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lunes, 12 de junio de 2017

El esclavo del General

Claudio Pizarro 11 Junio, 2017

El suboficial Luis Zamorano trabajó 22 años en el Ejército, casi todos ellos como cocinero y encargado de mantención en las casas comando, viviendas fiscales usadas por el alto mando, donde habría desempeñado todo tipo de labores domésticas. Fue nana, jardinero, cocinero y sirviente. En resumen, asegura, el “milico goma de turno”. Luego de firmar su retiro voluntario se atrevió a contar su verdad por primera vez. Su abogado acaba de presentar una demanda de tutela laboral, por vulneración de derechos fundamentales, alegando graves lesiones a su honra personal y libertad de trabajo. Apelando al convenio 29 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), intentará acreditar que el militar fue víctima de trabajo forzado. Luis Zamorano es el primer funcionario en demandar al Ejército por esclavitud en pleno siglo XXI.


Antes que el general Luis Chamorro ingrese a su despacho, ubicado en el tercer piso del Comando de Personal del Ejército, el suboficial Zamorano tiene la mitad de sus obligaciones listas. Las restantes, las que menos le agradan, las realizará en cuanto su jefe traspase el umbral de la puerta. Todos los días, durante los últimos dos años, su rutina ha sido la misma. Y a juzgar por su semblante, fruncido en el entrecejo, todavía le provoca escozor recordarlo. Su único consuelo, hasta ahora, es que todo acabará pronto. Quizá en unas semanas más, o un par de meses, cuando el alto mando firme su retiro voluntario. Mientras, todo sigue igual.
Son las 5:30 de la mañana, aún no despuntan los primeros rayos del sol, y el suboficial Zamorano está instalado haciendo aseo en la oficina del general Chamorro. Lo primero que hace es sacudir el escritorio, lavar las tazas sucias del día anterior y vaciar el papelero del baño. Después mueve el cuello de un lado a otro, reparando en los más mínimos detalles, con tal de dejar satisfecho a su exigente superior jerárquico, un tipo que describe como puntilloso y malas pulgas.

A continuación, con el ritmo monótono de un ritual adquirido, despliega en el despacho la tabla de planchar, la misma que su jefe le ordenó comprar en el Homecenter, y comienza a estirar la arrugada camisa que la esposa del general envía para que él la planche. También un pantalón al que siempre remarca la línea del medio y que luego tiende en un colgador, con el cinturón puesto, junto a la ropa interior y los zapatos de su jefe recién lustrados.
Faltan apenas unos minutos para el arribo del oficial. La oficina está impecable, el ambiente temperado y el café listo para servir. El general Chamorro ingresa sudoroso a su impecable despacho, vestido con tenida deportiva, después de trotar desde su departamento a la oficina. Luego se dirige al baño a ducharse. Minutos más tarde, el apellido del sargento retumba en todo el despacho: ¡Zamoranooooo!
-A su orden, mi general- responde cuando el oficial abre la puerta.
-Mire los pantalones- le dice con vozarrón intimidante.
El suboficial observa la prenda y encoje los hombros buscando una explicación.
-Le dejaste dos rayas- le recrimina su jefe.
-Disculpe, mi general, no se volverá a repetir- se excusó.
El mandamás de la Comandancia de Personal, encargado de velar por el bienestar de los funcionarios del Ejército, cerró el impasse con una orden perentoria. Un castigo que en jerga castrense denominan “servicio especial” y que obligaba a Zamorano a acudir durante sus días libres a hacer el aseo a la oficina de su jefe. Mientras recogía los calzoncillos húmedos del oficial, se lamentaba no poder estar con su hija el próximo fin de semana. Fue la única vez que casi pierde los estribos. “Me dieron ganas de sacarle la conchesumadre”, dice.
Como un mueble viejo, una cortina maltrecha o un vulgar botiquín de baño, el suboficial Zamorano formó parte de una casa que cada cierto tiempo cambiaba de dueño. Todavía recuerda la dirección de memoria: Los Alicantos 0150, Villa Constanza, Rancagua. Trabajó allí 15 años de su vida.
En la vivienda fiscal, un chalé enorme con piscina ubicado en un exclusivo condominio, vivieron varios oficiales del alto mando de la sexta región: Ricardo Ortega Prado, Víctor Guzmán Martínez, Jorge Gualda Salinas, Antonio Yakcich Furche, Iván González López y Luis Chamorro Heilig. Todos fueron aves de paso, menos Zamorano. “Era parte del inventario”, dice. La propiedad, según datos proporcionados por el Ejército, es una de las 117 casas comando que la institución pone a disposición de un selecto grupo de oficiales . Y al menos 26 de ellas, vienen con un mayordomo incluido. Una labor que la institución admite que sería de carácter “voluntaria y vocacional”.
“A mí nadie me dijo que tenía que sacarle los papeles cagados a los generales”, agrega Zamorano. Al contrario, asegura, sus tareas correspondían a secretario personal y encargado de mantenimiento de la casa. El sargento, sin embargo, terminó realizando el trabajo de una empleada doméstica. Pasar del casino de suboficiales a la casa comando de los generales, asegura, fue como matricularse en un postgrado en servidumbre. Salvo contadas excepciones, como el caso del general Jorge Gualda, la mayoría de los oficiales no respetó nunca la naturaleza de su cargo, estipulado en el decreto ley 2306 del ministerio de Defensa Nacional, vigente desde el año 1978.
Zamorano tarde o temprano terminaba limpiando el jardín, lavando los autos, sacando a los niños a la plaza. Planchaba, hacía las camas y la comida. Era guardia, cocinero, jardinero. En resumen, el milico goma de turno, la nana de la casa, el sirviente. La rutina siempre era la misma. Viajaba todos los días desde el regimiento en micro y se presentaba a las 8 de la mañana en la casa comando. Antes de marcharse al trabajo, el general le dejaba todas las tareas del día. Cuando se le olvidaba, lo hacía su esposa. “Se creen con el mismo grado que ellos, son mandonas, uno tenía que hacer las cosas o si no te acusaban al marido. La mayoría eran flojas”.
Con el tiempo, Zamorano se hizo su propio itinerario. “Llegaba en la mañana, pasaba la aspiradora en las piezas y hacía las camas –cuenta enumerando con los dedos sus tareas diarias- después limpiaba el comedor y de ahí recogía las hojas del patio. Entremedio cocinaba y en las tardes me dedicaba a limpiar las terrazas y la piscina”.
Si cumplía todas las labores, podía retirarse a las cinco y media de la tarde. Nunca faltó la vez que estando a punto de marcharse, le gritaron desde el pasillo: “Oye, sabí, están sucios los vidrios, podrías limpiarlos”. La jornada entonces podía extenderse otras tres o cuatro horas más. Todo dependía, asegura, del ánimo de sus “patrones”. Lo que más lamentaba en esas ocasiones era no poder ver a su hija. La niña había nacido cuando llevaba apenas dos años en el Ejército y fue el único cable a tierra que tuvo para no explotar. “Todas las mañanas me despertaba, la miraba y me decía ármate de valor. Anda a trabajar”.
Zamorano, siendo honestos, pasaba más tiempo con los hijos de los generales que con su propia hija. Recuerda incluso haberle enseñado a andar en bicicleta a uno y prepararle la mamadera con leche a otro. “También los vestía, les daba su comidita y su leche. Me acuerdo que a uno, el Antonio, le enseñé a pintar en el computador. Igual uno termina encariñándose, pero me daba lata perderme esos mismos momentos con mi hija, llevarla a tomarse un helado, sentarme a estudiar con ella, hacer dibujos. Cosas que nunca hice. Casi siempre llegaba a mi casa después de las 10 de la noche”.
Cuando trabajaba con el general Ricardo Ortega, le pidió permiso a su esposa para ir a la ceremonia de graduación de kínder de su hija, recuerda, explicándole que habían invitado a todos los papás y que nunca la había visto participar en un acto. “Ricardo viene a almorzar y hay que atenderlo. Tienes que preparar la comida. No vas a poder ir porque hay cosas que hacer”, soltó la mujer.
Desesperado, llamó al mayor Bertoni, ayudante del general Ortega, para que lo autorizara. El oficial se negó rotundamente. Zamorano tuvo que rogarle a la esposa de Ortega hasta ablandarle el corazón. “Anda quince minutos y te vienes”, le dijo. “Agarré la bicicleta y partí rajado. Ni siquiera me importó llegar transpirado. Fue una emoción muy grande. Cuando me vio se puso a llorar y me dijo gracias papá”, recuerda el suboficial.
En la ceremonia se encontró con el mayor Bertoni que tenía a un hijo en el mismo jardín infantil del Ejército, “El soldadito”. El oficial lo miró con cara de perro, recuerda, como preguntando “qué cresta estás haciendo aquí”. Zamorano sintió impotencia. Ni siquiera en el jardín infantil, en su calidad natural de padre, pudo sentirse un par entre sus camaradas. “Él disfrutó toda la ceremonia con su hijo, se sacó fotos, y yo apenas alcancé a estar cinco minutos. O sea, un oficial tiene todas las garantías y un cabo no. Me sentí totalmente discriminado”.
***
El suboficial Zamorano y el General Chamorro, segundo y tercero de izquierda a derecha, en una de las tantas actividades que compartían juntos.
Como un accidente a la vuelta de la esquina, esos que si no te sorprenden te matan, fue lo que sintió el entonces cabo Zamorano cuando un coronel del Ejército lo ubicó en la fila de los “pelapapas”. Un nombre despectivo que usaban sus camaradas para referirse al personal de servicio encargado de cocinar en el casino de oficiales. El contingente seleccionado engrosaría las filas de los 292 clubes y casinos que posee la institución a lo largo de todo Chile.
Para un militar novato, recién ingresado al Ejército tras el servicio militar, llenar la bandeja de comida de sus compañeros no era precisamente la imagen viril que atesoraba de un soldado. Zamorano tenía otros planes. Quería ser instructor y paracaidista. Le gustaban las armas, la tropa, las campañas. Soñaba en convertirse en un combatiente y perfeccionarse en la lucha cuerpo a cuerpo.
Pero sus sueños chocaron de frente con el dedo de un oficial.
Terminó por echarle la culpa al destino. “Me apuntaron a mí”, dice, intentando explicar por qué a él le tocó la rama de servicios y no la de armas como a otros compañeros. En una institución tan jerarquizada, tuvo que “agachar el moño” y resignarse a esperar una promesa incierta: la reubicación. “Algún día me tendrán que sacar de aquí”, pensaba. Con esa remota esperanza, cambió el uniforme por el delantal de cocina.
Todos los días debía abrir el casino a las siete de la mañana, cocinar los distintos menús del día, lavar toda la loza del regimiento, y cerrar nuevamente el boliche a las nueve de la noche. “Me levantaba de los primeros y me acostaba de los últimos”, recuerda.
Luis Mitchel Zamorano Valenzuela ingresó al Ejército el año 1995 como conscripto. Su padre también había hecho el servicio militar y lo incentivó desde pequeño para que fuera soldado. En la Brigada de Aviación de Rancagua cumplió con sus deberes militares y después de egresar postuló en la misma unidad como Cuadro Permanente de Reserva llamado al Servicio Activo (Cprasa). Una modalidad de ingreso a la planta institucional, al margen de las escuelas, cuyos funcionarios pueden adquirir grados, pero no son parte de una carrera profesional.
“Este modelo busca llenar las vacantes necesarias. Se pueden abrir plazas de mayordomos, conductores, mozos, así como alguna especialidad en armas. Todo depende de las necesidades del Ejército”, asegura el coronel Carlos Quiroz, Jefe del Estado Mayor del Comando General del Personal.
A diferencia de los suboficiales de escuela, con una instrucción de dos años, los conscriptos que pasaban directamente al Ejército lo hacían generalmente como Cprasa. En un mundo divido por grados y escalafones, estos pequeños detalles marcaban un abismo de diferencias. Los suboficiales de escuela, por ejemplo, eligen ellos mismos sus especialidades. Los soldados de reserva, como Zamorano, estaban sujetos a la discreción del mando. A él, simplemente, le tocó la cocina.
Salir a buscar mercadería al “rancho”, luego de estar encerrado casi todo el día, era casi la única distracción diaria del suboficial. Cada vez que pasaba por los campos de entrenamiento, Zamorano se quedaba pegado mirando cómo algunos camaradas instruían a la tropa. Allí le entraba la nostalgia y maldecía su destino: “Chuta –se lamentaba- yo podría estar ahí”.
A veces, escondido de sus superiores, partía a ayudar a algunos colegas en los ejercicios de instrucción a los conscriptos. Las únicas veces que vistió con solemnidad el uniforme, alejado de ollas y sartenes, eran para los días de juramento a la bandera y algunos desfiles de fin de año. También cuando daba las pruebas de habilidades en combate y le tocaba desarmar pistolas, fusiles y subametralladoras. Cambiar los tenedores por las armas, aunque fuera una vez al año, lo hacía sentirse nuevamente soldado.
Tanta era la vergüenza que sentía que a su padre le ocultó que trabajaba de cocinero. Para toda su familia, Zamorano era instructor. “Una mentira piadosa” que tuvo que arrastrar toda su carrera y que lo acompañó los tres años que estuvo confinado en una cocina. Cuando le ofrecieron reasignarlo a otras funciones se sintió en la gloria. Pero la alegría le duró hasta que le confirmaron que debía trabajar en las casas comando, las viviendas fiscales que les entrega el Ejército a los altos mandos. Zamorano dejó el delantal y tuvo que ponerse terno.
***
En la foto el suboficial Luis Zamorano
El general Chamorro entró a la cocina con pijama y pantuflas. Acababa de despertarse. Traía el pelo revuelto y los ojos levemente hinchados. Cuando vio a Zamorano le preguntó qué estaba haciendo. “Sacándole la grasa a la carne, mi general”, le respondió. Era un día domingo, el suboficial había llegado a las ocho de la mañana, ya había preparado las ensaladas, y estaba a punto de encender el fuego para un asado.
Chamorro abrió el refrigerador, rascándose la cabeza, y le preguntó si había traído almuerzo. El suboficial, sorprendido, fue incapaz de articular una respuesta. “A ver, veamos que hay aquí”, dijo el general, mientras escudriñaba en la hielera hasta encontrar un tiesto plástico. “Aquí hay unos porotos congelados, esto vas a comer”, le propuso. Zamorano se sintió con menos derechos que el perro chihuahua del hogar, Carlitos, el mismo que le tocaba pasear los fines de semana cuando Chamorro viajaba a la playa. “No se preocupe, mi General, cuando llegue a mi casa almorzaré”, le contestó.
El general Luis Chamorro Heilig fue el último de los miembros del alto mando con quien trabajó Zamorano en las casas comando. Cada vez que uno se iba trasladado, el suboficial les rogaba para que lo devolvieran al regimiento. Llevaba 17 años en el Ejército y lo único que había realizado era servir a sus superiores. Ni siquiera usaba uniforme y con suerte jubilaría en cinco años más. Se le estaba acabando el tiempo.
Su última esperanza, paradójicamente, era Chamorro. El general había asumido como comandante de la Brigada de Aviación del Ejército en Rancagua, en diciembre del año 2012, y tenía una historia personal que entusiasmaba a Zamorano: El papá de Chamorro había sido un suboficial igual que él. “Aquí está la mía”, pensó: “Imagínate, hijo de un suboficial, creí que me iba a cambiar la vida. Estaba seguro que iba a entender que yo aspiraba a otra cosa, a trabajar como militar”.
La ilusión le duró apenas un mes. Hasta el día del asado, cuando el general le ofreció porotos. Zamorano recuerda que era pleno verano, había prendido una inmensa parrilla con carbón y estaba “cagado de sed y calor”. Asegura que nunca le negaron un pedazo de carne en los asados que hacía en casas de generales y que, además, le pagaban. “A lo mejor comía en la cocina solo, después de servirles a todos, lo mismo que habían comido ellos. Por eso me dolió harto, nunca me había pasado ¿Cómo tan miserable?”.
En esos momentos era cuando se preguntaba si todo ese sacrificio había valido realmente la pena. Tantos días ausente de su hogar. Tantos momentos familiares perdidos. ¿Para eso quisiste ser soldado?, le recriminaba su mujer antes que se separaran. Zamorano la entiende: “Entraba temprano, llegaba en la noche, trabajaba a veces de lunes a lunes, y la verdad de las cosas es que mi señora llevaba prácticamente sola la casa”.
El suboficial intentaba explicarle a su mujer que su trabajo era así, que no podía decirle al general “no voy mañana”. Su sueldo tampoco le alcanzaba y tenía que trabajar en otras cosas los fines de semana. “Me salían peguitas extras de guardia, cocinando, de mozo, conduciendo colectivos, le hacía asados a los oficiales. Siempre me las rebusqué para sacar a mi familia adelante”.
Por eso recuerda ese domingo con bronca. Allí, instalado en la parrilla, muerto de calor, avivando las brasas de un asado que ni siquiera probaría y, lo peor, sin recibir ni un mísero peso a cambio por trabajar en su día libre. Chamorro solía jactarse, incluso, cuando recibía a sus visitas, que el Ejército le proveía personal para que le trabajaran a él. El mismo Zamorano lo escuchó referirse a ellos como “servidumbre”. El único bocado que probó aquella vez, recuerda, fue un plato con ramitas y un vaso de bebida que le llevó la polola de uno de los hijos del General.
***
Zamorano estaba convencido que terminaría sus días en el Ejército tal como lo había hecho casi toda su carrera. Ya había perdido la esperanza de reinsertarse en otras funciones, cuando le llegó una propuesta que prometió devolverle algo que hasta entonces creía imposible: la dignidad.
Chamorro asumió como Contralor del Ejército en el año 2014 y le pidió a Zamorano que fuera su asistente personal en Santiago. No sólo eso, también le prometió que podría postular a las misiones de paz en Haití. El suboficial estaba en las nubes. “Siempre pasé metido adentro de una casa como un esclavo, haciendo aseo, limpiando, así que dije esta es la mía. Por fin iba a trabajar en lo que quería y sentirme un verdadero militar”.
Zamorano aceptó la oferta y desempolvó su viejo uniforme de combate y se fue a vivir a una pieza en el pabellón de solteros, a un par de cuadras del edificio de la Comandancia en Jefe. Era una habitación pequeña, con baño privado y clóset. Se compró una tele, un refrigerador y un microondas. “La cosa pintaba bonita”, recuerda.
Volver a usar uniforme después de 19 años de carrera, fue como reencontrarse con el primer amor. “Volví a usar mis grados. Echaba la talla con los otros suboficiales, salíamos en comisión de servicio con mi general, pasábamos revista, veíamos tanques y armamentos. Era lo que siempre había soñado”.
Lidiar todo el día con Chamorro, en todo caso, nunca fue una tarea fácil. Ahí conoció una parte desconocida de su personalidad. “Más déspota”, la define. “Igual me sentía militar, entre comillas, pero en el fondo era el goma. Tenía que llevarle la maleta y cuando partíamos a pasar revistas a regiones, sacarle el champú, la toalla, la peineta. Dejarle todo listo para el otro día y después me iba a acostar”, recuerda.
A tanto llegó el absurdo que en uno de los tantos viajes que realizó con el general, una comisión de servicio a Puerto Montt, llegó a las 11 de la noche y se devolvieron al otro día al mediodía, después de pasar revista en un regimiento. “Fui a puro dar la hora, a sacarle las cosas de la maleta y ponerle las pantuflas debajo de la cama. Para mí fue una burla, ni siquiera conocí la ciudad. Abusaba, en el sentido que era cómodo, le gustaba que le sirvieran”, explica.
Zamorano llevaba apenas un par de semanas en su nuevo cargo, cuando le cambiaron las reglas del juego. El general Chamorro le ordenó ir a la oficina dos veces a la semana y tres al departamento fiscal en el edificio de los generales, ubicado en Américo Vespucio, frente a la Escuela Militar. “No le contí a nadie en la oficina, eso sí, y cuidaíto de andar tomando fotos”, le advirtió.
Lunes, miércoles y viernes. Vuelta a lo mismo: fregar platos, hacer las camas, retirar el papelero del baño, planchar y hacer la comida. Tipo cinco de la tarde, antes de romper filas, dejar la bandeja servida para la once. Y no olvidar las pantuflas en el walk in closet junto al pijama. Todo a mano. La ley del más mínimo esfuerzo.
La esposa de Chamorro, asegura el exsuboficial, tampoco era muy comedida. Una de las pocas veces que lo ayudó en la cocina, llegó el general y la retó delante de Zamorano. “¿Qué estás haciendo? Ya, vámonos para adentro, si para eso está él”.
El general Chamorro, consultado por The Clinic, niega que el suboficial haya realizado labores domésticas en su hogar. Ni en Rancagua, ni en Santiago. “Lo veo difícil. Las labores de mi casa, en su mayoría, las hacía mi señora. Sólo cumplía funciones de mantención, siempre apegado a la norma. Por eso me llama mucho la atención lo que está sucediendo”, asegura.
Lo único que todavía mantenía en posición firme a Zamorano, era la postulación a las misiones de paz en Haití. Comenzó a prepararse. Salía a trotar al Parque O’Higgins, hacía barras, abdominales, intentando bajar los kilos de más que ganó en las casas comando. “No estaba preparado físicamente”, admite. Así estuvo alrededor de cuatro meses.
Después de rendir los exámenes, Chamorro le preguntó al suboficial cómo le había ido en la postulación. “La verdad, no he sabido nada”, le contestó. El general tomó el celular y lo puso en altavoz. Un funcionario, al otro lado de la línea, le comentó que Zamorano estaba en lista de espera, pero que si él se lo pedía podía ponerlo de “titular”. Chamorro le dijo que en la semana volvieran a hablar.
Zamorano entendió que sólo faltaba un mero trámite. Se ilusionó con la idea de triplicar su sueldo y poder mandarle dinero a su hija. Estaba tan entusiasmado que llamó a su familia para comunicarles la buena nueva. Habló con su papá: “Viejo, estoy en la lista para ir a Haití. Estoy feliz”.
Esperó una semana y fue a preguntar a la oficina de postulación. No estaba en la lista. Sintió que su jefe le había hecho “una mariconada imperdonable”. “A mí, que siempre fui leal y nunca le hice asco a nada”, se recrimina. Chamorro lo descarta de plano. “Le di un apoyo total, hasta salí a trotar con él”, dice.
El suboficial tiene una teoría para explicar su bajada: “Quería que siguiera siendo su nana”.
***
Lo primero que hizo el general Chamorro cuando lo ascendieron a comandante del Comando de Personal, en el año 2015, fue poner un timbre en la oficina para llamar a Zamorano. “A veces me hacía ir para que le conectara el celular en el enchufe y la webá estaba a 20 centímetros”. “Y si no partía corriendo -agrega- se enojaba”.
Terminó por odiar la maldita chicharra. Cada vez que sonaba, tenía que cumplir las funciones más absurdas: “Pásame el lápiz, límpiame los lentes, tráeme una toalla, cóseme el botón de la chaqueta que está suelto. En la oficina tenía a todos locos”. “Se creen reyes, nosotros tenemos que estar detrás de sus hombros, para ayudarlos en lo que quieran. He conocido a varios generales, pero el general Chamorro es la persona más exquisita de todo el Ejército”, describe.
Zamorano estaba al borde del colapso. Varias veces, dice, se “traspapeló”. En una ocasión, recuerda, le cosió al revés los grados en la camisa. “Estaba con unos comandantes y ellos le dijeron que tenía los grados dados vuelta. Dejó la mansa escoba. Me retó a grito pelado. Hasta me ofreció la baja”.
Aunque ganas no le faltaban para enviar a su jefe al cadalso, prefirió atrincherarse. No tenía otra opción. Estaba cerca de la fecha de su retiro y no quería perder pan y pedazo. Si se armaba de paciencia –que tenía de sobra- en un par de meses más podría jubilarse con el grado de sargento primero.
Su rutina no sufrió alteraciones. Dos días en la oficina y tres en el departamento de Chamorro. Incluso, asegura, tuvo que ir a pintarle una casa que vendió en Algarrobo. “Mañana tení que ir a la playa, aquí están los tarros. Me tení que lijar, pintar y barnizar la casa- me decía- Estuve trabajando de sol a sol una semana”.
-¿Te pagó?
-No, nada.
-¿Y las gracias?
-Muy pocas veces me dio las gracias.
Zamorano relata que su jefe tenía una coartada para justificar su ausencia en la comandancia: Le hacía pedir días de sus feriados legales. El suboficial firmaba el documento y cuando llegaba de vuelta siempre le preguntaba si tenía “alguna novedad”. Zamorano le decía que no y Chamorro procedía a romper el papel. “Si me pasaba cualquier cosa en el trayecto –explica- podía justificar que andaba con permiso administrativo”.
Consultado al respecto el general Luis Chamorro, miembro del alto mando y jefe máximo del comando de personal del Ejército, entidad que fiscalizaría las supuestas irregularidades denunciadas por el mismo Zamorano, asegura que su antiguo subalterno cumplía esas labores fuera del horario del servicio. “Él siempre hacía todo tipo de labores, tenía una especie de pyme, trabajaba con otras personas, y todo lo que realizó fue negociado de manera legal y todo pagado. Cuando había permisos, el mismo los negociaba, y es falso que rompí algún documento”, cuenta.
Zamorano asegura que estuvo viajando varios meses a la playa a hacerle aseo. A veces Chamorro le pasaba dinero para el pasaje -unos 10 mil o 15 mil pesos- y otras lo iba a dejar el mismo al terminal. “Si me faltaba plata, el resto lo tenía que poner yo”, recuerda. Si la familia llegaba el día viernes, y todavía se encontraba allá, tenía que esperarlos con la chimenea prendida. Luego servir la once y después regresar a Santiago.
Lo más patético de todo es que Chamorro, mientras el suboficial le hacía el aseo en su casa de veraneo, tuvo que salir a defender a la institución en junio del año pasado, luego que Contraloría ordenara un sumario por el uso de unos cabos como empleados domésticos en Valdivia. “Los mayordomos o administradores de casinos militares son parte de la institución y pueden cumplir funciones en el sistema de bienestar del Ejército (clubes, casinos, hoteles) o en funciones de apoyo a las responsabilidades que tiene una autoridad militar (secretario, conductor o ayudante)”, explicó. Luego, agrega, que estos últimos se encuentran sólo asignados al mantenimiento y conservación del inventario de las casas comando y “no a casas particulares”.
Zamorano estaba realmente podrido. Casi instintivamente comenzó a registrar videos, pequeñas episodios domésticos, como un diario de vida digital. En las imágenes aparece planchando, sacando los papeles del baño, arreglando la terraza de la casa en la playa o pintando la nueva propiedad que su jefe había adquirido en Los Domínicos.
Por primera vez en su vida, pensó en algo parecido a una revancha. Tenía pruebas suficientes para demostrar que su trabajo era de empleado doméstico. Pocos meses antes de su retiro, acudió a la oficina del abogado Marcelo Figueroa, experto en litigios castrenses, y le contó todo lo que había vivido durante sus 22 años de carrera.
El abogado acaba de presentar una demanda de tutela laboral por vulneración de derechos fundamentales en contra del suboficial, basados en su honra personal y libertad de trabajo. “Esta persona trabajó más de 20 años en el Ejército, la mayor parte sirviendo a sus superiores, en labores denigrantes y discriminatorias, que no tenían relación alguna con sus tareas legales de mantención de las casas fiscales, sino como un vulgar empleado doméstico, siendo amenazado reiteradamente con prescindir de sus funciones. A nuestro juicio esto constituiría, a lo menos, un contrato de trabajo simulado”, argumenta.
Figueroa, incluso, va más allá. Pretende acreditar, a través de la demanda, que su representado fue víctima de trabajo forzado, amparado en el convenio 29 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). “La normativa define el trabajo forzoso como un servicio exigido a un individuo, bajo la amenaza de una sanción cualquiera y por el cual dicho individuo no se ofrece voluntariamente. Estos requisitos los cumple a cabalidad mi representado”, explica.
Zamorano, en rigor, se transformará en el primer funcionario en demandar al Ejército por esclavitud en pleno siglo XXI. “Necesito que vean que dentro del uniforme hay un ser humano, común y corriente, como cualquier otra persona de este país. Quiero que no abusen más de nosotros. Que los que quieran ser militares, sean militares. Y si los generales quieran tener nanas, que paguen, que dejen de ser cafiches, para eso ganan harta plata”.
Cuando Zamorano pasó a retiro, tres meses atrás, fue a tomar once a la casa de sus padres. Estaba su hija y su hermano. Por primera vez se sintió con las fuerzas necesarias para contarles lo que había vivido durante sus 22 años de carrera. Les dijo que no era el militar que todos pensaban. Que siempre fue la nana de los generales. El mayordomo. El suche. El mismo relato que acaba de contar en este reportaje. Todos escucharon atentos hasta el final. Su hermano fue el primero en romper el hielo. “¿Cómo aguantaste tanto?”, le preguntó.

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