucha y se ha concentrado en mejorar salarios vía mayor trabajo, con lo que las jornadas se han duplicado debido al pago por hora y a destajo. Aunque exista una jornada laboral legal, no hay fiscalización de la Dirección de Trabajo que carece de inspectores por defensa del presupuesto nacional. Las denuncias laborales se judicializan y no hay control del cumplimiento de la jornada de 45 horas semanales. En Japón se reconoció en 1987 que en dicho país habría 10.000 muertes anuales por derrames cerebrales y ataques cardíacos en jóvenes que hacen un excesivo número de horas extraordinarias. Dados los bajos salarios, hay trabajadores, no mayores a 40 años, que pueden llegar a hacer más de 100 horas extraordinarias en una semana y por largos períodos. La muerte de una persona que ha trabajado 100 horas semanales durante tres meses ya es calificada como “karoshi” y si un juez lo determina así, su familia recibe una compensación por parte del gobierno y de la compañía. Ya en Chile se puede observar largas jornadas de trabajo desechable que realizan muchos trabajadores, en especial, aquellos que cumplen labores de cuidado y seguridad.
Si el poderoso lucha contra el débil en todos los ámbitos posibles y el débil ya no puede amenazarlo con paralizar la producción, el débil tiene como única forma de defenderse, después que entiende su situación, es la unidad con los de su misma condición, la organización, la educación y la paciencia, la misma con que Mahatma Ghandi independizó a la India del dominio británico.
Es por esto que es muy destacable el primer intento de trabajo a nivel local realizado en Chile, cual fue el desarrollo de los Encuentros Programáticos para pensar en conjunto una Nueva Constitución. Fue muy interesante que esto se lograra entre gente que no se conocía. Pero lo fueron mucho más y lo siguen siendo los encuentros que ha impulsado el Frente Amplio. Encuentros entre personas unidas solo por una definición primaria, del mismo barrio, para elaborar un programa de gobierno y una plataforma de acción política, constituyen una experiencia única en la historia de Chile. Pero lo más novedoso es que sean jóvenes los que organicen los encuentros para desarrollar un programa para el próximo Gobierno de Chile.
El trabajo entre personas diferentes no es fácil, su continuidad será compleja, pero lo que es claro es que ya no existen en Chile las condiciones previas a 1973 para poder sostener una organización fuerte en los centros de trabajo. Mientras no surjan nuevas formas de favorecer la lucha social, está claro que es el barrio donde, desde diferentes puntos de vista, se siente con más fuerza el impacto de la desigualdad, pese a que el sistema se ha encargado de dividir a la población en guettos, ya sean regionales versus la capital, entre comunas y localidades, donde hay jóvenes que no conocen el centro de Santiago o pobladores que nunca han subido de la Plaza Italia hacia arriba.
Por otra parte ya está demostrado que la democracia es el mejor sistema al que podemos aspirar, la peor democracia es mejor que la mejor dictadura. Pero para que la democracia chilena no sea solo una fachada, los habitantes deberán expresar sus opiniones, sus reclamos, sus propuestas, sus iniciativas de ley, desde el barrio, la comuna y la región. Debemos organizar tareas solidarias a través de la Municipalidad para disminuir la delincuencia, el narcotráfico, ayudar a enfermos y a adultos mayores. La creación del Ombudsman, prometida por este Gobierno y no cumplida, debería constituirse, legal o ilegalmente, pero debería conformarse no solo a nivel nacional, sino a todos los niveles llegando a las Comunas para proteger a los chilenos que en la actualidad están inermes.
Las castas burocráticas de los partidos políticos están en crisis, dado que les fue imposible mantenerse fuera de la cooptación de los grandes capitales, inmensos e incontrolables gracias al neoliberalismo. Debemos multiplicar iniciativas como la del Frente Amplio, expresar nuestras ideas, dar luz a nuestras esperanzas y demostrar que no nos rendiremos jamás.
  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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