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sábado, 26 de septiembre de 2020

El Sistema De Partidos Políticos Se Agotó

   

El sistema político chileno muestra signos de crisis, incluso de agotamiento. La monarquía presidencial, el sistema electoral binominal, los partidos políticos aislados de la sociedad civil, el matrimonio entre los negocios y la política, todos estos elementos juntos constituyen una jaula de hierro, que más temprano que tarde terminará por explotar.

Es cierto que los sistemas políticos, por muy inadecuados que sean, tienen un poder de supervivencia y capacidad de sortear las crisis son mucho más persistentes que los individuos – se dice, con razón, que la muerte no existe en política-. Por condiciones históricas los sistemas políticos chilenos han pervivido muchos años más a los anuncios de su propia decadencia. En Chile hay algo de la idolatría del orden y de pánico al cambio que permite que instituciones agotadas sobrevivan a las crisis.

Se supone que en una democracia representativa el soberano, la ciudadanía delega el poder a sus representantes, que se canalizan a través de los partidos políticos y de las instituciones republicanas.

En las crisis de representación lo que ocurre es que los representantes están completamente divorciados de los electores.

Tan cierto es que la muerte no existe en política que, en las últimas elecciones mexicanas, el PRI, que parecía definitivamente sepultado, reaparece. Claro que hay otros casos como la Democracia Cristiana, el Socialismo y el Partido Comunista italiano, prácticamente muertos, han inventado la forma para crear un nuevo partido de varias fracciones, que se llama Democrático. En Colombia, liberales y conservadores han sido absorbidos por Uribe y Duque en Venezuela, el COPEI y ADECO hacen parte de la oposición a Maduro, con pocas posibilidades de éxito; el APRA peruano, con el suicidio Alán García se fue al museo.

En democracia se supone que los partidos políticos tienen por función canalizar las opiniones existentes de la sociedad civil. En todo sistema político la legalidad y el monopolio de la coerción legítima se lleva a cabo en las instituciones democráticas, todas ellas surgidas de la soberanía popular; el actor central debiera ser, siempre, el cuerpo electoral y, con mayor amplitud, el pueblo; estas condiciones no ocurren en las crisis de legitimidad – el representante sólo se representa a sí mismo y los ciudadanos únicamente magullan su desagrado, convirtiendo el voto en un rito, cuyo resultado se sabe de antemano

En el fondo, si se revisa bien la historia de Chile, a partir de 1860 se observa un equilibrio entre el poder monárquico del presidente y la fronda de los partidos, sea cual sea la Constitución que la rija – la de 1833 y la de 1925-; sólo en el régimen de asamblea (1891-1925), desaparece la monarquía presidencial, y la totalidad del poder reside en la arista-plutocracia de los partidos – liberales, nacionales, balmacedistas, radicales, conservadores y demócratas-. En el presidencialismo, a partir de 1933, el monarca-presidente siempre dependió de los partidos y combinaciones – radicales, democratacristianos, socialistas y comunistas- que, en ese tiempo, tuvieron la virtud, al menos, de integrar en su seno a algunas expresiones de la sociedad civil, razón por la cual casi no hubo espacio para partidos sindicalistas, campesinos, femeninos, de jubilados, u otros; los pocos casos conocidos sólo confirman la regla.

Normalmente, en las crisis de representación el actor principal debiera ser el ciudadano, que cuestiona las instituciones periclitadas y carentes de sentido y funcionalidad. El diagnóstico es evidente y compartido por muchos en la actualidad en que el padrón electoral no sólo es viejo desde el punto de vista erario, sino también no da cuenta del universo potencial de trece millones de electores, de los cuales sólo vota siete millones de ciudadanos.

Cuatro personas designan, a dedo, a los candidatos a diputados y senadores, además de repartir a su gusto todos los cargos del botín estatal; dicho cínicamente, basta que se reúnan y concuerden los jefes del partido democratacristiano, socialista, PPD, radical, RN y la UDI para conformar el nuevo parlamento, lo que no sería muy diferente del famoso “congreso termal” de Carlos Ibáñez del Campo. No faltará quien proponga suprimir las elecciones y economizarle al Fisco una cantidad de millones de pesos, que serían muy útiles para combatir el desempleo. En tiempos pasados, las elecciones constituían una fuente de empleo y un bono extraordinario de invierno, que era el cohecho – no falta el mal pensado que sostenga que esto continúa, pero de una forma más sutil-.

Poco importa que el Parlamento, en la actualidad, esté desprestigiado a tal grado que los medios de comunicación se ríen de los diputados, jugando con tan respetable corporación como “el gato maula con el mísero ratón”; cada padre conscripto sabe, muy bien, que tiene su sillón asegurado y todavía no me explico para qué diablo necesita la confirmación de los electores. El rito electoral se ha convertido como territorio de los perros que, con un pipi, asegura que ningún otro canino vaya a invadirlo.

Para ser parlamentario nada más simple que estar siempre callado el loro, ser muy buen amigo y servidor del presidente del partido, jamás protestar por el Distrito que se le designa y asegurarse que por el binominal será elegido. Por último, si por azar no sale elegido – casos muy raros en el sistema actual- hay, como en la lotería, premios de consuelo: puede ser ministro, subsecretario, director de empresas públicas y, si no es muy brillante, ser gobernador, intendente o seremi; aun cuando sea muy chico el Estado, hay para todos; por último, está la empresa privada o convertirse en lobista.

Este sistema de repartos parece haber hecho agua, pues desde hace algunos años se puso de moda el ir por fuera, como independiente, que dio buenos resultados en las últimas elecciones municipales – claro que rige sistema proporcional-. Qué duda cabe que viste mejor ser independiente que apitutado de partido – con el binominal, esta hazaña es un poco más difícil, pero no imposible-.

Como siempre, la casta parece no tomar en cuenta esta crisis y se demuestran incapaces de crear nuevas formas de hacer política; como decía Alberto Edwards, refiriéndose a la República Parlamentaria, “ni siquiera tienen el egoísmo de Luís XIV, de pensar que después de mí, el diluvio”.

 

Rafael Luís Gumucio Rivas

26 09 2020

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